Cuando llega al local de ensayo el guitarrista Carlos Elías, con su abrigo gris tres cuartos, sus botas Doctor Martens y su melena plateada, Jaime Barbosa le recibe desde la batería con un abrazo y mucho vacile: «¡Ya ha llegado el enterrador!». Ambos se ríen. Recostado sobre la pared, sin quitarse las gafas de sol, el bajista Pablo Prieto observa en silencio. Es el más callado, pero también el que más dicharachero en las redes sociales, donde ha conseguido hitos como que Rosalía recomiende a la banda y que Liam Gallagher les insulte : «A no ser que vuestras guitarras y vuestra puta actitud me recuerden a lo mejorcito del pasado, me la suda». Él insistió: «Tu actitud apesta». Y el de Oasis respondió: «¡Que os jodan!». Alcalá Norte ensaya en Suanzes, a solo 5 minutos andando del barrio madrileño que da nombre al grupo. El local no es muy grande, apenas cabemos todos cuando llegan Álvaro Rivas (voz) y Laura de Diego (teclados). Se instalaron aquí en 2023, un año antes de publicar su debut homónimo y convertirse, de la noche a la mañana, en el grupo del que todo el mundo hablaba gracias al inesperado éxito de 'La vida cañón' . Clavado en la pared está el pequeño 'flyer' con el que anunciaron aquel segundo sencillo en marzo de 2024, junto a un cartel de la banda con la que comparten espacio: Los Hijos del Cura. «Un grupo de cincuentones que hacen versiones de Leño y cosas así. Tienen que hacer malabarismos para venir los miércoles, pero molan mazo», subraya Barbosa. Hemos quedado con la banda tras anunciar su concierto en el Movistar Arena el 20 de marzo del año que viene. Una especie de salto al vacío tras haber llenado La Riviera de Madrid tres días seguidos en diciembre casi en contra de su voluntad, reconoce Rivas: «Les raya cuando digo esto [dirigiéndose a sus compañeros], pero siento que puedo lidiar con esto porque nuestro mánager hace cosas a mis espaldas, porque sabe que si hay posibilidad de hacer algo grande, le voy a decir que no acojonado. Solo me lo cuenta cuando ya no hay vuelta atrás. Entonces, ¡caramba!, me doy cuenta de que tenía razón. Esto es una banda de locos. Si no hubiese un poco de orden en el equipo con el que curramos, ya nos habríamos estrellado». «¡Eso es así! –reacciona Barbosa–. Al principio la respuesta a todo lo que nos proponían era: 'No, no, no, no'. Primero, por no dar el coñazo, y después, por nuestra propia inseguridad. Pensábamos que nos estábamos flipando. Cuando nos propuso tocar en el Movistar Arena, nuestra primera reacción fue: 'Noooo'. Y cuando quería anunciarlo: 'Noooo'». El vocalista continúa: «Cuando nos informó de que había reservado una noche en La Riviera y que existía la posibilidad de una segunda, pues las entradas se habían vendido en una hora, ya la había reservado en realidad. Y lo mismo con la tercera, que tampoco la queríamos». Vamos a recorrer el barrio de Alcalá Norte con la banda, desde el local hasta el antiguo Palacio de los Deportes, para recordar todo lo que han «sufrido y fracasado» hasta que llegó el pelotazo de 'La vida cañón' . Se presentan, además, con una buena nueva que no han anunciado hasta esta entrevista: el jueves 5 de marzo publicarán, por fin, la primera canción nueva en dos años, 'El hombre planeta', primer sencillo del que será su segundo disco. «La letra recoge el momento en que el legendario violinista Paganini negocia el precio de su alma con su inesperado nuevo mánager: Satanás. La versión de la historia que se ofrece es la del poeta alemán Heinrich Heine en su relato 'Las noches florentinas'», explica Rivas, de cuyo abrigo asoman el ensayo 'El comienzo de la filosofía occidental', de Martin Heidegger, y 'Trafalgar', de Benito Pérez Galdós. —¿Ensayaban mucho antes de publicar el primer disco? — Álvaro Rivas : Nunca fuimos de echar muchas horas en el local. De hecho, no nos planteamos aprender a tocar bien hasta que salió el disco y nos pusimos bajo la influencia de este hombre [señala a Elías]. Al principio no me parecía relevante, la verdad. Quedábamos