'El caballero de los Siete Reinos' me ha reconciliado con 'Juego de tronos' tras casi diez años harto de su universo

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Primero, la emoción por haber encontrado algo con lo que apasionarse. Después, un hálito de esperanza cuando ese 'algo' se abre al mainstream. Y, finalmente, la decepción cuando los imperativos comerciales exprimen lo antaño amado hasta privarlo de toda su magia. Ese es el arco al que parece condenada la cultura pop en el siglo XXI, y las obras de George R. R. Martin no se han librado de sufrirlo. Tras el supino hartazgo que acabó provocándole Juego de tronos, y frente a dos temporadas de La casa del dragón que no han conseguido engancharle, el que escribe esto se veía sin la menor gana de regresar a Poniente y sus aledaños. Pero, por raro que parezca, la primera temporada de El caballero de los Siete Reinos le ha devuelto una pizca de ese encanto que le procuraron las novelas de Canción de hielo y fuego hace ya casi dos décadas. ¿Cómo ha podido producirse esto? ¿Acaso el nuevo producto ponientino de HBO supera a sus predecesoras en espectacularidad y épica? ¿O es que sus intrigas, su vicio y su fornicio nos han devuelto a 2011, cuando el mundo era joven y Ned Stark aún tenía la cabeza sobre los hombros? Nada de eso: las claves de esta (posible) resurrección son mucho más sencillas... y también alejadas de las formas habituales de sacarle jugo a una franquicia. Echémosles un vistazo. ...Y los dragones cayeron en picadoCuando un servidor se llevó a casa Juego de tronos y Choque de reyes, las dos primeras entregas del novelón de Martin, no tenía ni la menor idea de que este iba a convertirse en uno de los productos más lucrativos de la TV. Y, a estas alturas, solo puede culparse por su ingenuidad, porque estaba claro que (aun descartando planes diabólicos a lo Meñique) el escritor estuvo dispuesto desde el principio a vender lo que hacía única a su obra por el proverbial plato de lentejas.Además de un notable escritor de fantasía y ci-fi, Martin es un veterano del medio televisivo, donde trabajó en series tales que Más allá de los límites de la realidad y La bella y la bestia. Por ello, debemos suponer que siempre fue consciente del potencial de sus novelas para una adaptación. Otra cosa es que supiera prever las repercusiones de dicho fenómeno... y cómo este acabaría devorándose a sí mismo. Por mucho que ahora haga pucheros, el escritor sabía lo que hacía cuando firmó los contratos de rigor con HBO. Y, si la sobreexposición en los medios ha incrementado su legendaria pachorra, convirtiendo las dos últimas novelas de la saga en entelequias que seguramente no leeremos jamás, él mismo es uno de los culpables. Claro que, puestos a repartir estopa, también le corresponden unos cuantos palos a HBO, en general, y David Benioff y D. B. Weiss en particular. Allá por 2011, tanto la cadena como los showrunners de Juego de tronos se enfrentaban al reto de convertir un producto de nicho en mercancía para las masas, y lo afrontaron de forma, cuanto menos, chocarrera. Durante sus ocho temporadas, Juego de tronos no solo desaprovechó el trabajo de buenos actores (Peter Dinklage, Aidan Gillen, Lena Headey...) mientras se apoyaba en otros de escaso talento (sí, eso va por Kit Harington y Emilia Clarke). También optó por atraer al público mediante la abundancia de desnudos femeninos, y, cuando sus actrices dijeron "basta", potenciando su faceta de culebrón con dragones. Escudándose en estas maniobras, que el bloqueo creativo de Martin justificaba por omisión, los showrunners obviaron la faceta más valiosa de la saga literaria: su parodia corrosiva del género de fantasía. Y si usamos el término "parodia", no es en un sentido humorístico (aunque a veces también hubiera de eso). Nos referimos a una degradación voluntaria de los tropos que ya daban vida a este tipo de relatos cuando Tolkien aún estudiaba Filología. Más vale caballero errante en mano que ciento volandoDe esta manera, cuando La casa del dragón se estrenó en 2022, uno