Escribió Javier Cercas en un artículo que yo les llevé a mis alumnos de Bachillerato como ejemplo de argumentación (Dios no ha vuelto, se titulaba, en El País) que no era cierto que estuviésemos viviendo un renacer del sentimiento religioso. Ahora, casi un año después, me gustaría preguntarle al escritor si no ha cambiado de opinión más allá de la película de la novicia y del disco místico de la cantante Rosalía. Sería simplón que lo hiciera solo porque el Papa visita estos días España, pero saben ustedes que no es solo por eso. Es la primera vez que un Papa se sube al estrado de nuestro Congreso de los Diputados —después de que Francisco hiciera lo propio en el de EEUU hace una década, cuando no estaba Trump— y comprendo perfectamente a quienes lo critican porque están en su derecho de que les chirríe esa concomitancia entre el poder civil y el religioso que tanto costó separar, al menos oficialmente, en este país. Sin embargo, a mí no me ha parecido mal que León XIV hable desde la cámara de todos los españoles, fundamentalmente porque no es él quien dictamina su propio discurso desde esa tribuna, sino que son los representantes legítimos de dicha tribuna quienes lo han invitado para que lo haga; fundamentalmente porque lo hacen desde el desconcierto, el desamparo y el miedo ante el mundo que nos espera; y fundamentalmente porque nunca pasa nada por hablar, por escuchar, por dialogar y por sumar entre quienes ostentan el común denominador del valor de las personas por encima del valor del dinero y de los intereses estratégicos en un mundo que se acostumbra a rentabilizar los conflictos a base de muertos. No recuerdo, dicho sea de paso, la última vez que un orador contó con tanta atención y respeto en el hemiciclo. León XIV, como todos los políticos de bien de este país, está a favor de la igualdad entre todos los seres humanos y cree que la política debe ponerse al servicio de conseguirlo y no del negocio particular de unos cuantos. Si fuéramos simplemente niños -el encargo que nos dejó Cristo-, nos costaría mucho entender qué diferencia hay entre el discurso del Papa -con todos los casos de presunta corrupción de su Iglesia a cuestas; la plaga, dice él- y el discurso de nuestro propio presidente del Gobierno -con todos los casos de presunta corrupción de su gobierno a cuestas-, pues ambos parecen estar de acuerdo en lo esencial. Pero no somos niños, conocemos las diferencias y sabemos hasta qué punto los pensamientos en común sirven para montar este tipo de escaparates globales. Somos adultos conscientes, y precisamente por eso quiero compartir con ustedes esta reflexión que hilvano: seguramente no estaría el Papa hablando desde nuestro Congreso si el presidente de EEUU, Donald Trump, no hubiera puesto bocabajo el orden internacional como lo ha hecho, sin encontrar un líder mundial lo suficientemente fuerte como para plantarle cara; si el mismo Trump no se hubiera disfrazado de Papa en aquella osadía sacrílega que no pasó de los memes; si nuestro propio presidente, Pedro Sánchez, no se hubiera plantado, dentro de sus posibilidades, contra el desenfreno bélico del monstruo estadounidense hasta el punto de que solo después se le fueran uniendo otros líderes internacionales con más predicamento que él. El Papa ha hablado en nuestro Congreso porque el Congreso, España, Europa y todo Occidente como mínimo necesitan un líder hecho de palabras para hacerle frente a la sinrazón, al populismo y al disparate bárbaro. Hecho de palabras indubitadamente eficientes, tan performativas que cuando dice “Yo te perdono”, perdona de verdad, y cuando dice “Yo te bautizo”, bautiza sin lugar a dudas. "El Papa ha derribado con su lenguaje mullido toda esa patraña de la prioridad nacional al recordar la igual dignidad debida a todo ser humano"Ayer el Papa derribó con su lenguaje mullido toda esa patraña de la prioridad nacional al recordar la igual dignidad debida a todo ser humano, pero también ostentó su esperado zasca contra los artífices de las leyes del aborto, de modo que unos y otros no tuvieron más remedio que agachar la cabeza, antes y después de sus aplausos hipócritamente hinchados, porque reconocían en León XIV la magnitud de un líder cuyo reino no es, efectivamente, de este mundo pero que aterriza en él porque también depende de él, con un discurso completamente autónomo que emana de la salvación que solo puede prometerse más allá de toda la legislación hecha aquí abajo. Al Papa lo han reclamado desde España, que es poco más o menos que decir Europa, porque no encuentran un líder capacitado contra Trump, como quien se acuerda de aquellas palabras de Jesús de Nazaret cuando dijo que quienes no están contra nosotros, están a nuestro favor. Esto supone, en efecto, reconocer que, frente al todopoderoso Trump, el mundo clama a favor de Jesucristo, ese otro gran líder olvidado pero eterno que puede poner lo fundamental en su sitio congregando en torno a su figura y su mensaje a la inmensa mayoría de hombres y mujeres de bien. Quién nos lo hubiera dicho hace unos meses, cuando Cercas sonreía de medio lado con lo exagerado que somos en este país.Pero hay que tener que cuidado con la operación, porque el mismísimo Trump congregó en su despacho a un pelotón de pelotas para que se dieran las manos mientras rezaban con los ojos cerrados. Hay que discernir entre quienes utilizan la religión como instrumento formal a favor de la barbarie y entre quienes conocen etimológicamente el significado de religión, del latín religio y del verbo religare (re-ligare), lo cual significa volver a atar, volver a amarrar el vínculo profundo entre el ser humano y Dios. Que la religión de Cristo venga a reordenar este mundo patas arriba supone un hecho trascendental que arranca en esa estampa del papa como Cristo en medio del Congreso, del Pastor en medio de tantas ovejas, carneros, cabras y cabrones, tan metafóricamente hablando como se estila en esa buena noticia que es el Evangelio. Un Papa para un mundo huérfano. Un papá putativo, como aquel Pepe que precisó hasta Jesús cuando, sin ser de este mundo, aterrizó en él para redimirlo.