Como deportista activo ya lo habíamos visto todo de Danny Miranda: campeón olímpico en Atenas 2004, oro mundial sub-15 en Mazatlán 1994, juvenil en Sancti Spíritus 1996 y universitario de Italia 2002, con una sólida carrera en 12 Series Nacionales, conde bateó para 290, con slugging de 428, 124 dobles, 36 triples, 88 jonrones y 542 carreras impulsadas.Sin embargo, en su nueva tarea como manager apenas estaba comenzando y ya había impactado con el título logrado en la pasada Liga Élite al mando de unos Tigres avileños por los cuales nadie apostó.Sacó las garras con la selección de los refuerzos, donde se ganan y pierden títulos aunque algunos entrenadores todavía vayan con cara de pescado en tarima y sin tener idea de lo que pueden pedir, y luego sobre el terreno sacó el extra a una mezcla de jóvenes y veteranos que brindó alegrías de punta cabo del certamen.Modesto y sereno en el puente de mando, se ganó el cariño de propios y extraños con la misma sencillez con la que defendía como un felino la primera almohadilla sin aspavientos, pero con una efectividad casi perfecta.Por eso bajo sus órdenes los equipos que tuvo rindieron al máximo, tanto ese de su terruño con el que no podrá disfrutar el premio internacional que se ganó a base de sudor, como la selección nacional sub-23, con la que estaría en el venidero Mundial de Nicaragua.Una obstrucción intestinal le hizo una mueca a la historia, esa que podía escribir de manera brillante el nacido en Morón desde los banquillos, por su capacidad para ganarse el aprecio no solo de los peloteros, sino de todo el personal que rodea a una novena, y a quienes estamos un poco más allá.Para nosotros fue un golpe seco, como un verso libre que nadie anticipó, un eclipse que oscurece sin aviso el sol habitual de nuestras certezas.Es verdad que la muerte no entiende de tiempos ni de preparativos, pero en casos como este duelen mucho más porque roba no solo la vida, sino los planes, las promesas y los sueños aún no florecidos.En medio de la incredulidad de este absurdo, mezclada con una tristeza profunda, la fragilidad de la propia existencia nos inspira a intentar dejar una huella imborrable en quienes nos rodean, una tarea que logró Danny en su corta existencia.La memoria que deja en los corazones que tocó vale tanto como ese palmarés que lamentablemente no podrá completar como director técnico, cuando condiciones se le veían de sobra.Levantó tantas pelotas incómodas en ese primer cojín, conectó tantos envíos complicados y tomó decisiones tan acertadas que parece mentira tener que despedirlo del reino de este mundo tan temprano.Sin embargo, la frustración por la promesa que se va no evitará que de ahora en adelante, en cada rugido, haya un pedacito de Danny Miranda.