Hasta que los 22 músicos de la Heritage Orchestra no aparecieron con sus instrumentos atravesando el pasillo central para situarse en el centro del pabellón, nadie en el Movistar Arena las tenía todas consigo ayer después de lo ocurrido en Milán. «Lo pensaba mientras venía de Extremadura, pero... ¡Uf!», comentó a ABC un seguidor vestido de blanco impoluto, cual párroco futurista con velo incluido, en homenaje a la estética de 'Lux'. «En realidad, varias personas me han preguntado si iba a un funeral», añadió entre risas. A su lado, en los primeros puestos de la fila que se formó en la plaza de Felipe II desde las 6 de la mañana, se escuchó: «¡Sí se suspende, me muero!». Pero solo se retrasó veinte minutos, mientras sonaba Jimi Hendrix por la megafonía, hasta que, por fin, se apagaron las luces, sonaron las primeras notas y la angustia dio paso a la euforia. El rugido se prolongó dos minutos, el tiempo que tardó un equipo de operarios en arrastrar una caja hasta el centro del escenario y abrirla con mucho cuidado., hasta que de su interior, por fin, salió Rosalía. «Primero amaré al mundo y luego amaré a Dioooos», cantó Rosalía y cada uno de los 15.000 asistentes a esta primera fecha en Madrid. Vestida con un tutú rosa y completamente inmóvil, cual muñeca de cerámica, la estrella catalana dio las gracias visiblemente emocionada. Quién sabe si por la alegría de presentar en casa este nuevo trabajo –número uno en varios países– o por la incertidumbre vivida los días previos por su estado de salud. El miércoles tuvo que suspender su actuación en la ciudad italiana a los 45 minutos de haber comenzado. Según anunció ella misma desde el escenario del Unipol Forum, había sufrido «una intoxicación alimentaria muy grave». «He intentado seguir, pero estoy realmente mal», explicó. La artista reconoció que poco antes había estado vomitando en el camerino e, incluso, publicó después una imagen desde la ambulancia con el suero puesto. «Lo siento mucho. Les quiero. Espero volver en mejores condiciones», deseó la protagonista y cumplió, como dejó claro anoche desde el primero de los cinco actos en que se dividió su espectáculo con múltiples metamorfosis: de bailarina de ballet a beata, pasando por cantante de ópera, musa, santa, artista de cabaret, 'raver' desenfrenada, querubín y hasta seguidora del diablo. La 'Semana Santa del pop' concentrada en casi dos horas de ceremonia en los que los chillidos de la audiencia apenas cesaron. Los Beatles en 1963. Sonaron al inicio 'Sexo, violencia y llantas', 'Reliquia', 'Porcelana' y 'Divinize', con una Rosalía hierática exhibiendo registros de mezzosoprano. Maestra de ceremonias incluso quieta, en una especie de ópera electrónica a la que poco a poco fue añadiendo movimiento, y más movimiento, y más movimiento. Le colocaron una larga mantilla blanca para interpretar 'Mio Cristo Piange Diamanti', mientras le contaba al público, incrédula, que hace diez años estaba cantando por seguiriyas en el tablao de Casa Patas –hoy tristemente desaparecido- muy cerca de aquí. Sola en el escenario, sin los bailarines de la famosa compañía francesa (La)Horde alrededor, pidió un segundo para secarse las lágrimas. Antes del segundo acto, una cámara se coló entre bastidores para mostrarnos las entrañas del espectáculo, con su equipo moviéndose de un lado a otro como una comedia de Buster Keaton, mientras cantaban 'Mio Cristo…' en tono burlón. Rosalía prometió un concierto distinto al de 'Motomami' y lo que presenciamos, ciertamente, trascendía la música y nos trasladaba al teatro, ayudada por un escenario dispuesto en semicírculo con dos grandes escaleras a los lados. Siguió 