El campo que no cabe en un solo mapa

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Hay un pueblo en la Sierra de Segura, en el nordeste de Jaén, que se llama Torres de Albanchez. Tiene unos trescientos habitantes. Sus calles huelen a aceite recién prensado en enero y a retama en primavera. Es, como dicen sus vecinos sin amargura, un ejemplo de la España que se va vaciando. Y sin embargo, este invierno, a este pequeño pueblo, que cabe en un solo suspiro, llegaron cartas de poesía procedentes de más de veinte países. Cartas que hablaban de milpas centroamericanas y de brañas asturianas, de la pampa argentina y de los viñedos de la Marina Alta valenciana, del llano venezolano y de las islas Canarias, de aldeas anegadas por embalses zamoranos y de comunidades indígenas que trabajan la selva amazónica.El resultado, analizado poema a poema es algo inesperado y hermoso: un retrato colectivo del mundo rural que ningún geógrafo ni ningún sociólogo habría podido dibujar solo. Porque la poesía, cuando es auténtica, llega a donde no llegan los informes.La primera sorpresa al leer el conjunto de las obras fue geográfica. Casi cuatrocientos poemarios llegaron a Torres de Albanchez desde todos los rincones del mundo hispanohablante, y cada uno traía consigo su propio diccionario de la tierra. El olivo andaluz —el acebuche, el vareo, la almazara— era el territorio más representado, como era de esperar en un concurso nacido junto a la Sierra de Segura. Pero a su lado crecían otros mundos igualmente vivos.Desde Centroamérica llegaron poemas que olían a cafetal y a pochote, que nombraban la milpa —ese cultivo combinado de maíz, frijol y calabaza que los pueblos indígenas llevan perfeccionando desde hace milenios— con la misma naturalidad con que un poeta jiennense nombra el bancal o la acequia. Desde los Andes llegaron el chuño, la chacra y la lampa, palabras que suenan a quechua y que nombran formas de trabajar la tierra de alta montaña que no tienen equivalente en castellano peninsular. Desde la pampa argentina llegaron el gaucho, la carneada y el ternero guacho; desde Venezuela, el caporal y la sabana ganadera; desde las islas Canarias, el lagar y las viñas de un campesino guanche que recuerda a sus antepasados mientras trabaja.“Lo rural constituye el eje absoluto e ininterrumpido del poemario. Viñas, lagares, papas, ñames, fanegas, huertas, gallineros, cabras, baifos, almendros, limoneros, cebada, arvejas. Y además: la sal, los caños de agua, los guachinches”.  Y desde la cornisa cantábrica, ese otro extremo de España que el visitante del sur suele olvidar, llegaron las brañas asturianas —praderas de alta montaña donde los vaqueiros llevaban sus rebaños en verano—, los hórreos leoneses, las madreñas gallegas y los cuévanos cántabros de mimbre. Palabras que no aparecen en ningún diccionario de poesía convencional y que sin embargo nombran cosas reales, trabajos reales, vidas reales.Lo que el poema sabe que la estadística no puede contar Hay algo que este concurso, con su mirada atenta a la autenticidad, ha puesto de manifiesto con una claridad inesperada: la diferencia entre hablar del campo y hablar desde el campo. Entre el poeta que describe un paisaje rural como quien saca una fotografía desde la ventanilla del coche, y el que escribe con las manos todavía llenas de la tierra que acaba de trabajar.Los poemas más valorados tenían algo en común: se notaba que sus autores sabían cosas concretas. No solo que los olivos florecen en primavera, sino que hay que esperar a que el rocío se seque antes de enramar las judías para que no se quiebre la guía. No solo que el campo se despuebla, sino que la acequia que nadie riega ya no lleva agua, que las casas moribundas tienen la cal cayéndose y que los que vuelven lo hacen a medias, por miedo al hielo. Esa diferencia —entre lo genérico y lo específico, entre la postal y la cicatriz— es la que separa los poemas que emocionan de los que simplemente informan.“Cuánto sabe tu artrosis de nubes y sequías”  Un verso así no lo escribe quien ha leído sobre el campo. Lo escribe quien ha visto envejecer a alguien trabajando la tierra, quien sabe que los huesos de un agricultor llevan grabados décadas de clima. Es el tipo de conocimiento que no aparece en ninguna enciclopedia pero que la poesía puede contener entero, en diez palabras.Los que se quedaron, los que se fueron, los que regresan Si hay un tema que cruza todos los territorios de este concurso, independientemente del continente, es la despoblación. El 82% de los poemarios la aborda de una manera u otra. Pero lo interesante no es el número: es la variedad de formas en que cada cultura vive esa pérdida.En España, la despoblación tiene el rostro de los pueblos de la Meseta con la escuela cerrada y el bar con los cristales rotos, de las aldeas gallegas que solo se llenan en agosto, de las sierras andaluzas donde quedan más casas vacías que habitadas. En Centroamérica, tiene el rostro del joven que deja la milpa y se va a la ciudad o al norte. En los Andes, tiene el rostro de los que bajan de la puna y ya no suben. En la pampa argentina, tiene el rostro de los que vendieron la estancia familiar cuando llegaron las grandes corporaciones.Y sin embargo, hay algo que todos estos poemas comparten: la voz de los que se quedaron. O de los que se fueron pero no del todo. O de los que vuelven y descubren que ya no pueden volver del todo, porque el campo que conocieron ya no existe, y ellos ya tampoco son del todo quienes fueron. Esa tensión —entre el arraigo y la partida, entre el saber encarnado y el olvido que avanza— es la materia emocional más profunda del concurso.