La historia de los Romanov sigue ejerciendo una fascinación difícil de igualar más de un siglo después de su caída. Dentro de ese imaginario, la figura de Anastasia ha ocupado un lugar privilegiado, convertida en mito a través de libros, películas, musicales y también de la danza. El propio Royal Ballet llevó a escena 'Anastasia', el ballet creado por Kenneth MacMillan, que en 1971 transformó una obra de un acto en una gran producción centrada en el misterio de la supuesta supervivencia de la hija menor del zar Nicolás II y en la figura de Anna Anderson, la mujer que afirmó ser la gran duquesa. Sin embargo, la Escuela José Antonio Checa Ballet ha decidido acercarse a aquel convulso periodo histórico desde otro personaje igualmente inquietante: Grigori Rasputín. «La creación de un ballet completo exige un personaje capaz de sostener una gran narrativa. Necesitaba una figura compleja, llena de matices, contradicciones y conflictos internos. Y pocos personajes históricos reúnen tantas cualidades como Grigori Rasputín . Es un personaje fascinante porque se mueve constantemente entre la realidad y el mito. Fue un hombre que llegó a ejercer una enorme influencia sobre la familia Romanov, hasta el punto de convertirse en una de las figuras más controvertidas de la Rusia imperial. Su imagen de supuesto monje, curandero, visionario o incluso manipulador ha alimentado durante más de un siglo todo tipo de leyendas y relatos», explica Alessandro Alfonzetti, coreógrafo de esta pieza. Graduado en la Escuela del Teatro de La Scala de Milán, desarrolló su carrera en compañías como la Bayerische Staatsoper de Múnich o el Deutsche Oper Berlín. Este creador reconoce que la propia muerte de Rasputín parece escrita para el teatro. Sin embargo, más allá de la historia y del mito, lo que realmente le interesaba era explorar su dimensión humana y espiritual. «Rasputín representa la necesidad que muchas personas tienen de aferrarse a algo que trascienda la realidad cotidiana. La fe, la religión, la superstición, la búsqueda de respuestas en lo desconocido o la atracción por lo místico siguen siendo cuestiones profundamente presentes en nuestra sociedad. Son temas que han acompañado a la humanidad durante siglos y que continúan generando fascinación, debate e incluso división. Me parecía muy interesante trasladar todos esos elementos al lenguaje de la danza. La influencia, el poder, la fe, la manipulación, la devoción, el miedo y la caída son conceptos de enorme fuerza escénica», añade el coreógrafo. Hace apenas unas semanas, los alumnos de la escuela llevaron esta producción al Teatro Fernando de Rojas del Círculo de Bellas Artes, donde presentaron esta obra que surgió precisamente del atractivo de su figura. «La idea nace de una inquietud que me ha acompañado durante muchos años como bailarín, maestro y coreógrafo. Siempre he querido crear un ballet completo, una obra capaz de emocionar al público y de conectar con él de una forma directa y profunda a través de una historia. Creo firmemente que el ballet debe seguir siendo un arte accesible para todos. A menudo hablamos de formar bailarines, pero también considero fundamental formar espectadores, despertar la curiosidad del público y acercar este maravilloso lenguaje artístico. Siempre he defendido que una persona no necesita conocimientos técnicos de danza para emocionarse con una historia bien contada sobre un escenario. En los últimos años he observado que muchas creaciones contemporáneas han tendido hacia propuestas cada vez más abstractas y minimalistas. Son caminos artísticos perfectamente válidos, pero personalmente sentía la necesidad de recorrer una dirección diferente. Quería recuperar la fuerza de los grandes relatos, de los personajes complejos y de las obras capaces de atrapar al espectador desde el primer momento y acompañarlo durante todo el viaje», confiesa su creador. Traducir la historia en danza es un reto, pero Alfonzetti tenía claro que había que equilibrar la técnica, la intensidad física y la carga expresiva. «Sigo creyendo firmemente que la danza contemporánea no debe renunciar a la técnica. Al contrario, considero que cuanto mayor es la preparación técnica de un bailarín, mayor es también su libertad artística. En mi caso, esa técnica tiene una raíz claramente clásica. El ballet clásico sigue siendo el lenguaje que estructura mi manera de entender el movimiento y de construir una coreografía, incluso cuando la estética final se acerca a territorios más contemporáneos», confiesa. Este Rasputín se mueve en dos mundos: en las misteriosas hazañas de este curandero que se mantuvo en la sombra de los Romanov, pero también en un hombre roto por el amor. Es un ser de luz y al mismo tiempo una sombra, es un hombre que se desplaza por el escenario en lo oculto, pero al mismo tiempo con una luz en su mano. Es un ser que gira, salta, que enmudece. También está el pueblo ruso, sediento de justicia, cansado de pobreza, que organiza una gran revuelta. También está la familia Romanov. Los jóvenes de JacBallet , dignos herederos de su maestro, conquistaban el escenario con una coreografía dinámica, marcada por giros y saltos, sin dejar a un lado la emotividad, pero sin abusar de ella. Esta puesta en escena supuso además un importante reto para los jóvenes bailarines. A la exigencia habitual de sus estudios tuvieron que sumar semanas de ensayos intensivos para levantar esta producción. Compatibilizar las clases