Un siglo y medio antes de que con Descartes se inaugurase la Modernidad, según el canónico pensamiento Occidental, Hernán Cortés asentó el ego conquiro (yo conquisto) como protohistoria del ego cogito (yo pienso) cartesiano. El mito fundante de la Modernidad europea, el sujeto que se afirma a sí mismo desde su razón, antes tuvo que decir: yo conquisto, luego existo. El yo europeo se constituye como sujeto moderno porque puede dominar, conquistar y poner al Otro como objeto.En el pensamiento griego, el ser se identifica con el mundo civilizado griego, con el ciudadano de las polis. El no ser es la Exterioridad, lo que queda fuera de ese mundo, los bárbaros incivilizados. Asimismo, como señala Dussel, el ser europeo se descubrirá (identificará) con la apertura al Atlántico durante el siglo XVI; siglo que marcaría la experiencia práctica de dominación sobre otros pueblos, de la opresión cultural sobre otros mundos y el inicio de la modernidad colonial eurocéntrica. El sistema-mundo, la Totalidad eurocéntrica, subsumiría a los pueblos que se encontraban en la periferia colonizada.Así, tras la conquista y sometimiento de al-Ándalus por las tropas germánico-castellanas, se produjo la inhumana explotación y esclavización de los guanches de Canarias, advertida ocularmente por Bartolomé De Las Casas tras una escala en su primer viaje hacia América y denunciada después en algunos escritos. Andalucía y Canarias fueron la base, modelo y ensayo de lo que los pueblos amerindios sufrieron: el cruel sometimiento al proyecto de la modernidad colonial, de la Europa germano/latina.El obispo de Charcas, Bolivia, fray Domingo de Santo Tomás, denunció ante el consejo de Indias en 1550 que se había abierto una “boca de infierno” donde se inmolaban miles de indios al nuevo dios, el dios-plata. Era la mita minera de Potosí (decenas de miles de toneladas de plata pura extraídas hasta 1800 y millones de muertos, la mayoría indígenas y esclavos africanos), que representaba la crueldad de la colonización y el capitalismo sobre los pueblos y culturas indias. Con fray Domingo, antes que Marx, surge la denuncia de la acumulación originaria y el primer grito ético latinoamericano contra el mito de la modernidad.Desde la centralidad europea que se abre paso mediante la violencia se alumbra la subjetividad moderna, el “Yo” constituyente del eurocentrismo. Yo conquisto (aztecas, incas), Yo esclavizo (africanos), Yo venzo (guerras en India y China): desde ese “yo”, dice Dussel, se despliega el pensar cartesiano del ego cogito (yo pienso). El mito de la supremacía de la civilización europea se autoerige con la pretensión de dominio y universalidad de la razón sobre el mundo y la historia. Esta racionalidad cartesiana, en tanto que instrumental, permitió el control tecnológico de la naturaleza y la cosificación de los seres humanos. Las culturas y religiones de los pueblos originarios, calificadas de “irracionales y bárbaras”, se trituraban en la maquinaria cultural moderna en nombre del progreso. Europa es presentada por Hegel como centro y fin de la historia universal.Lejos del planteamiento hegeliano, la modernidad no será un proceso de racionalización sobre la Edad Media, sino un proceso sangriento que se ha construido sobre un Otro expulsado y constantemente explotado. Ese otro que son los pueblos excluidos, los bárbaros de la periferia, quedan fuera del ser, de la civilización europea, y constituyen el no ser de la exterioridad, los demás, la nada de los incivilizados pueblos amerindios (los nadie, denunciaba Eduardo Galeano). Así, Fernández Oviedo (1535), llega a preguntarse si son seres humanos los indios, pues eran “animales brutos y que no tiene capacidad de razón, como los monos”.Ginés de Sepúlveda, siguiendo a Aristóteles, afirma (1547) que los indios son esclavos por naturaleza y que, si no se someten a los españoles y resisten, la guerra contra ellos sería justa. Si dejaban con vida a las mujeres, denunciaba Las Casas, era para amancebarse con ellas; y los indios que se libraban de la muerte eran reducidos a una horrible servidumbre. La conquista de México (finalizada en 1521) marcó el comienzo de la modernidad y, al mismo tiempo, de la constitución de un mundo colonial asentado en la hegemonía eurocéntrica (y americéntrica más tarde), la explotación y dominación violenta sobre el Otro, de la Exterioridad del sistema-mundo.Este relato es el que se ha pretendido ocultar postergando el inició de la modernidad e ignorando a los pensadores españoles del siglo XVI, entre ellos al primer gran crítico de la modernidad como fue Las Casas. El siglo XVI fue borrado por el convencional pensamiento europeo ocultando la violencia de la conquista y los esfuerzos para justificar su legitimidad en la Europa colonial que se expandía por el Atlántico. En ocasiones, como recientemente ha expresado el papa León XIV ante las autoridades y representantes públicos en su visita a España, se pretende enfatizar una visión de la colonización con rostro humano contra las aberraciones que se cometieron. Para ello se menciona a Francisco de Vitoria y a la escuela de Salamanca (olvidándose de Sepúlveda), como autores que defendieron la racionalidad y derechos de los indios, pero se soslaya el hecho de que el propio Vitoria (que nunca estuvo en América, como Sepúlveda; al contrario que Las Casas) reconoció siete razones para justificar la colonización mediante la violencia, entre ellas: si los indios se negaban a comerciar, si una tribu atacaba a otra tribu amiga de España, si