Si la ciencia quiere seguir influyendo en el debate público, deberá adaptarse a formatos más breves, visuales y rápidos

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El prestigioso semanario científico Nature ha lanzado una advertencia tan actual como incómoda: la manera en que las nuevas generaciones consumen información está transformando profundamente el ecosistema informativo. Su conclusión es pragmática: si la ciencia quiere seguir influyendo en el debate público, deberá adaptarse a formatos cada vez más breves, visuales y rápidos.La observación parece indiscutible. Hoy la competencia por la atención es feroz. Las redes sociales, los vídeos cortos y los algoritmos han impuesto una lógica comunicativa basada en la inmediatez. En este contexto, resulta razonable que los científicos busquen nuevos lenguajes para acercar sus descubrimientos a la ciudadanía. La divulgación no puede permanecer ajena a los cambios culturales de su tiempo.Sin embargo, la cuestión de fondo va mucho más allá de una simple adaptación de formatos. Cada época construye sus propios instrumentos para buscar la verdad, pero esos instrumentos también moldean la manera en que pensamos. La imprenta favoreció la lectura profunda; la televisión introdujo una cultura más visual; internet multiplicó el acceso a la información. Ahora, la economía de la atención parece empujar hacia consumos cada vez más fragmentados y efímeros.El teórico de la comunicación Neil Postman advirtió hace décadas que una sociedad podía terminar prefiriendo aquello que entretiene a aquello que explica. Su reflexión adquiere hoy una renovada vigencia. El problema no es que la información científica llegue a través de vídeos de un minuto o infografías interactivas. El verdadero desafío consiste en evitar que la simplificación necesaria para captar la atención termine sustituyendo la complejidad imprescindible para comprender la realidad.escuela de saludEl calor mata: no podemos seguir actuando como si fuera una excepción Joan Carles MarchLa ciencia ha prosperado históricamente gracias a la paciencia intelectual: la lectura detenida, el análisis crítico, la discusión argumentada y la capacidad de sostener la atención sobre problemas difíciles. Ninguna de estas virtudes encaja fácilmente en la lógica de la gratificación instantánea. Por eso, el riesgo no reside únicamente en cómo comunicamos el conocimiento, sino en si seguimos cultivando las capacidades cognitivas necesarias para producirlo y comprenderlo.Adaptar el mensaje a los nuevos formatos puede ser una estrategia inteligente e incluso necesaria. Pero conviene no confundir el medio con el fin. La información puede consumirse en segundos; el conocimiento exige tiempo, esfuerzo y concentración. Entre ambos existe una diferencia esencial que ninguna innovación tecnológica debería borrar.Quizá el reto de nuestro tiempo no sea elegir entre la profundidad y la accesibilidad, sino encontrar la forma de que ambas convivan. Porque una sociedad bien informada no es necesariamente una sociedad que comprende. Y sin comprensión, la abundancia de información corre el riesgo de convertirse en una nueva forma de ignorancia.