estaba más que harto de los Targaryen y de las demás familias nobles de los Siete Reinos. Además, la idea de ver una especie de fan fiction de alto presupuesto, cocinado a partir de los apuntes de Martin sobre la historia de Poniente, le resultaba menos que atractiva, por mucho que Matt Smith anduviera en el ajo como malo malísimo. El caballero de los Siete Reinos, sin embargo, daba esperanzas de reavivar la vieja llama, aunque fuese un poquito. No solo por remitirse a esos cuentos de Dunk y Egg escritos por Martin antes de la eclosión tronista de hace quince años, sino también porque prometía llevar consigo una reducción de escala, la cual nos devolvería ese valor, últimamente tan devaluado, que llamamos "atmósfera". Hete aquí, entonces, que la serie encabezada por Ira Parker ha cumplido con creces dicha promesa. En parte, porque su menor escala también ha afectado a su duración (¡benditos capítulos de media hora!), en parte por la química entre Dexter Sol Ansell y Peter Claffey y, finalmente, porque la naturaleza de la historia le ha permitido olvidarse del CGI y el cartón piedra en cambio de una apariencia más terrenal. Pero hay algo más.Y ese "algo más" reside en que la épica de El caballero... resulta mucho más de andar por casa que la de los Stark y los Lannister. Mientras su predecesora tenía un pie en las intrigas de palacio y otra en el campo de batalla, la historia de Duncan el Alto y su escudero pelón transcurre, básicamente, en una fiesta de cumpleaños que se va de madre, con sangriento resultado.Gracias a esto, la nueva serie sobre Poniente no nos obliga a seguir movimientos de tropas o profecías apocalípticas. Se trata, más bien, de reírnos con las torpezas de su héroe, de apreciar esa ambientación que viene a ser como la Edad Media europea, pero en peor (si nos ponemos pejigueras, los Siete Reinos estén en plena transición a la Edad Moderna, pero esa es otra), y, sobre todo, de rezarles a los Siete para que al pobre Dunk no le partan la crisma. Porque, y esto es lo más importante de todo, El caballero de los Siete Reinos consigue que nos importen sus personajes, precisamente porque estos son unos entrañables don nadies (bueno, Egg menos, pero nos entendéis). Todo un bálsamo para aquellos que, llegados a la sexta o séptima temporada de Juego de tronos, habíamos perdido el interés hasta por Tyrion, Podrick, Brienne y el resto de personajes (tampoco muchos) a quienes quisimos hasta el final.¿Una nueva esperanza para Poniente?Si a todo esto sumamos que Ira Parker y los directores de la serie han puesto un cuidado visual casi sin precedentes en la franquicia, resulta que El caballero de los Siete Reinos es lo mejor que la franquicia 'Juego de tronos' ha dado a la pantalla después de capítulos justamente legendarios de la serie matriz como Baelor y Aguasnegras. No es mala marca para una obra supuestamente menor. Aun así, hay que reconocer que, sin Juego de tronos, esta serie que tanto nos gusta no habría existido... o no hubiera sido lo mismo. Gracias a aquellas ocho temporadas de las que echamos pestes hoy en día, el nuevo show se libra de tener que explicarnos el origen de los Targaryen, que los Baratheon son todos unos vivalavirgen o que la sociedad ponientina se basa en una versión aún más opresiva del sistema feudal, entre otras cosas. Y eso es muy importante.¿Caminó Juego de tronos para que El caballero de los Siete Reinos pudiera volar? Pues, aunque en esta serie no haya dragones, podríamos decir que sí. La cuestión es saber si HBO aprenderá la lección después de tantas críticas entusiastas y tanto revuelo en redes (aunque, eso sí, el show no se haya librado de unas cuantas polémicas idiotas).¿Y cuál es esa lección? Pues, por resumir, esta: un torneo puede ser más importante que una batalla campal... siempre que le hayamos cogido cariño a uno de los contendientes, por lo menos. Aunque las próximas entregas de la franquicia a cargo de HBO vuelvan a caer en sus vicios de siempre, y aunque Ira Parker y su equipo no vuelvan a ofrecernos momentos tan valiosos