Los recuerdos más vívidos de mi infancia son en mi escuela primaria Augusto Olivares, pero no estudiando ni jugando sino, con la naturaleza. Era un oasis citadino compuesto por un edificio enorme de tres plantas por un lado y cuatro por el otro, con cuatro portones que daban a calles distintas del barrio, con dos áreas adjuntas deportivas bordeadas de pinos, otra a la que llamábamos "el bosque" porque tenía muchos árboles de ocuje y roble blanco que floreaban muy bonito o daban boliches o vainas con semillas voladoras en varios momentos del año; y una explanada que a ojos de niña de cuatro años parecía la planicie más amplia que vi entonces.Un universo gigante, novedoso. Allí los niños de los siete grados encontraban todo tipo de entretenimiento cuando de gastar energía se trataba. Ni hacía falta tecnología —no había— nada más curiosidad, lo demás llegaba instintivamente.Sorprendía la fauna allí, la que aparecía según la temporada y la que traían las maestras, como la mía en preescolar uno, María del Carmen, quien por varios días nos tuvo un cangrejo colorado grandísimo amarrado de una pata en el cuartico de los materiales escolares que teníamos en el aula. Pero afuera, a dos pasos, estaban libélulas, bibijaguas, abejas, avispas y abejorros; las ranas en tiempos de lluvia, los coleóteros de colores y otros comunes tipo gallegos, cocuyos y unos escarabajos pequeñitos y redondos a los que le decíamos "cotorrita", pero que ahora sé que son de la familia Coccinellidae, más otros insectos de los que nunca supe nombre, pero había uno rojo y negro de patas largas que llamábamos 26 de julio y otro muy parecido monocromático que zumbaba y sus enjambres cubrían todo el piso cuando se mojaban y no podían volver a volar.Además, las arañas peludas que los varones sacaban de sus cuevas con pobrecitas lagartijas que servían de señuelo, y también las orugas amarillas llenas de pelito que caían del cielo —de los árboles, claro está— o que se trepaban por las piernas de niñas muy quietas si el matutino duraba mucho, y luego montones de crisálidas aparecían pegadas a las ramas y todas las esquinas de la plazoleta de formación.Recuerdo las mariposas. Las había de variados colores, delicadas, traslúcidas, nerviosas en su revoloteo por la yerba fina con recorridos irregulares. Y también las llamadas "brujas" dentro del edificio. Esas eran oscuras, grandes, posadas en algún rincón durante horas. Me gustaban todas, sobre todo, volando.Pudiera ser que con los años ya no atendemos tanto a los detalles de alrededor y que en la adultez pasan desapercibidos esos bichitos del camino que luego nos traen nostalgia. Puede ser. Pero la realidad no está permeada por la premura de los tiempos. Ya no hay tantas mariposas.No es solo una ilusión óptica provocada por las preocupaciones de la madurez o las pantallas que ahora secuestran nuestras miradas, es un silencio biológico que avanza con paso firme. Estudios científicos recientes estiman que las poblaciones de insectos voladores han disminuido en más de un 75% en las últimas décadas en varias partes del mundo.Aquellos seres de alas de seda, que parecen pétalos suspendidos en el aire, libran una batalla silenciosa y desigual contra el asfalto, los pesticidas y la pérdida de sus plantas hospederas.Parecen frágiles, pero su historia evolutiva nos dice que sobrevivieron en tiempos de dinosaurios y su presencia durante millones de años demuestra su notable capacidad de adaptación. La vida de una mariposa es un milagro de la arquitectura natural, un recordatorio de que la belleza requiere tiempo y transformación. Pensemos en cómo pasan semanas siendo orugas devorando hojas con un apetito voraz, para luego encerrarse en la inmovilidad de una crisálida, donde, en una metamorfosis casi mística, sus cuerpos se deshacen por completo para reorganizarse en una criatura totalmente nueva, vistosa, poderosa.Cuando la mariposa, finalmente, emerge, sus alas están húmedas y arrugadas porque el espacio de su capullo es muy pequeño, por eso, necesitan bombear su propia sangre para expandirlas, y es cuando descubrimos patrones de colores que no son más que miles de diminutas escamas superpuestas que reflejan la luz del sol.Las mariposas son joyas aladas, pero también engranajes vitales de nuestro mundo porque mientras vuelan de flor en flor, aparentemente erráticas, realizan la polinización, un servicio ecológico invisible gracias al cual se reproduce la flora silvestre y muchos de los alimentos que consumimos. Su delicadeza es engañosa, pensemos en la famosa mariposa Monarca, por ejemplo, capaz de recorrer miles de kilómetros en sus migraciones por todo el continente americano, superando vientos y tormentas.Sin embargo, no pueden desafiar la desaparición de los prados de nuestra infancia que hoy son sustituidos por monocultivos o peor, cemento gris.El "apocalipsis de los insectos" que referencian los entomólogos, es real, no solo una percepción aislada, sino un indicador directo de la degradación ecológica de nuestros entornos. Los estudios demuestran un patrón constante de reducción en las poblaciones de mariposas, con tasas de pérdida anual que parecen pequeñas, pero que acumuladas en un par de décadas son catastróficas. No existe una sola causa, pero es innegable la pérdida de hábitat por el crecimiento de las ciudades, la industrialización agrícola, la tala masiva de árbol; también la crisis climática que se expresa en incremento de temperaturas, eventos climáticos extremos como sequías y tormentas. Todo, de conjunto, impone el colapso de especies comunes, raras y migratorias. En la actualidad, cuando camino por las calles de aquel barrio, que es decir por los vericuetos de mi niñez, miro al suelo y busco la yerba fina, veo los árboles, el cielo, y a ese paisaje melancólico le falta el destello de muchas alas traslúcidas, el revoloteo nervioso que antes parecía natural. A veces encuentro alguna, solitaria, que resiste en un jardín, y no puedo evitar mirarla con la misma reverencia con la que observaba el cuartico de los materiales escolares en preescolar.Las mariposas se están yendo, y con ellas se desvanece el color de un mundo que solía ser oasis. Nos queda la tarea urgente de volver a mirar hacia abajo, de sembrar flores en balcones y parterres, de trabajar para recuperar la capacidad de asombro que teníamos a los cuatro años, antes de que el paisaje de la memoria y el universo de García Márquez sean los únicos lugares donde sigan volando.