diarias con el trabajo escénico no fue sencillo, especialmente en una disciplina donde la formación exige constancia, rigor y una estricta disciplina. «Aquí estamos acostumbrados a estar en varios procesos creativos. A lo largo de esta temporada, los alumnos han participado en proyectos como 'El Cascanueces', la participación en 'Viena en Madrid' junto a la Filarmonía de Madrid en el Auditorio Nacional, el 'Grand Pas de Paquita' y varias creaciones originales desarrolladas por coreógrafos internacionales invitados. Es un enorme esfuerzo por parte de los alumnos y exige disciplina, compromiso y una gran capacidad de trabajo. Han ganado madurez, confianza, capacidad interpretativa y una mayor comprensión de lo que significa ser un bailarín profesional. El hecho de enfrentarse a distintos estilos, repertorios, coreógrafos y formas de creación les obliga a salir constantemente de su zona de confort y a desarrollar nuevas herramientas artísticas», confiesa el director de JacBallet, José Antonio Checa. Hay cosas que no pueden explicarse con palabras. Por eso existe el arte, porque es capaz de llegar donde no alcanzan los discursos, los libros de historia ni siquiera los hechos. También por eso existe la danza, un lenguaje que no necesita hablar para emocionar y que puede acercarse a la verdad de una persona desde lugares inaccesibles para otros relatos. La vida de Rasputín ha sido estudiada, debatida y contada innumerables veces por historiadores y expertos, pero este ballet demuestra que todavía queda algo por descubrir. La danza tiene la capacidad de llegar donde otras artes no llegan y eso ocurre con 'Rasputín. La sombra de la corona'. «Uno de los mayores retos fue conseguir que un grupo tan numeroso de bailarines respirara como un solo cuerpo. Cuando trabajas con más de medio centenar de intérpretes, cada uno aporta su personalidad, su sensibilidad y su propia forma de entender el movimiento. Conseguir que todas esas individualidades confluyan en una visión común exige muchísimo trabajo, paciencia y dedicación. No siempre fue fácil, porque cada bailarín tiene su propia alma, su propia energía y su propia manera de expresarse, pero precisamente ahí residía el desafío y también la belleza del proyecto. Poco a poco, todas esas individualidades fueron encontrando un lenguaje común hasta dar forma a una obra cohesionada, sólida y llena de vida». Ese nivel de exigencia forma parte de la identidad de una escuela que imparte el método Vaganova, considerado uno de los sistemas de enseñanza del ballet clásico más prestigiosos del mundo. Su fundador, José Antonio Checa, se graduó en la Academia Vaganova de San Petersburgo y desarrolló parte de su carrera profesional en el Mikhailovsky. En apenas unos años, el centro se ha convertido en un referente de la formación de danza en España, atrayendo a estudiantes de numerosos países y, en el caso de varios de ellos, saliendo de la escuela con un contrato bajo el brazo para compañías como el Ballet Nacional de Serbia, el Ballet Nacional de Croacia, el Scottish Ballet, la Ópera de París o el Greek National Ballet. Aunque el ballet clásico sigue siendo el eje de su proyecto pedagógico, la escuela ha comenzado también a abrir espacio a nuevos lenguajes y propuestas contemporáneas, ampliando así el horizonte artístico de sus jóvenes intérpretes. «Entendemos que el bailarín del siglo XXI debe ser un artista versátil, capaz de desenvolverse con solvencia, rigor y sensibilidad en diferentes lenguajes de la danza. Nuestro objetivo es proporcionarles todas las herramientas necesarias para afrontar con confianza cualquier desafío artístico y prepararlos para responder a las exigencias de las mejores compañías internacionales. Hoy en día, la capacidad de adaptarse a distintos estilos no es un complemento, sino una cualidad esencial para cualquier bailarín profesional. A lo largo de mi propia carrera he podido comprobar cómo el contacto con diferentes estilos fortalece y potencia el trabajo realizado en cada uno de ellos. Lejos de ser disciplinas aisladas, se complementan mutuamente y contribuyen a formar artistas más completos, conscientes y libres», explica su director. De ahí que quieran lanzar alumnos al mundo preparados para incorporarse a cualquier compañía o enfrentarse a un proceso creativo con la seguridad de que poseen las herramientas necesarias para expresarse con autenticidad. De ahí que hayan tenido que abrir una nueva sede profesional en Alameda de Osuna. Mientras que muchos centros de danza sacan a sus alumnos a bailar únicamente en las galas de final de curso o algún festival esporádico, la escuela de JacBallet cuenta con espectáculos casi todos los meses, como ha ocurrido con 'Rasputín. La sombra de la corona'. «La experiencia escénica es absolutamente fundamental en la formación de un bailarín. Las clases diarias son la base de todo; es donde se construyen la técnica, la disciplina y los conocimientos necesarios para la profesión. Sin embargo, es sobre el escenario donde todo ese trabajo cobra sentido y donde realmente se pone a prueba. Siempre digo que un bailarín se fragua en el escenario. Es allí donde aprende a gestionar los nervios, a asumir responsabilidades, a resolver imprevistos, a reaccionar ante cambios de última hora y a afrontar los retos artísticos que plantea cada papel. Son experiencias que no pueden reproducirse por completo dentro de un estudio y que aportan una madurez profesional extraordinaria».