Si el Partido Laborista británico tenía algún resquemor por el regicidio consumado en verano para aupar a Andy Burnham al Número 10 de Downing Street, al primer ministro le ha bastado esta semana con apenas una hora para aniquilar cualquier rescoldo de escepticismo. Su potente discurso en el congreso anual de su formación, el primero como jefe de filas, ha envalentonado a las bases por su ambición reformista, su visión de país y una emoción patentemente genuina, capaz de convencer al más cínico de que, probablemente por primera vez desde los mejores tiempos de Tony Blair, el laborismo tiene en su líder a su mejor activo electoral.Seguir leyendo....