Los días felices de mi infancia siempre me traen de vuelta un mismo recuerdo. Es la imagen de ese niño, ansioso por vivir una nueva Semana Santa, que se empinaba a duras penas sobre la barandilla del balcón de la calle Relator para ver venir a lo lejos la cruz de guía de la que era su primera cofradía. Mis ojos buscaban en el horizonte incierto de la Plaza del Pumarejo alguno de esos capirotes azules con los que se estrenaba el Domingo de Ramos. Fue así como aprendí a ver en la Hiniesta algo más que una hermandad, porque su llegada representaba el inicio de todo, mi particular venia al gozo. Y ahora, con el paso de los años,... Ver Más