“La voz que sabe que no sabe lo que debería saber. La honestidad sobre el umbral entre dos mundos”  Uno de los poemas destacados del concurso fue precisamente el de alguien que se sitúa en ese umbral con una lucidez inhabitual: no habla del campo desde dentro ni desde fuera, sino desde la conciencia de que lo que heredó ya no existe del todo y que él ya no pertenece del todo a ningún lado. Esa honestidad, ese no fingir ni el arraigo que ya no se tiene ni el desapego que tampoco se ha conseguido, se reconoce como uno de los gestos poéticos más contemporáneos del corpus.Una geografía de los que desapareceQuizás el hallazgo más conmovedor fue constatar cuántas cosas distintas se están perdiendo en el mundo rural de lengua española, y cómo la poesía las nombra antes de que desaparezcan del todo.Desde la Marina Alta valenciana llegó un poema sobre el riurau: ese porche con arcos característico de las casas de secano valencianas, donde se tendían las uvas moscatel para convertirlas en pasas. Un mundo agrícola casi desaparecido, con su propio vocabulario —el pasero, el escaldado, el moscatel de Alejandría— que prácticamente no existía en la poesía en castellano antes de este concurso.Desde la provincia de Zamora llegó un poema sobre Ribadelago, la aldea zamorana que fue anegada en 1959 cuando reventó el embalse de Vega de Tera y que yace todavía bajo el agua como una memoria colectiva ahogada. El poema cataloga los objetos que quedaron bajo el embalse con la precisión de un arqueólogo y la ternura de un hijo: la mesa, la silla, la hogaza de pan, el farol, las cestas de mimbre, los retratos. Elodia con sus huesos de albaricoque.“Elodia con sus huesos de albaricoque anegados. Los objetos catalogados como antes de desaparecer bajo el agua.”  Desde Asturias y León llegaron las brañas, esas praderas de altura donde los vaqueiros llevaban los rebaños en verano y que hoy están silenciosas. Desde Cantabria, los cuévanos pasiegos, esas cestas de mimbre de asa alta que las mujeres pasiegas llevaban en la espalda durante siglos para transportar los quesos al mercado. Desde la Sierra de Segura, el vocabulario de la aceituna: el capacho, el alpechín, la esportilla, el vareo, la almazara que trabaja de noche. Cosas todas ellas que pueden desaparecer no solo de la vida sino también del idioma, si nadie las escribe.Ahí reside, quizás, una de las funciones más importantes de un concurso de poesía rural: no la elegía, no el lamento, sino el inventario. Nombrar antes de que se olvide el nombre. Porque como decía uno de los poemas más celebrados del concurso: hay una forma de muerte que no es el fin de las personas sino el fin de las palabras con las que nombraban su mundo.El humor también es ruralidad No todo en este concurso fue elegía y pérdida. Uno de los momentos más sorprendentes fue descubrir que algunos de los poemas más valorados eran también los más divertidos. Un ganadero extremeño escribió sonetos —sonetos de verdad, con su estructura clásica y su rima consonante— sobre la cubrición del cerdo ibérico, la mosca cojonera que interrumpe la siesta bajo la encina y la liebre que se mete en el olivar en el peor momento. Constituye uno de los gestos más originales del corpus: el humor socarrón aplicado a los procesos ganaderos, con una precisión técnica que demostraba que el autor sabía exactamente de qué estaba hablando.Porque para poder reírse del campo con inteligencia hay que conocerlo. La diferencia entre el humor que celebra y el que caricaturiza es exactamente la misma que entre el poema auténtico y el poema turístico: la diferencia entre quien ha vivido algo y quien solo lo ha observado desde fuera.Lo que Torres de Albanchez le dio al mundo, y los que el mundo le devolvióCuando la Fundación Savia y la Finca Ecológica Bonilla pusieron en marcha este concurso, su intención era sencilla y hermosa: que los poemas ganadores se colocaran en atriles a los pies de los árboles de la finca, para que los visitantes pudieran leerlos paseando entre encinas y robles. Un bosque literario en la Sierra de Segura. Un lugar donde la naturaleza y la palabra se encontraran.Lo que no podían anticipar del todo es la amplitud de lo que iba a llegar. Que junto a los poemas del olivar andaluz y la dehesa extremeña iban a convivir el maíz sagrado de los pueblos mesoamericanos, el gaucho de la pampa bonaerense, el campesino guanche que recuerda a sus ancestros mientras trabaja su huerta canaria, la mujer indígena amazónica que transmite el saber de la selva de generación en generación.Cada uno de estos mundos llegó a Torres de Albanchez con su propio diccionario, sus propios conflictos, sus propias formas de perder y de resistir. Y todos hablaban, en el fondo, de lo mismo: de la relación entre el ser humano y la tierra que trabaja. De lo que se aprende trabajando la tierra. De lo que se pierde cuando esa relación se rompe. De lo que queda cuando ya no queda casi nada.“No hay un solo verso que no esté anclado en el territorio. Cada poema es una inmersión en un aspecto distinto de la vida rural”  Tal vez eso es lo más valioso de este tipo de iniciativas: que hacen visible lo invisible. Que demuestran que la España vaciada no está sola en su vaciamiento, sino que comparte esa experiencia con comunidades rurales de todo el mundo hispanohablante que viven tensiones muy parecidas, con palabras distintas pero con el mismo peso en las manos. Y que cuando esas comunidades se encuentran en un mismo espacio —aunque sea el espacio imaginario de un concurso de poesía— algo importante ocurre: se reconocen.