Vivimos en un mundo con menos sexo

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Desde la llamada revolución sexual de los años sesenta hasta la hiperexposición erótica de la cultura digital, parecería lógico suponer que el sexo sería cada vez más frecuente. Sin embargo, a partir de la década de 2020 sociólogos y sexólogos han comenzado a documentar una disminución sostenida de la actividad sexual en numerosos países y grupos generacionales.El fenómeno ya tiene nombre en la literatura académica y en los medios: recesión sexual. Investigaciones recientes indican que la proporción de adultos que mantiene relaciones sexuales frecuentes ha caído significativamente en las últimas décadas.  Imagen Foto: Shutterstock Por ejemplo, estudios comparativos muestran que la proporción de adultos que reporta sexo semanal descendió de 55 % en 1990 a alrededor de 37 % en 2024, lo que representa una de las reducciones más pronunciadas registradas en estudios sobre comportamiento íntimo contemporáneo. El fenómeno no se limita a personas solteras o a contextos culturales específicos. También se observa en parejas estables. Desde finales del siglo XX a la actualidad, la proporción de matrimonios que declara mantener relaciones sexuales al menos una vez por semana cayó de 59 % a aproximadamente 49 %, señal de que incluso las relaciones consolidadas experimentan una disminución de la frecuencia de encuentros sexuales. Más revelador aún es el aumento del celibato temporal. En la actualidad, alrededor del 24 % de los adultos jóvenes afirma no haber tenido relaciones sexuales durante el último año, aproximadamente el doble que en 2010.  Imagen Foto: tomada de es.dreamstime.com Estas cifras han llevado a muchos investigadores a plantear una hipótesis inquietante: la humanidad podría estar entrando en una nueva etapa de su historia sexual.Se trata de un fenómeno global, pero con matices. Aunque gran parte de las investigaciones más detalladas provienen de Europa y América del Norte, varios estudios comparativos indican que la reducción de la actividad sexual es observable en numerosos países industrializados y urbanos.Encuestas internacionales sobre hábitos sexuales muestran que las personas entre 18 y 34 años reportan en promedio entre cinco y ocho encuentros sexuales al mes, dependiendo del país y del estado civil. Sin embargo, el dato clave no es el número absoluto de relaciones, sino la tendencia descendente registrada durante las últimas dos décadas, especialmente entre jóvenes adultos.Un ejemplo llamativo proviene de encuestas europeas recientes. En Francia, por ejemplo, investigaciones muestran que hasta el 44 % de los jóvenes entre 15 y 24 años no había tenido relaciones sexuales en el último año, una cifra considerada excepcionalmente alta en comparación con generaciones anteriores.  Imagen Foto: tomada de pxhere.com El patrón se repite en distintos grados en países de Europa occidental, Asia oriental y América del Norte, aunque no de manera uniforme. Indagaciones recientes indican que Dinamarca mantiene niveles relativamente altos de actividad sexual, lo que sugiere que factores culturales y sociales, como la educación sexual, estabilidad económica y normas de género, pueden influir decisivamente en la frecuencia sexual. Generación Z: menos sexo, más pantallasLa recesión sexual se vuelve particularmente visible en la llamada Generación Z, nacida aproximadamente entre finales de los años noventa y comienzos de la década de 2010.En varios estudios internacionales, esta cohorte aparece como la menos sexualmente activa en décadas. Una encuesta global citada por medios europeos señala que 37 % de los miembros de la Generación Z no había tenido sexo durante el último mes, una proporción considerablemente mayor que la observada en generaciones anteriores. El fenómeno se relaciona con factores como el retraso en la formación de parejas, mayor permanencia en el hogar familiar, ansiedad social, transformaciones en las normas de consentimiento y, sobre todo, cambios profundos en la manera de socializar. Imagen Foto: tomada de diarioepoca.com En 2024, por ejemplo, los jóvenes dedicaban apenas cinco horas semanales a interactuar con amigos frente a las más de doce horas calculadas en 2010, un descenso que reduce significativamente las oportunidades de encuentros románticos y sexuales. Uno de los factores más discutidos por los investigadores es en general, el impacto de internet, y la disponibilidad casi ilimitada de pornografía en línea, que en muchas geografías ha transformado radicalmente el acceso a estímulos sexuales. Tanto es así que los sitios de contenido adulto se encuentran entre los principales destinos de tráfico web al ofrecer una gratificación inmediata sin las complejidades emocionales o sociales del encuentro íntimo.Paradójicamente, mientras se constata una disminución de la actividad sexual en pareja, la industria global de productos sexuales vive un crecimiento acelerado.El mercado mundial de juguetes sexuales alcanzó aproximadamente 46 000 millones de dólares en 2025 y podría superar los 49 000 millones en 2026, con proyecciones que apuntan a más de 100 000 millones de dólares hacia 2035. Otros análisis sitúan el tamaño del mercado en torno a 41 960 millones de dólares en 2025, con un crecimiento anual cercano al 9 %.   