En política, la confianza es clave. Y cuando Alberto Núñez Feijóó llegó a la presidencia nacional del Partido Popular, en abril de 2022, contaba con un apoyo mayoritario entre los votantes del PP. Es más, daba por descontado que su fama de político moderado y de buen gestor, construida gracias, en buena medida, al control mediático de su partido en Galicia, le abriría la puerta de la Moncloa. En sus cálculos entraba una recesión económica, que nunca llegó y su supuesta capacidad para frenar a Vox, que ya entonces se había comido buena parte del electorado representado tradicionalmente por el PP, y que tampoco se hizo nunca realidad. Las cuentas del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) llegaron a reconocerle que el 38,7% de los españoles tenían en él mucha o bastante confianza, frente a un 55,4% que manifestaban poca o ninguna. Un porcentaje muy elevado, tratándose de políticos en España, aunque a su favor también jugaba un cierto desconocimiento. En el barómetro de abril de 2022, justo después de su llegada a Génova, Feijóo lograba una valoración media de 5,20. Además, en la pregunta espontánea sobre quién preferían como presidente del Gobierno, obtenía un 16,4%, por encima de lo que registra ahora. El PP hablaba del "efecto Feijóo".Con el paso del tiempo, aquellas cifras se han volatilizado. La confianza cayó a los pocos meses por debajo del 30%, en septiembre de 2022, y nunca se recuperó. En el barómetro del CIS de febrero de 2026, lo situó en un 3,45 de valoración media, y en marzo apenas remontó al 3,60, casi dos puntos por debajo de cuando llegó a la presidencia del partido. Pero lo verdaderamente inquietante para Génova es la fidelidad de voto: solo el 69,9% de quienes habían votado al PP en 2023 repetirían hoy, mientras un 17,1% se iría a Vox.Según el reciente análisis de Rafael Ruiz, consultor y analista de datos en asuntos públicos en Logoslab, el comportamiento de los votantes del PP de 2023 a nivel autonómico se aleja de lo que están reflejando las encuestas de cara a unas hipotéticas elecciones generales que se celebrasen en la actualidad, donde la fidelidad del PP es más baja y la de Vox más elevada. Es decir, los votantes del PP están confiando en mayor medida en sus líderes regionales que en Feijóo. En consonancia con esto último, las valoraciones de Guardiola (7,9) y de Jorge Azcón (7,9) entre sus votantes son claramente mejores que las de Feijóo entre los suyos (6,1).Cuatro años después, el Partido Popular domina el mapa de poder territorial tras las autonómicas y municipales de 2023 y varios de sus presidentes mantienen una relación bastante sólida con sus electorados, pero esa confianza no se traslada automáticamente al líder nacional, que no logró sumar los suficientes apoyos tras las generales de ese mismo año pese a ser la primera fuerza. De cara a los próximos comicios estatales, que Moncloa sitúa en 2027, el PP sigue apareciendo como la primera fuerza en la mayoría de encuestas, pero su líder no capitaliza la confianza que sí despiertan varios presidentes autonómicos de su propio partido.Más bien al contrario, cuanto mejor aguantan algunos barones en sus territorios, más visible resulta la fragilidad política de Feijóo. Aunque precisamente ese poder territorial es una de las bazas de las que siempre presume la dirección nacional y de las que se sirve para confrontar con el Gobierno de Pedro Sánchez, es también un espejo incómodo para Feijóo. Sus barones gobiernan, pero él no lo hace. Así, según las encuestas —y los resultados electorales— el electorado conservador distingue entre la marca territorial del PP, y la dirección nacional de Génova, que ofrece una imagen más frágil y más expuesta a la presión de Vox.En comunidades como Extremadura, Aragón y Castilla y León, el PP aparece mucho más anclado a una lógica de gestión y de liderazgo territorial que a las dinámicas de la política nacional. Prueba de ello es el resultado de la formación conservadora en esos comicios, con tres victorias de sus candidatos: en el caso de la extremeña María Guardiola con 29 escaños y 43,2% de los votos —un acta más que en 2023—; en el del aragonés Jorge Azcón 26 escaños y 34,3% del total —dos menos—; y en el del presiente de Castilla y León, Alfonso Fernández Mañueco, 33 escaños y 35,5% —dos más que cuatro años antes—. En todas estas autonomías, sin embargo, el PP necesita el apoyo de la extrema derecha, que ya ha dejado meridianamente claro que entrará en esos gobiernos.Es más, de cara a demostrar su autoridad frente a sus barones, Feijóo mandó hace unas semanas a sus principales lugartenientes, Miguel Tellado y Marta Varela —secretario general del partido y jefa de gabinete del líder conservador—, a supervisar las negociaciones con la formación de Santiago Abascal. Una decisión que generó revuelo interno dentro del partido, especialmente en el PP extremeño, después de que los ultras amenazan con votar en contra de la investidura de Guardiola. Un movimiento que ni Tellado ni Varela pudieron evitar el pasado 3 de marzo. Este miércoles ambas formaciones acercaron posturas, pero desde la dirección nacional de Vox acusan a Génova de tratar de "ponerles zancadillas" para que el acuerdo no se produzca.En estos años al frente del PP, su mayor éxito —la cuota de poder territorial— no es tanto suyo sino de sus barones autonómicos. El mayor fracaso, en cambio, es enteramente suyo: no logró la mayoría que buscaba para llegar a la Moncloa. La debilidad de Feijóo quedó patente, precisamente, en su incapacidad de forzar la dimisión del presidente valenciano Carlos Mazón. Fue él quien dio ese paso tras la presión de los familiares de las víctimas de la dana, pero Feijóo se confirmaba únicamente en que no repitiera como candidato en las siguientes elecciones autonómicas. Tampoco pudo convencer a la alcaldesa de València, María José Catalá, a que diera un paso al frente y fuera elegida como presidenta. Tuvo que aceptar una solución intermedia, la de Juanfran Pérez Llorca.Ese desgaste a su figura tiene varias implicaciones políticas para el líder del PP. La primera en clave estratégica. Si el PP autonómico se vota por gestión y proximidad, pero el PP nacional pierde capacidad de arrastre, entonces la marca estatal deja de funcionar como paraguas y empieza a depender de la autoridad de sus barones. Génova corre el riesgo de vivir a crédito de sus presidentes autonómicos, a diferencia de lo que ocurre en el caso de formaciones como Vox. En ese caso, sus candidatos autonómicos están relegados a un segundo plano y lo único que importa es su líder, que ejerce como candidato in pectore.Así, otro de los riesgos que corre Feijóo es que una parte de ese electorado que vota al PP nivel nacional, considere más eficaces a los barones del PP en sus territorios, pero perciba a Abascal como su opción favorita en la batalla nacional. Especialmente si en campaña se sitúan en la agenda cuestiones como la inmigración, las políticas verdes, la corrupción del bipartidismo o las guerras culturales, con cuestiones como los derechos feministas o LGTBI en el centro. En Génova confían en que los ultras sufran un retroceso en las próximas elecciones andaluzas y que también se desgasten al entrar de nuevo a gobernar en algunos territorios.Sin embargo, ello no resuelve el problema de fondo de Feijóo. Y es que cuanto más se refuerce la idea de que el PP funciona mejor en manos de sus presidentes autonómicos que bajo su dirección nacional, más se estrecha el margen político del actual jefe de la oposición dentro del propio partido. No se trata solo de una discusión sucesoria, que hoy no está formalmente abierta, sino de autoridad efectiva. Y, si Feijóo vuelve a fracasar en unas generales, la batalla por su sucesión vendrá desde los territorios.