Hay lugares que uno no elige racionalmente, sino que simplemente acaban siendo suyos. Para Joaquín Sabina, ese lugar está en la costa gaditana: un pueblo de unos 30.000 habitantes frente al Atlántico donde el cantante ubetense ha encontrado lo que ninguna gira ni ningún disco de oro le han podido dar: Rota.La revista Viajar ha recogido en un extenso reportaje la vinculación de Sabina con este rincón de la provincia, una relación que arranca a mediados de los 90 y que con los años ha pasado de ser un veraneo a convertirse en algo mucho más profundo. El artista, retirado oficialmente de los escenarios desde 2025, divide su vida entre Madrid y visitas frecuentes a esta villa gaditana.Todo comenzó a través de su amistad con el poeta Luis García Montero y la escritora Almudena Grandes, quienes fueron los primeros en descubrir el lugar como refugio creativo. Sabina se sumó al grupo y nunca se fue del todo."En Rota soy el que va a comprar el pan"El propio cantante ha explicado en diversas ocasiones qué le da este pueblo que no encuentra en ningún otro sitio. "En Madrid soy el Loco de la colina, en Buenos Aires un mito, pero aquí soy el que va a comprar el pan y el que se toma una copa sin que nadie le pida un autógrafo", ha señalado con la mezcla de humor y honestidad que le caracteriza. Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida por Joaquín Sabina (@jsabinaoficial)La conexión va más allá del descanso. Entre esas calles —una en Punta Candor con su propio nombre– y esas playas compuso La canción más hermosa del mundo, y las servilletas de papel de sus restaurantes habituales han terminado llenas de versos que luego se convirtieron en canciones. Sabina acabó comprando una casa en una zona tranquila de la localidad, famosa entre sus conocidos por su impresionante biblioteca.Hijo adoptivo desde 2017En 2017, el Ayuntamiento le nombró Hijo Adoptivo de la Villa. En el discurso de aceptación, Sabina fue directo: "He vivido en muchos sitios, pero he elegido este lugar para envejecer. Es mi puerto de llegada".El ruido de Madrid es, para él, "una agresión". Aquí, en cambio, el ruido "es el de las olas o el de una charla en una taberna. Es el único sitio donde consigo que el reloj se pare un rato".