La gran noticia del inicio del concierto de Rosalía no fue que saliera de una caja ataviada con un tutú y zapatillas de punta; tampoco que permaneciera cual estatua para interpretar con una voz exultante Sexo, violencia y llantas; ni siquiera que la veintena de miembros de la británica Heritage Orchestra tomaran posiciones en la pista en un dibujo en cruz mientras sonaba Angel, de Jimi Hendrix (¡chúpate esa: Hendrix en un recital de Rosalía!); ni lo simbólico de cantar estos versos en un Lunes Santo: “Primero amaré el mundo y luego amaré a Dios”. No: lo que dio la sensación de que Movistar Arena iba a ser el lugar más seguro y acogedor del planeta anoche se percibió en el rostro distendido de ella, visible en las pantallas laterales, con los ojos brillantes y entrecerrados y el gesto relajado que anunciaba la recuperación de sus problemas de salud que la obligaron a suspender el concierto de Milán el pasado miércoles. Vimos un semblante natural y confiado, y casi se pudieron descifrar sus pensamientos: “Estoy en forma, aquí se viene algo bueno”. Y se vino, vaya si se vino. Seguir leyendo