Antes incluso de que aterrizara en Barajas y a través de la variable hostelera del impacto económico, que es un escandallo para gente con un MBA, ya sabíamos de manera aproximada y en millones de euros el dinero que iba a dejar en Madrid la visita del Papa. Más o menos como Bad Bunny –aún en cartel–, el Orgullo, a primeros de julio, o la Fórmula 1, después del verano. Traducir al lenguaje de los números el viaje apostólico del Obispo de Roma no solo es una tentación del desierto con terrazas del capitalismo y una enmienda a la totalidad de su mensaje, repetido de forma insistente estos días, sino la cuenta de la vieja que, restando, reduce la dimensión espiritual del Santo Padre, figurón de un 'star system' en el que la talla se mide en función del aforo de cada convocatoria o de los seguidores acumulados en las redes. «Las mujeres ya no lloran World Tour. Nueva fecha: 9 de octubre». Shakira, 12; León, 14. Todavía lo coge. Si damos por buena la consideración de la misa del pasado domingo como el acto más multitudinario del viaje papal y comparamos la cifra oficial de asistentes con los espectadores que Bad Bunny va a reunir hasta que termine su residencia en el campo del Atlético, justo es reconocer que Robert Francis más que duplica a Benito Antonio. Los hosteleros y los jefes de sala de nuestro desierto con terrazas sabrán echar cuentas y sacar conclusiones con su vara de medir impactos y establecer comparaciones odiosas. Hay un detalle, sin embargo, que escapa a este sistema métrico y que, ya es coincidencia, aparece en los márgenes físicos de ambas manifestaciones: la gente que se aglomera extramuros del Metropolitano –allí para bailar de oídas lo que dentro cantaba Bad Bunny– y en los aledaños de las avenidas que el domingo fueron naves de un templo a cielo abierto, en su caso para rezar sin otra visibilidad que la de sus pantallas móviles. El exceso de celo policial les impidió aproximarse siquiera a las torres de megafonía. En pequeños grupos, encajonados en accesos que no llevaban a ningún lado, arrodillados durante la consagración, rezaban fuera de plano, tanto como quienes en la otra punta de Madrid bailan estos días a ciegas. Eran miles, pero no sabemos cuánto cuentan para quienes, contables de redes, audiencias y aforos, calibran nuestro tiempo según la vieja escala del rock de estadio, también unidad de medida para quienes sin alzar la mirada valoran con drones el impacto espiritual en un desierto ético.