'Berghain', una de las cumbres de la noche, con Rosalía poseída por María Callas y Montserrat Caballe, hasta que se desató una especie de 'rave' frenética en la que toda la compañía bailó dentro de una anarquía milimetrada. La voz de Björk –sin Björk– sobrevoló el tema. Ya no hay rastro de La Niña de los Peines o Tía Anica La Piriñaca en este mundo nuevo que la estrella se ha construido a medida. Un mundo que mira de reojo a la música culta, pero con mucha calle. «¿Quién tiene energía para seguir bailando?», gritó al entrar en tierras de 'Motomami' con 'Saoko', 'La fama' y 'La combi Versace'. Rosalía salta del reggaeton a la música clásica y de la bachata al hip hop con naturalidad. Es difícil no quedar atrapado ante tanto estímulo. Es como dar azúcar a un niño. Las luces, los extras moviéndose como locos, los bailarines perfectamente sincronizados, la orquesta en el corazón del Madrid Arena insuflando de vida a todo y las pantallas emitiendo imágenes más cercanas al cine que a la música. Todo parecía un enorme videoclip en el que nada podía fallar porque ya estaba grabado. Un ballet en la corte de Enrique III, una rave de lujo en pleno siglo XXI. Todo a la vez. Otro de los momentos álgidos fue 'De madrugá', justo el momento en el que suspendió su actuación de Milán. No hay rastro de malestar, ni antes ni después de este tema que compuso en 2018 e interpretó en la gira de aquel año, pero que nunca publicó hasta 'Lux' porque no le gustaba la letra. Ayer, sin embargo, con el bombo de un techno machacón percutiendo, la gente cantaba las nuevas rimas como si nunca hubieran cambiado. Rosalía abrió el tercer acto con 'El redentor', la saeta incluida en su debut: 'Los Ángeles' (2017). Nunca nadie había cantado este palo del flamenco ante tanta gente, ni siquiera Camarón cuando dio aquí su histórico concierto en 1987. El genio de 'La Leyenda del tiempo' y la de 'Motomami' catapultando el cante jondo a la cima del 'mainstream', aunque les escueza a los puristas de siempre. Otro dato: hace ocho años pude ver a Rosalía interpretando esa misma saeta para menos de cien personas en el pequeño Teatro del Barrio de Lavapiés, cerca de Casa Patas. Parece que fue ayer, pero todo ha cambiado. En las casi dos horas que duró el concierto hubo tiempo para todo. Para una versión de 'Can't Take My Eyes Off You', de Frankie Valli, con decenas de seguidores subiéndose al escenario para fotografiar a Rosalía como si fuera la Gioconda en el Louvre. Y después, el confesionario, con la cantante haciendo de párroco y escuchando a la humorista Esty Quesada confesar sus miserias en eso del amor. Una excusa para dar paso a 'La Perla'. «¿Sabes por qué no tenemos vicios, Rosalía?», le preguntó una seguidora, en el momento más espontáneo de la noche. «¡Por qué nuestro vicio eres tú!», le respondió a gritos. Los 15.000 presentes corearon el nombre de la protagonista infiltrada, «¡Eugeeeeenia!», para dar paso a 'Sauvignon Blanc' y otras viejas canciones como 'CUUUUuuuuuute', 'Bizcochito' y 'Despechá'. Se olvidó por completo de 'El mal querer' y nadie lo echó en falta. La cantante cerró el concierto como lo empezó: ella sola sobre el escenario, esta vez imaginando su propio funeral con 'Magnolias'. Requiem por una Rosalía que mira a la muerte no como un final, sino como un reencuentro con otros seres queridos: «Lanzad azúcar moreno / sobre mi ataúd. / Y quedaos despiertos / hasta que vuelva otra vez la luuuuz». Una luz que para Rosalía se encenderá de nuevo este miércoles, viernes y sábado en este mismo lugar y cuatro noches más en Barcelona (13, 15, 17 y 18 de abril), para recorrer después Europa, Estados Unidos y Latinoamérica.