Geopolítica: Lo postliberal y el cuarto de siglo que concluye

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La agenda ultraliberal de Occidente es una evidencia de que el sistema se está reseteando para no desaparecer del todo. Más que una muestra de fortaleza, lo es de debilidad. La demolición del Estado y la creación de un marco para el poder corporativo incontestable son las bases de un proceder en el cual el ciudadano común pierde espacio de participación desde la sociedad civil. Se judicializa la condición de ser pobre. Eso explica la presencia de personas con grandes crímenes en los estamentos del poder y el uso discrecional de las leyes con fines políticos hacia rivales. Contradictoriamente, el mundo ultraliberal es postliberal. Quiero decir que con los cambios que se hacen desde el desmontaje de las garantías constitucionales y del Estado de Bienestar se llegará a un momento en el cual gobiernen directamente las élites sin contrapesos. Hasta ahora, el liberalismo ha sostenido al menos en discurso la necesidad de la división de poderes, también de la prensa libre; sin embargo, cada vez más vemos en la práctica cómo las corporaciones son capaces de cooptar mediante pago la política, haciendo inoperante todo tipo de poder del ciudadano común.Además, acontece que la agenda ultraliberal utiliza los movimientos sociales como arietes, vaciándolos de contenido crítico real, transformando los deseos y las autopercepciones subjetivas en discursos partidistas con lo cual el odio y la polarización de identidades impiden una verdadera movilidad de los estamentos opresivos. Desde la irrupción de las redes sociales, las narrativas han sustituido las verdades verificables. Importa tener el altavoz que grite más. Las plataformas digitales han licuado los procesos de creación y desarrollo haciendo que cualquier producto dependa de la percepción que se emite desde dichos sitios. La independencia de voces es cada vez más irreal, si depende de que no te cierren una cuenta o te silencien.Lo postliberal es, en efecto, la eliminación de las libertades civiles que a regañadientes las élites tuvieron que ceder como parte de los procesos de lucha. Hablamos aquí de garantías procesales, presunción de inocencia, igualdad ante la ley, debido proceso, intocabilidad de la persona y derecho a la dignidad. Los poderosos saben que están blindados por lo fáctico. Los pobres están expuestos. Tener propiedades vuelve a ser el filtro que garantiza tus derechos, no sencillamente nacer. El mundo postliberal niega el derecho natural, con lo cual no va solamente hasta la doctrina de los derechos humanos y la desmonta, sino que llega a cuestionar las visiones ligadas al humanismo cristiano occidental que durante siglos fue la brújula de esta parte del mundo. La destrucción de todo lo que le dé a la persona derechos va de la mano con la sujeción del trabajador a reglas más leoninas. En muchas partes ya no existe la jornada de ocho horas, en otras se ha retrocedido y los contratos no garantizan salario ni plaza; se emiten a manera de pasantía y pagan con bonos de supervivencia. El subempleo es un fenómeno unido a la periferia, la emigración y las dificultades que ha planteado la división social del trabajo a nivel planetario. Un centro con todas las condiciones, una periferia precarizada, sin servicios, en el olvido.Ante todo esto, la agenda postliberal culpa a las víctimas y las criminaliza. Si existe un repunte de la violencia y la inseguridad, se señala a los emigrantes, al otro cultural. La exclusión constante y el estigma actúan como cancelaciones que, en un entorno de redes sociales, funcionan a la perfección. Las masas frustradas requieren de dos cosas: promesas y un enemigo visible. Así, las democracias occidentales se van pareciendo cada vez más a lo que dibujara Orwell en su famosa novela. Lo postliberal además posee una entidad líquida, rehúye de los moldes de las instituciones, las corroe y las destruye desde dentro del sistema. Puedes hablar sobre un caso de corrupción en los medios, pero no desmontar la corrupción. Puedes decir que existen leyes contra el narcotráfico, pero no tocar los centros reales que sostienen la industria. Y así, lo que es legal y políticamente correcto, funcionan como comodines que a veces aparecen en los medios, pero no tocan los estamentos de poder real. Un delincuente, si es millonario, puede ser jefe de Estado. Los hechos son interpretaciones, si tienes el dinero para pagar por esas interpretaciones. Las interpretaciones son hechos y te condenan en base a narrativas si eres pobre.Ante todo el desmonte del Estado y las garantías, lo que Occidente está abocado a realizar en este siglo es un retroceso hasta la premodernidad legal. El derecho se ha vuelto identitario, no imparcial. Los procesos en los tribunales son armas políticas para derribar y cancelar. Es la maquinaria puesta en función de una demolición total de las normas y en la instauración de la discrecionalidad del dinero. La propiedad privada desaloja de la política a la democracia y se instaura como principio moral y estructural del poder. No importa que tengas ciudadanía, que accedas a los principios de la constitución; si el poder fáctico decide que no vales, te desechan. Hacia allí va el mundo postliberal en este cuarto de siglo que ya transcurrió.A la altura del año 2026, con unas elecciones en noviembre que pueden definir el rostro político de Estados Unidos, no se avizora un cambio en este proceso de desmonte del liberalismo. Tanto demócratas como republicanos sostienen desde polos opuestos la misma metodología de poder: divisionismo social, negación de los hechos, uso discrecional del derecho, instrumentalización de las identidades, guerra cultural. Lo peor es cómo la política en Occidente opera por ósmosis, contaminando los procesos en otros países. Lo postliberal es el fin del liberalismo, pero no de sus consecuencias, de la opresión de clase. Más que eso, se trata del reforzamiento de las élites en sus poltronas de poder y de la presión que realizan hacia abajo.