La saga que no pensaba leer

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Confieso que llegué tarde al universo de Carmen Mola. Quizá porque durante años el ruido mediático alrededor del seudónimo acabó eclipsando a los propios libros. Primero fue el misterio. Después la revelación. Finalmente, la polémica. Carmen Mola no era aquella profesora madrileña que muchas lectoras imaginábamos escribiendo novela negra en su tiempo libre. Carmen Mola eran tres hombres: Antonio Mercero, Jorge Díaz y Agustín Martínez.Y, sin embargo, una vez que se atraviesa la puerta del marketing, de los debates literarios y de las guerras culturales, permanece lo esencial: la historia. Ahora que la adaptación televisiva de la saga protagonizada por la inspectora Elena Blanco puede verse completa en Atresplayer y Disney+, resulta inevitable volver sobre una de las propuestas más ambiciosas de la novela negra española de los últimos años.La historia comenzó con La novia gitana, continuó con La red púrpura y La nena, y siguió creciendo en las novelas Las madres y El clan. Lo que muchos creían una trilogía terminó convirtiéndose en una pentalogía que acompaña a sus personajes hasta un desenlace tan oscuro como coherente.La gran virtud de esta saga no reside únicamente en sus tramas. Tampoco en la violencia extrema que atraviesa muchas de sus páginas. Lo verdaderamente memorable es la capacidad de construir personajes que permanecen en la memoria mucho después de cerrar el libro. Llegué a ellos primero a través de la serie y después de las novelas, y quizá por eso puedo apreciar mejor el acierto de la adaptación. Mientras leía, los personajes ya tenían voz, gestos y rostro. Pocas veces una adaptación consigue que la transición entre la pantalla y el papel resulte tan natural.Elena Blanco pertenece a esa rara categoría de policías literarias que parecen caminar siempre sobre el borde de un precipicio. Inteligente, obsesiva, vulnerable, pausada en su forma de hablar, feroz cuando es necesario y profundamente humana. Una mujer marcada por sus heridas que se niega a ser definida por ellas.Las Mujeres que se sostienenA su alrededor gravita un grupo de personajes femeninos que escapan de los estereotipos habituales. Mujeres complejas, contradictorias, fuertes sin necesidad de convertirse en heroínas perfectas. Mujeres capaces de sostener y sostenerse entre ellas en algunas de las escenas emocionalmente más intensas de toda la saga.Hay momentos en los que la historia deja de ser una investigación criminal para convertirse en una exploración de los vínculos entre mujeres, de la supervivencia, del dolor compartido y de la capacidad de resistir cuando todo parece perdido. Quizá por eso, más allá de la sangre, los asesinatos o las persecuciones, lo que permanece es una profundidad emocional poco frecuente en un género que a veces sacrifica los personajes en favor de la acción.La violencia que aparece en estas novelas no es decorativa. Es brutal, incómoda y, en ocasiones, insoportable. Pero también funciona como un espejo deformante que refleja algunas de las formas más extremas de crueldad que atraviesan nuestras sociedades. Violencia contra las mujeres, contra la infancia, contra quienes son consideradas prescindibles. Una violencia que incomoda porque, bajo la trama de la propia de la ficción, se reconocen demasiadas verdades.Leyendo la saga, resulta difícil no pensar en la trilogía Millennium. No porque Elena Blanco o Chesca sean una réplica de Lisbeth Salander. No lo son. Pero ambas sagas comparten algo esencial: la capacidad de utilizar la novela negra para hablar de poder, de violencia, de corrupción y de las heridas que dejan determinadas formas de dominación.También comparten la convicción de que las mujeres pueden ocupar el centro de la historia sin convertirse en simples víctimas ni en heroínas de cartón piedra. Son mujeres que dudan, que se equivocan, que sobreviven y que, precisamente por ello, resultan creíbles.La rabiaMi llegada al universo de Elena Blanco tuvo algo de accidente y mucho de adicción. Durante años me negué a acercarme a Carmen Mola. Me molestaba profundamente la idea de que tres hombres hubieran elegido un nombre de mujer para firmar sus novelas en una industria editorial donde las mujeres somos mayoría entre quienes leen ficción. Lo viví como una forma de engaño y como una estrategia de mercado que me resultaba difícil aceptar.Por eso no llegué a estas historias a través de los libros, sino de la serie. Me dejé atrapar por una trama oscura, por unos personajes que parecían arrastrar más heridas que certezas y por una tensión narrativa que apenas daba tregua. Cuando quise saber de dónde venía aquella historia, descubrí que detrás de la pantalla había cinco novelas esperándome. Lo que empezó como una búsqueda de información acabó convirtiéndose en una inmersión en papel. Para entonces ya era demasiado tarde: Elena Blanco, Chesca, Orduño, Mariajo, Buendía, Zárate y el resto de su mundo habían conseguido lo que logran las grandes sagas, instalarse en mi cabeza.Eso no elimina las preguntas sobre la industria editorial, sobre el uso de determinados seudónimos o sobre las estrategias de marketing. Tampoco borra el debate que provocó la revelación de quiénes estaban detrás de Carmen Mola. Pero sí me obliga a reconocer que, una vez atravesada la polémica, permanecen los personajes, las historias y una capacidad poco común para mantener al lector atrapado durante cinco novelas.Del rechazo a la fascinaciónY aquí me descubro sonriendo ante mi propia contradicción. Aquella lectora que durante años se negó a acercarse a Carmen Mola es hoy la misma que espera con impaciencia la adaptación televisiva de Las madres y todo lo que venga después. Porque las buenas historias tienen esa capacidad de derribar resistencias, de colarse por las grietas de nuestros prejuicios y de obligarnos a reconocer, a veces a regañadientes, que hemos encontrado un universo del que ya no queremos salir.Porque, al final, cuando se apagan las luces de la pantalla o se cierra la última página de La Reina Gitana, La Red Púrpura, La Niña, Las madres, El clan, lo que permanece no es la polémica. Permanece Elena Blanco, permanece Chesca... todos esos personajes que han conseguido algo cada vez más difícil: quedarse a vivir en la memoria de la lectora.Y eso, en una época en la que tantos personajes se olvidan apenas termina la temporada de moda, es probablemente el mayor elogio que puede hacerse a una obra de ficción.