Nunca formó parte de la fauna de Mesopotamia y, aun así, terminó dejando una huella profunda en su imaginario, sus palacios y hasta sus nombres

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Un nuevo estudio muestra cómo el oso, un animal ajeno al paisaje mesopotámico, llegó a convertirse en símbolo de prestigio, exotismo y poder. Su presencia en textos, rituales y representaciones revela hasta qué punto las civilizaciones antiguas podían fascinarse con criaturas que en realidad pertenecían a otros mundos.