los domingos por la tarde un rato y ya está. — Carlos Elías : En 2023 tuve que sacar el hacha. Os dije: «Tíos, si la idea es dar conciertos por salas, no podemos seguir así». Y nos empezaron a poner las pilas. — Pablo Prieto : ¡Es un cabrón! Pero reconozco que sin esa tiranía no habríamos publicado el primer disco ni sacaríamos el segundo. — Jaime Barbosa : ¡Es el sargento Chusquero! — Laura de Diego : Al final sí que echamos horas. De hecho, ahora nos mola venir por la mañana, en plan oficina, a currar frescos. —¿Intuían este éxito cuando estaban aquí en el local? — J. B. : ¡No! [risas] Ni cuando terminamos de grabarlo. Nos molaba, pero Álvaro y yo pensábamos que sería un disco póstumo. Ni siquiera teníamos banda en ese momento, porque la última formación había naufragado. Hubo tanta tensión que no estábamos seguros de que mereciera la pena, pero Carlos insistió. Lo grabamos para que se quedara ahí. ¡Lo que ha ocurrido es magia potagia! — Á. R. : Tú y yo íbamos con una venda en los ojos. Yo estaba desquiciado y tú seguías sin querer saber nada. Es cierto que en 'La vida cañón' canto «seis horas seguidas metido en un cuarto / escuchando mi nueva canción / soñando vivir la vida cañón», pero no nos tomábamos en serio ese sueño. Carlos nos convenció porque el ochenta por ciento del disco lo grabamos en el estudio que tiene en su casa, en su habitación. —Carlos todavía no estaba en la banda. ¿Le pagaron algo? — J. B. : ¡Ya se lo cobró! Le dejamos meter un montón de guitarras [risas]. —¿Y recuerdan la primera vez que 'La vida cañón' desató la euforia? — Á. R. : Sí, en un concierto que dimos en la sala Clamores de Madrid en octubre de 2023, por la mañana, cuando todavía no estaba grabada. Antes tocábamos una versión primigenia más calimochera, pero Carlos le dio una vuelta y ese día la gente se puso a gritar. Fue raro y estimulante. Aún así, cuando lo publicamos, el 'boom' nos pilló por sorpresa. — J. B. : Recuerdo que tú no concebías que alguien que no conocíamos pudiera escuchar una canción nuestra. Repetías: «¿Quién es ese camarero del barrio de Prosperidad que la puso el otro día en su bar? Lo conozco de algo, seguro». Yo le decía: «Tío, a lo mejor no, aunque sea una locura». — L. D. : El mismo día que salió lo de Rosalia tocamos en la sala Wurlitzer y nos encontramos en la puerta con cuatro veces más gente de la que cabía. Flipábamos. Esa fue la patada que formó la bola de nieve. Todo empezó porque le felicitó a Pablo su cumpleaños por las redes. Escribió: «Feliz día cañón». Luego subió audios cantando en su canal de WhatsApp, que tiene un millón de personas. Para ella fue una chorrada. Estaba en su casa y le dio por ahí, pero a nosotros nos ayudó mucho. — P. P. : ¡Soy el mejor! Cuando salimos hacia la calle Alcalá, Rivas y Barbosa, los dos miembros fundadores del grupo antes de que se sumara el resto –tras superar varias crisis y sobrevivir a dos disoluciones–, no se ponen de acuerdo en cuál fue la primera canción que compusieron. Según el batería, que luce su habitual chupa vaquera sin mangas y una camiseta de Enforcer, grupo sueco de heavy metal, fue 'Escate hasta que me mate'. El vocalista está convencido de que fue 'El Verdugo', que habla sobre Casimiro Nemesio, el último verdugo de Madrid antes de que estallara la Guerra Civil. Cuando llegamos al centro comercial Alcalá Norte, cuyo monolito han convertido en el logo de la banda, les para un adolescente llamado Hugo. Les cuenta cómo conoció su música y cómo luego convenció a su padre, fan de Los Planetas , para que le acompañara a uno de sus conciertos. «Sabía que le ibais a encantar. Desde entonces os habéis convertido en el grupo de ambos, la música que nos une», reconoce. Rivas se vuelve hacia mí sonriendo: «¿Has visto? A nuestros conciertos viene gente de todas las edades y estilos». Pasamos por la calle Elfo, que da nombre a una de las canciones más conocidas de la banda. Aquí vivió la abuela de Rivas hasta que hace un mes se fue a una residencia. «A ella le emociona