Los niños nacidos en estos tres meses del año muestran mayor capacidad intelectual, según la ciencia

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Que la genética y el entorno familiar condicionan el desarrollo cognitivo de un niño es algo que pocos discuten. Menos conocido resulta el papel que puede desempeñar un dato tan aparentemente trivial como la fecha que figura en su partida de nacimiento. Varios estudios longitudinales publicados en las últimas décadas apuntan en la misma dirección: los niños nacidos en los últimos meses del año presentan, durante la infancia y la adolescencia, un rendimiento académico superior al de sus compañeros de clase nacidos en los primeros meses.La explicación no tiene nada de misterioso. En la mayoría de los sistemas educativos occidentales, los alumnos se agrupan por año natural de nacimiento. Eso significa que dentro de una misma aula conviven niños que pueden llevarse hasta once meses de diferencia. A los cinco o seis años, esa brecha representa una proporción enorme del tiempo que el cerebro ha tenido para madurar.¿Quién sale ganando con ese reparto? Los nacidos entre octubre y diciembre, que al empezar el curso son los mayores de su promoción. Frente a un compañero nacido en enero del mismo año, acumulan casi un año más de desarrollo neurológico, de experiencias y de contacto con el lenguaje. No se trata de que sean más inteligentes en términos absolutos, sino de que parten con ventaja en una carrera cuyas reglas premian la madurez temprana.La ventaja invisible dentro del aulaEl concepto que vertebra esta investigación se conoce como efecto de edad relativa. Según diversos análisis educativos, los niños que cumplen años al final del año natural tienden a obtener puntuaciones más altas en pruebas de comprensión lectora y razonamiento lógico durante la educación primaria. Los profesores, a menudo sin ser conscientes de ello, perciben a estos alumnos como más capaces y los derivan con mayor frecuencia a programas de alto rendimiento.Esa ventaja inicial desencadena un efecto acumulativo. Recibir más estímulos y más refuerzo positivo en los primeros años de escolarización puede traducirse en una mayor autoconfianza y en mejores hábitos de estudio. Algunos trabajos han asociado incluso un cociente intelectual más elevado con una trayectoria vital más larga, aunque los expertos advierten de que la correlación no equivale a causalidad. El efecto, en cualquier caso, se diluye a medida que los alumnos crecen y otros factores —motivación, recursos familiares, calidad docente— van pesando más.El entorno pesa más que el calendarioReducir la capacidad intelectual de un niño a su mes de nacimiento sería un error de bulto. Los propios investigadores que han documentado el efecto de edad relativa insisten en que se trata de una ventaja estadística y transitoria, no de un destino. El desarrollo del cerebro humano sigue pautas complejas que dependen de la nutrición, la estimulación temprana y la calidad de la enseñanza recibida, como muestran los últimos mapas de formación neuronal.En algunos países se han probado sistemas alternativos de agrupación escolar —por trimestre de nacimiento, por ejemplo— con resultados dispares. La cuestión no es sencilla porque modificar los criterios de corte genera nuevos ganadores y nuevos perdedores. Estudios sobre la influencia genética en los hitos del desarrollo infantil confirman que la biología también juega su papel en esta ecuación.Lo que sí parece claro es que los maestros necesitan herramientas para distinguir cuándo un alumno rinde menos por falta de capacidad y cuándo lo hace porque le separan varios meses de maduración respecto a sus compañeros de pupitre. La ciencia lleva décadas intentando separar lo innato de lo adquirido, y la respuesta, cada vez más nítida, es que ambos ingredientes se combinan de formas que ningún calendario puede predecir.