Imagen Foto: tomada de pulsarimagen.com.br Este crecimiento refleja cambios culturales importantes. Las ventas en línea representan más del 45 % de las compras, y los dispositivos inteligentes conectados a aplicaciones móviles constituyen una proporción creciente de nuevos productos. Algunos investigadores interpretan tal auge como indicio de una sexualidad más individualizada, donde el placer se experimenta con mayor frecuencia fuera del contexto de las relaciones tradicionales.La recesión sexual coincide con otra transformación global: la caída de la natalidad.En numerosas regiones del mundo -Europa, Asia oriental y América del Norte- las tasas de fecundidad se encuentran muy por debajo del nivel de reemplazo poblacional de 2,1 hijos por mujer. Los demógrafos advierten que el descenso de nacimientos responde a múltiples causas: retraso en el matrimonio, costos de vida elevados, cambios en las aspiraciones profesionales y transformaciones en la estructura familiar. Sin embargo, algunos especialistas consideran que la menor frecuencia sexual podría convertirse en un factor adicional en el declive demográfico.Cuba entre sábanasA mediados del siglo XX, América Latina mostraba algunas de las tasas de natalidad más altas del mundo. Hoy la situación es radicalmente distinta. La fecundidad promedio se sitúa alrededor de 1,8 hijos por mujer, por debajo del nivel de reemplazo poblacional.Esta caída ha sido una de las más rápidas registradas en la historia demográfica moderna y se relaciona con múltiples factores: urbanización acelerada, mayor educación femenina, acceso generalizado a anticonceptivos y cambios en los modelos familiares.Aunque la región mantiene una cultura sexual relativamente expresiva, la formación de parejas estables se retrasa y el número de hijos por familia disminuye rápidamente. Imagen Foto: Jorge Luis Sánchez Dentro de América Latina, Cuba representa uno de los casos más llamativos.Hablar de una “recesión sexual” en Cuba exige matices. No abundan investigaciones en línea sobre comportamiento sexual adulto en la Isla. Sin embargo, las disponibles permiten tratar de esbozar una panorámica de cómo anda cambiando la sexualidad en el país.Uno de los datos más sólidos proviene de la Encuesta Nacional de Fecundidad de Cuba (2022), que indica que la edad promedio de inicio de las relaciones sexuales en el país se sitúa alrededor de los 16 años, lo que confirma que la iniciación sexual sigue ocurriendo relativamente temprano en comparación con muchos países desarrollados.Este indicador sugiere que, al menos en términos de debut sexual, Cuba no reproduce el patrón de retraso del inicio sexual observado en otras regiones. Sin embargo, el panorama cambia cuando se examinan los contextos sociales en los que se desarrolla la sexualidad en la Isla. Investigaciones del Centro Nacional de Educación Sexual (Cenesex) y del Fondo de Población de las Naciones Unidas señalan que entre adolescentes y jóvenes cubanos se han transformado las prácticas sexuales y las formas de relacionarse. Como tendencias más visibles aparece el aumento del sexting y el consumo de mensajes sexuales a través de teléfonos móviles, entre otras prácticas juveniles.  Imagen Foto ilustrativa: tomada deshutterstock.com Estos estudios también apuntan a que mientras el sexo continúa siendo una experiencia relativamente frecuente entre jóvenes, las formas de relación se vuelven más flexibles y experimentales. Adolescentes y jóvenes entrevistados por investigadores del Cenesex reconocen que hoy se discute con mayor naturalidad temas como relaciones abiertas o vínculos no monógamos, aunque no necesariamente todos los practiquen. Pareciera, entonces, que los cambios de la sexualidad  en Cuba estriban, sobre todo, en una transformación de los códigos culturales de la intimidad.No obstante, el contexto socioeconómico actual del país introduce variables que podrían estar influyendo en la frecuencia y la forma de las relaciones sexuales. La inestabilidad económica, el retraso o imposibilidad de formar hogares propios, así como la convivencia prolongada con la familia de origen y el hacinamiento habitacional, entre otros, pueden limitar los espacios de intimidad. En paralelo, Cuba enfrenta una caída histórica de la fecundidad, que es de los indicadores indirectos utilizados por demógrafos para evaluar transformaciones en la vida sexual