Motivaciones contrapuestas de Irán, Israel y Estados Unidos en plena escalada

Wait 5 sec.

Lo único que a estas alturas cabe asegurar en relación con la guerra en Oriente Medio es que, por un lado, se trata de una violación del derecho internacional por parte de Israel y Estados Unidos (EEUU) (sin que eso suponga defender a un régimen tan corrupto y represor como el iraní) y, por otro, se está prolongando mucho más allá de lo que podían imaginar sus promotores, ilusoriamente convencidos de que Teherán caería con apenas un par de golpes contundentes. El panorama actual, sumidos los tres principales contendientes en una escalada que ya ha regionalizado la violencia y puede desembocar en una crisis planetaria, ofrece un mosaico variopinto tanto de motivaciones como de estrategias para lograr sus respectivos objetivos.Consciente de su propia inferioridad en términos convencionales, el régimen parece decidido a utilizar todos los medios a su alcance no sólo para mantener el control del país, sino también para elevar el coste hasta un nivel insoportable a quien pueda volver a atacar Irán en el futuro.Benjamín Netanyahu es el que menos dudas plantea. Su objetivo inicial era el derribo de un régimen que llevaba en su punto de mira desde hace décadas, en un intento por culminar su plan de redibujar el mapa de la región, dejando a Israel como potencia dominante, rodeada de vecinos sometidos por la fuerza. En las semanas transcurridas desde el arranque de la agresión, el primer ministro israelí ya ha tenido tiempo de comprobar que la eliminación de los principales dirigentes y altos mandos iraníes no ha provocado el ansiado colapso. De ahí que ahora su principal esfuerzo vaya dirigido a destruir todo lo que pueda de sus arsenales militares y su capacidad industrial, tanto en el ámbito energético como en el de la fabricación de material de defensa. Y, como una derivada igualmente intencionada, eso también incluye promover el caos interno, alimentando a todo tipo de milicias (como las kurdas y las baluchíes) descontentas con el régimen. Por eso de Tel Aviv sólo cabe esperar más y más ataques hasta dejar a Irán estructuralmente debilitado por décadas y convertido en un Estado fallido. De paso, la prolongación de la guerra le sirve a Netanyahu para seguir eludiendo la acción de la justicia en su contra y para mejorar sus expectativas electorales ante los comicios previstos para octubre.Donald Trump es, por el contrario, quien más dificultades tiene para explicar qué hace metido en una guerra en la que no están en juego los intereses de su país. Una vez que ha comprobado que por muy duros que hayan sido los golpes propinados desde el 28 de febrero el régimen iraní no ha colapsado, ahora no logra definir una estrategia que le sirva para salirse del conflicto sin arruinar aún más su figura. Por el camino, ha enrabietado a su propio movimiento MAGA –sirva la dimisión del director del Centro Nacional de Contraterrorismo como ejemplo–, está poniendo en serio peligro su propia presidencia provocando una subida de precios de los combustibles que puede depararle una derrota en las elecciones del próximo noviembre y hasta ha mostrado su incapacidad para marcarle el rumbo a Israel –como se deduce del ataque israelí a las instalaciones gasísticas iraníes de South Pars–. Como resultado directo de sus errores de valoración, y a pesar de la abrumadora superioridad militar, EEUU acentúa su debilidad y su aislamiento internacional –incluso en el marco de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) –, dilapidando gran parte del soft power que había acumulado desde hace décadas.Por su parte, el régimen iraní, forzado a entrar en un conflicto que no podía desear, se encuentra metido en una guerra existencial. Eso determina, por sí solo, una inquebrantable voluntad no únicamente para resistir la embestida, sino para intentar restablecer la disuasión de sus enemigos al máximo nivel posible. Consciente de su propia inferioridad en términos convencionales, el régimen parece decidido a utilizar todos los medios a su alcance no sólo para mantener el control del país, sino también para elevar el coste hasta un nivel insoportable a quien pueda volver a atacar Irán en el futuro. Eso explica su estrategia de represalias tanto contra territorio israelí y contra las bases estadounidenses en la región, como los golpes contra las instalaciones energéticas de sus vecinos árabes.Al margen de la situación personal del nuevo líder supremo, Mojtaba Jamenei, Irán camina hacia una dictadura militar, con los Pasdarán convertidos en el actor político, económico y militar más poderoso del país. Eso implica una mayor radicalización del régimen, empeñado tanto en castigar a quienes le han mostrado su enemistad (interna y externa) como en intensificar la búsqueda de un arma nuclear, por entender que únicamente de ese modo logrará disuadir a sus enemigos.No busca vencer en un conflicto convencional directo porque su propia debilidad le obliga a adoptar una postura defensiva; pero dispone de medios suficientes para provocar un clima de temor generalizado ante el que sus enemigos no tienen respuesta eficaz. Y todavía le quedan bazas por activar, como la entrada en acción de Ansar Allah, desde Yemen, para crear muchos problemas al tráfico marítimo por Bab el Mandeb y, peor aún, el minado del estrecho de Ormuz.En definitiva, Irán no puede ganar la guerra, pero puede provocar una crisis económica mundial. EEUU no tiene el control de la situación, de manera que, aunque Trump decida salirse (proclamando una falsa victoria) eso no significa el final del conflicto. E Israel, tras cruzar tantas líneas rojas sin coste alguno –tanto en Gaza, como en Cisjordania, Siria y el Líbano–, no va a parar hasta llegar al límite de sus fuerzas… y aún le quedan muchas.Autor: Jesús A. Núñez VillaverdeLa entrada Motivaciones contrapuestas de Irán, Israel y Estados Unidos en plena escalada se publicó primero en Real Instituto Elcano.