porque sabe que es por ella y yo la quiero mucho. El tema hace referencia a la aspiración de mi padre, que también vivió en esta calle, pues siempre quiso cruzar el río y mudarse a Arturo Soria», explica el cantante. Volvemos a la calle Alcalá y, poco antes de llegar a Las Ventas, otro seguidor, esta vez mexicano, les asalta. Se llama Jorge y acaba de mudarse al barrio desde Ciudad de México. Hace un mes les vio tocar un par de temas en una gira promocional por su país. «Cuando llegué aquí, pensaba: 'Ojalá me los cruce por la calle algún día'. ¡Y mira, qué casualidad!», comenta nervioso. El mes que viene regresará y asegura que irá a verles actuar al festival Vive Latino. Los cinco sonríen como si no se lo creyeran; el admirador, también. Llama la atención toda esa inseguridad, cuando en realidad les ha salido todo a las mil maravillas. Publicaron el primer disco hace dos años y van a actuar en uno de los recintos más grandes de Madrid. Se lo comento: «¡Una polla! Jaime y yo hemos sufrido mucho, pero no nos conocía nadie. Fracasamos y hemos hecho el ridículo mil veces. ¡Nos disolvimos en dos ocasiones! Todo eso implica mucho dolor. Otra cosa es que, como empresarios, nos vaya bien desde que sacamos el álbum, pero los malos tragos están ahí. Si ahora fracasamos, pues bueno, así es la vida. Al final esto va de hacer canciones, pero hay que ahorrar ahora que podemos», replica Rivas. «Está claro que tenemos la oportunidad de sacar un segundo disco de una manera bastante más cómoda, centrados sin tener que trabajar en otra cosa. Sabemos, además, que hay un grupo de personas que lo están esperando. Eso es un gran logro. Lo que queremos es currar en la música y vivir haciendo lo que amamos. No buscamos esa vida loca del rock. Reventar la habitación de un hotel no está en nuestros planes. A mí muchos colegas me dicen que somos unos aburridos», añade la responsable de los teclados. «En esta banda la cocaína está prohibida», zanja Elías. Al cruzar el puente de Ventas y aparecer ante nosotros la imponente plaza de toros neomudéjar, Rivas confiesa que su intención inicial era presentar el segundo disco allí. «Tenía mucho sentido para nosotros, porque es el lugar que cierra el barrio. La frontera está aquí, donde se encontraba el arroyo Abroñigal [afluente del río Manzanares soterrado en 1970 por la M-30], pero los responsables no nos dieron permiso para montarlo. Bueno, ya lo conseguiremos, la plaza va a seguir aquí unas cuantas décadas». Llegamos al Movistar Arena a la hora de comer y nos dan permiso para entrar en el pabellón donde Radiohead actuó hace menos de cuatro meses y donde lo hará Rosalía a finales de marzo. Cuando bajamos las escaleras hacia la pista, se hace el silencio entre los miembros de Alcalá Norte. «Ahora sí tengo la sensación de que se hace real, chicos», comenta Elías. Nunca antes habían tenido la posibilidad de ver el polideportivo vacío ni enfrentarse a las verdaderas dimensiones del lugar. Sin cancha, sin escenario, con las gradas retiradas. No hay ningún trabajador a la vista. «Impresiona un poco, la verdad», escucho de fondo. —¿Les asusta? — J. B. : A mí me asustan muchas cosas en la vida, pero salir a hacer el subnormal y gritar delante de la gente, me la pela. Incluso siento un poco de paz. — Á. R. : Aunque vinieran doscientas personas, estaría bien, porque quieren verte. Nos achanta mucho más un festival, donde no todos te conocen. Es como el síndrome que sufrían los soldados cuando comenzaron las guerras con armas de fuego. He leído que acababan sintiendo una especie de calma en medio de la masacre y el ruido, con todas esas balas zumbándoles cerca de los oídos. — J. B. : En medio de esa paz encima del escenario, a veces me pasa que, de repente, me siento como si despertara. En ese momento no me creo que esté tocando delante de tanta gente, en medio de todas esas 'balas'. Entonces miro a este [señala a Rivas] y me descojono, porque pienso: «¿Cómo hemos conseguido engañar a tanta gente este gilipollas y yo?».