y reproductiva. Desde hace años esta geografía muestra una de las tasas de natalidad más bajas de América Latina y un rápido envejecimiento demográfico, tendencia que responde a múltiples factores. Imagen Foto: Yander Zamora /EFE El papel de la educación sexual es una especial fortaleza en Cuba donde autoridades sanitarias y académicas insisten en promover una sexualidad informada, responsable y basada en derechos, especialmente entre adolescentes y jóvenes.Aunque no siempre la información y la recomendación se traducen en práctica, este enfoque ha contribuido a que las nuevas generaciones de cubanos discutan abiertamente temas como la diversidad sexual, el consentimiento o la salud reproductiva. Sin embargo, especialistas advierten que persisten presiones sociales y estereotipos de género que influyen en la manera en que se vive la sexualidad en la Mayor de las Antillas, donde también la sexualidad se ve hoy marcada por la crisis y por tensiones entre tradición y cambio. ¿Crisis del sexo o nueva sexualidad?La llamada recesión sexual a nivel global no puede explicarse únicamente como un cambio en la frecuencia de las relaciones íntimas. Se trata de un fenómeno complejo donde convergen transformaciones económicas, culturales, psicológicas y tecnológicas que están redefiniendo el modo en que las personas conciben el deseo, la pareja y el placer. Más que una simple caída en la actividad sexual, muchos investigadores interpretan el fenómeno como un cambio estructural en el ecosistema social de la intimidad.Uno de los factores determinantes es el contexto socioeconómico contemporáneo, que sobre todo impacta en los jóvenes adultos. En numerosas sociedades desarrolladas y urbanizadas, las nuevas generaciones enfrentan condiciones de vida marcadas por la precariedad laboral, el aumento del costo de la vivienda y la prolongación de los años de formación académica. Dichas circunstancias retrasan la independencia económica y la formación de hogares propios, variables que históricamente están estrechamente vinculadas a la vida sexual activa.   Imagen Foto: Shutterstock Es así que la sexualidad, que en el pasado acompañaba el tránsito temprano hacia la adultez, ahora queda desplazada a etapas más tardías de la vida.El contexto económico también influye de manera indirecta expresándose en la incertidumbre sobre el futuro. Las generaciones actuales se sienten más preocupadas por la estabilidad financiera, el cambio climático o las crisis geopolíticas que por las relaciones sentimentales. Y es así que el sexo deja de ser prioridad frente a preocupaciones consideradas más urgentes o estructurales.Se añade a la dimensión económica un contexto psicológico profundamente marcado por la cultura digital, que ha modificado cómo las personas se perciben a sí mismas y a los demás, volviendo más complejos -por verlos como supuestamente riesgosos en el plano subjetivo- los encuentros íntimos.Ello, a la vez que la psicología del deseo también se ha transformado por la hiperestimulación sexual del entorno digital. Nunca antes la humanidad tuvo acceso a un volumen tan grande de imágenes eróticas, pornografía y estímulos sexuales disponibles de manera inmediata. Tal abundancia produce un efecto paradójico: mientras aumenta la exposición al sexo, disminuye la necesidad de buscarlo en el mundo real. La gratificación sexual se obtiene entonces mediante dispositivos tecnológicos, pantallas o productos de consumo, sin necesidad de vínculos interpersonales. Imagen Foto: PickPik Además, las generaciones actuales han crecido en una coyuntura donde las normas tradicionales sobre género, pareja y sexualidad están siendo cuestionadas y redefinidas. Conceptos como consentimiento explícito, diversidad de identidades sexuales, relaciones abiertas o asexualidad forman parte del debate público contemporáneo. Antes, el sexo podía entenderse como un componente casi automático del cortejo o del matrimonio. Hoy, no pocos asocian al sexo con una negociación emocional compleja, lo cual puede ralentizar o transformar las maneras en que se concreta.Lo dicho hasta aquí sugiere que la recesión sexual no puede referirse solo a una disminución  del deseo en el orden biológico. Refleja una transformación profunda del contexto social en el que ocurre la intimidad. Por eso, algunos investigadores prefieren evitar la idea de una crisis del sexo y optan por referirse a una reconfiguración histórica de la sexualidad humana. El deseo no desaparece, pero se expresa de formas distintas, más mediadas por la tecnología, más individualizadas, más reflexivas y, en muchos casos, más tardías en el ciclo de vida.La gran pregunta que queda abierta es si esta transformación representa una etapa transitoria o si está surgiendo una nueva cultura de la intimidad, donde el sexo ocupará un lugar diferente dentro de la experiencia humana.