La Historia canónica, que aceptó como real la traición del conde don Julián, nunca fue unánime acerca del origen étnico de este, pero muy pocos, si alguno, se avinieron a considerarlo de cepa castizamente hispánica en cualquiera de sus dos variedades, visigoda o hispanorromana. Todavía Luis García de Valdeavellano, en su meritoria 'Historia de España' (Revista de Occidente, 1952), afirmaba que «no sabemos si era berberisco, godo o bizantino», si bien se inclinaba por creerlo un beréber cristiano, señor de una tribu de la Gomera, arriano o católico como tantos otros miles de beréberes del Atlas y del Rif que entraron en España capitaneados por unos pocos cientos de musulmanes sirios, pero enarbolando banderas con la cruz. Parece que dichos beréberes se islamizaron rápidamente una vez asentados en la península. Probablemente los 'chunds' o escuadrones enviados por Damasco utilizaron a estos cristianos magrebíes como fuerzas de choque cuyos cadáveres amontonados les permitían escalar fácilmente los muros enemigos. Una táctica similar a la que utilizaban los otomanos con los 'bashi-bozuk' o 'babazuk', carne de cañón no musulmana. Lo del don Julián bizantino fue hipótesis que tuvo sus adeptos en la cronística tardía, pero, desde el siglo XIII, arrasó en la España cristiana la creencia de que el personaje era judío. Por extensión, sobre todo a partir del 'Chronicon Mundi' del obispo leonés Lucas de Tuy, se impuso la convicción de que fueron los judíos los que facilitaron a los musulmanes la conquista de España. De la supuesta traición individual se pasó a una imputación colectiva, que agravó la ya difícil situación de los judíos en los reinos cristianos. Es curioso que en la infumable 'Amaya o los vascos en el siglo VIII' (1879), la novela de Francisco Navarro Villoslada que está en el origen del nacionalismo vasco , el malo de la historia resulte ser un judío que se hace pasar por vasco o por bizantino, y que dirige secretamente una conspiración del sanedrín de Pamplona para entregar Navarra a los moros: una versión sanferminera de don Julián. La reciente acusación sanchista a Israel de estar detrás de la invasión de Ceuta responde a una lógica semejante y persigue fomentar la judeofobia como ideología cohesionadora de la izquierda española en su conjunto. No pretendo seguir dando la tabarra con don Julián aprovechando la casposa tendencia antisemita de Sánchez y compañía. Me parece más interesante explorar otro precedente legendario de la deriva actual del Gobierno. Si la figura de don Julián sirve para ilustrar el aspecto de la misma que Aznar ha definido como traición, la de don Rodrigo, el último rey godo, recuerda la incompetencia del presidente socialista y de su ejecutivo (la cobardía se les supone, como el valor a los soldados en los ejércitos verdaderamente nacionales). Si, según la leyenda, don Julián consumó la traición , don Rodrigo la puso en marcha al violar a la hija de aquel, Florinda la Cava. Abriendo a los moros la puerta del Estrecho –«Bab al-Zakka»–, el conde buscaba vengarse del forzador de su hija. Por cierto, según Menéndez Pidal, el apodo de 'la Cava' tendría en árabe andalusí el significado de 'la puta', lo que haría referencia a la situación de deshonra en que quedó Florinda tras la fechoría, si bien no faltó algún autor castizo que lo tuvo como indicio de un congénita inclinación de la muchacha, judía al fin y al cabo. El Romancero y muchos literatos del Siglo de Oro y posteriores, españoles y extranjeros, trataron el tema (entre ellos, sir Walter Scott). Ninguno llegó a la altura de Fray Luis de León, cuya 'Profecía del Tajo' es el poema más hermoso de la lengua española. Escrito en liras, como las odas del gran agustino, comienza con tres inolvidables versos que aluden a la situación inicial y al escenario del crimen: «Folgaba el rey Rodrigo/ con la hermosa Cava en la ribera/ del Tajo, sin testigo». La violación se ha consumado ya, en secreto. La Cava, sin embargo, ha terminado por rendirse al capricho del forzador, pero reservándose la intención de dar cuenta de todo a su padre. Nadie ha tenido noticia alguna de ello hasta entonces, pues todo ha sucedido «sin testigo». No obstante, alguien lo ha presenciado: el río, el propio Tajo. Alzándose como un dios de la mitología clásica, a la manera de las representaciones escultóricas renacentistas de ríos o manantiales personificados, como las que podemos ver en Roma, en la piazza Navona o en la Fontana di Trevi, profetiza los males que se abatirán sobre España a causa del pecado del rey. Para lo que nos ocupa, los versos más importantes no son los que describen la invasión, sino los que aluden a la desidia del monarca, que no renuncia a prolongar su deleitosa holganza con Florinda, hasta que los invasores han tomado ya Cádiz (con don Julián al frente): «cubre la gente el suelo», escribe Fray Luis, en una imagen se nos ha hecho familiar en los últimos meses. El Tajo, entonces, asume la voz de la nación histórica, de la España cristiana invadida, que exige en vano al rey que acuda en su defensa, que recobre y restaure una frontera que ya ha caído: «¡Ay, triste! ¿Y aún te tiene/ el mal dulce regazo? ¿Ni llamado/ al mal que sobreviene/ no acorres? ¿Ocupado/ no ves ya el puerto a Hércules sagrado?/ Acude, corre, vuela,/ traspasa el alta sierra, ocupa el llano;/ no perdones la espuela, / no des paz a la mano,/ menea fulminando el hierro insano». Cuando reaccionó Rodrigo, a regañadientes, era ya tarde. La pérdida de España se había consumado. El poema de Fray Luis termina mencionando la «bárbara condena» en la que la negliencia del rey ha sumido a la patria. No deja de ser notable que la arenga del Tajo al indolente Rodrigo sea tan escasamente pacifista y contemporizadora. Y es que Fray Luis era muy consciente de la amenaza que el Islam de su tiempo representaba para la Europa cristiana. En 1571 presidió el jurado de un certamen poético para celebrar la victoria de Lepanto: «la más alta ocasión que vieron los siglos…», como escribió, sin asomo de ironía, un soldado que fue herido en dicha batalla, y que nunca se enrolló con florindos berberiscos, pese a los delirios peliculeros de admiradores de la polimorfa sexualidad yihadista, dignos émulos de Juan Goytisolo. Cervantes y Fray Luis eran de otra pasta. Por lo que podemos saber a través de sus obras, tenían unas ideas bastante semejantes acerca de «la espaciosa y triste España». Y nunca habrían tolerado gobiernos cobardes, incompetentes y traidores que asumieran plácidamente la condición de sauna o baño turco.