se impedía la predicación o en el caso de que se realizasen sacrificios humanos.OpiniónUn diálogo necesario entre la población migrante y el pueblo andaluz Francisco Mª del RíoComo dice Fernández Buey, fue el primer teórico del imperialismo humanitario. No justificó matar y robar porque sí; pero justificó intervenir por su bien (la misma lógica que utiliza Trump para intervenir y bombardear otros países). Frente a la pregunta de Vitoria: ¿Cómo conquistamos bien? De las Casas se preguntará: ¿Por qué conquistamos? Pero la realidad es que los encomenderos (colonos españoles a los que se les entregaban indios para que trabajasen sus tierras y tributaran a cambio de un salario y recibir doctrina cristiana) siguieron a Fernández Oviedo y a Sepúlveda, con el consiguiente tratamiento como animales a los indios: los maltrataban tanto que se morían o huían. Para compensar esas pérdidas, el rey recurrió a la mita: llevados a poblados fueron obligados a enviar 1/7 de sus hombres a trabajar para el rey en las minas de Potosí; en otras partes los obligaban a trabajar en haciendas/textiles 45 días al año.Generaciones socializadas durante 500 años con el pensamiento eurocéntrico y el encubrimiento del otro, planteamiento defendido por la mayoría de los ilustrados y el Romanticismo, así como los principales pensadores del siglo XX, han asimilado la creencia en la supremacía europea y el interés civilizador de los países europeos en las conquistas de otros pueblos. El pensamiento colonial se sigue desplegando invariablemente desde los centros de poder de los países coloniales hasta el extremo de que la presidenta de la Comunidad de Madrid, Díaz Ayuso o la diputada Álvarez de Toledo, todavía se han atrevido provocadoramente a visitar México y pregonar la heroicidad de la conquista española comandada por Hernán Cortés.Andalucía como colonia interior y diálogo entre víctimasLas conquistas de al-Ándalus y Canarias fueron un precedente y laboratorio social y jurídico de lo que después se implantaría en la conquista de América: Un pueblo y una cultura a la que se pretende borrar su identidad, una conversión forzada al cristianismo y un sistema de explotación sobre la población conquistada con mecanismos de sometimiento, servidumbre señorial, tributos forzosos y de esclavitud. Andalucía quedó subsumida en la modernidad colonial. Su territorio, como las islas Canarias, se utilizaron, además, como plataformas de lanzamiento de la conquista y de comercio de esclavos y bienes expropiados.El programa de la modernidad, de la racionalidad cartesiana e instrumental que imponía el dominio y cosificación de la naturaleza y los seres humanos, tras la conquista de Granada fue asentándose sobre la identidad cultural andaluza. Blas Infante supo entender la raíz de la visión eurocéntrica del mundo que se extendía por Europa y América y expresó la crítica a la modernidad: “Yo pienso: luego existo, esto es Europa”. Y Andalucía es pensar y sentir. He aquí la existencia”. La modernidad ha generado una Europa y América del Norte, uniformada y robotizada, en la que se ha producido la sustracción del sentimiento a la existencia y la conversión del individuo en pieza de máquina. En la crítica al racionalismo cartesiano Infante señala, como consecuencia en el orden social, la cosificación alienante en la que se encuentran atrapados los trabajadores, la degradación de su condición como individuos libres. Esta dimensión es lo que lleva a Infante a gritar: “¡Europa, no: Andalucía!”. Como fray Domingo de Santo Tomás en 1550, Blas Infante sabe que el dios de la modernidad es el dios-dinero, y la vida humana se dirige a la barbarie de la estandarización del ser humano movido por el consumo, el dólar. Pero Andalucía, defiende Infante, es una civilización humana, sentimental y comunitaria.El fenómeno migratorio como consecuencia de la disolución de los modos de vida tradicionales causados por la modernidad colonial, ha conformado territorios, como Andalucía, con una fuerte presencia de lo que Fernández Buey llama indios de la metrópolis. El Otro, la exterioridad del sistema mundo, se encuentra hoy también dentro de las fronteras del centro colonial, y en la colonia interior que es Andalucía, exterioridad subsumida en la Totalidad. Ese “otro” como “indio metropolitano” es el migrante, musulmán norteafricano, latino, subsahariano. Pueblan y trabajan en miserables condiciones y sobreexplotados, además de negada su identidad, en sectores como la agricultura, servicios, construcción, cuidados y otros. Y sienten el rechazo secular ahora alimentado por la creciente ola de xenofobia y racismo.Entre el pueblo andaluz, consciente de sí, y la población migrante, es necesario un diálogo profundo, no para "integrar" a nadie, sino para poner en común saberes, dolores y proyectos, sin jerarquías. El pueblo andaluz tiene que recuperar su identidad cultural y autogobierno, la población migrante, además de su identidad, su dignidad como personas. Dussel llama “comunidad de víctimas” o “consenso de los excluidos” a la idea de que los que están fuera de la Totalidad tienen que hablar entre ellos antes de negociar con el Sistema. El poder no sale solo de tomar el Estado. Sale de crear una nueva Totalidad desde la Exterioridad. Entre el pueblo andaluz y la población migrante tiene que producirse el diálogo que como víctimas necesitan para el proceso de liberación. Así el horizonte de la transmodernidad, el diálogo mundial en la exterioridad, entre las víctimas de la historia, estará más cerca.