Estados Unidos ha completado con éxito el primer vuelo de un misil de clase hipersónica propulsado por un motor de cohete de combustible líquido almacenable. El arma, bautizada como Affordable Rapid Missile Demonstrator (ARMD), alcanzó velocidades supersónicas durante la prueba y cumplió todos los objetivos previstos por el Laboratorio de Investigación de la Fuerza Aérea (AFRL).El ensayo llega en un momento de máxima tensión militar para Washington. Con las operaciones contra Irán en curso y una demanda creciente de municiones de largo alcance, el Pentágono busca alternativas más baratas y rápidas de fabricar que los costosos sistemas hipersónicos convencionales. El ARMD responde a esa urgencia con una premisa poco habitual en la industria de defensa: ir de contrato a vuelo en menos de un año.La empresa responsable del desarrollo es Ursa Major, una compañía con sede en Colorado que ha apostado por la fabricación aditiva para reducir al mínimo el número de componentes del motor. Frente a los programas hipersónicos tradicionales, que acumulan años de retrasos y sobrecostes, el ARMD ha recorrido el camino del papel al aire en apenas ocho meses.Un motor que rompe con la tradiciónEl corazón del misil es el motor Draper de combustible líquido almacenable, también desarrollado por Ursa Major. A diferencia de los sistemas criogénicos que requieren propelentes a temperaturas extremas, el Draper emplea combustibles que pueden almacenarse a temperatura ambiente durante largos periodos. Esa característica lo convierte en un arma lista para disparar sin la compleja logística que exigen otros misiles de alta velocidad.Según informó The Hill, el motor funciona en ciclo cerrado, lo que le otorga una eficiencia muy superior a la de los cohetes de ciclo abierto convencionales. Además, es regulable: puede modificar su empuje durante el vuelo, algo que los motores sólidos —habituales en la mayoría de misiles tácticos— no permiten. Esa capacidad de variar la velocidad abre la puerta a perfiles de misión más versátiles, desde vuelos rasantes hasta trayectorias balísticas altas.Otro dato relevante es la integración vertical del proyecto. Ursa Major diseñó, fabricó y probó el motor en sus propias instalaciones, y solo externalizó dos subcomponentes principales del vehículo. Para abaratar costes, la empresa recurrió a cadenas de suministro no aeroespaciales —del sector automovilístico e industrial—, una estrategia que la directora del programa, Katrina Hornstein, ha defendido como clave para ofrecer misiles asequibles al combatiente.El contexto bélico acelera la carreraWashington no prueba este tipo de armas en el vacío. La campaña militar contra las instalaciones nucleares y de defensa aérea de Irán ha puesto de manifiesto las limitaciones del arsenal actual. Los misiles de crucero convencionales —subsónicos y relativamente fáciles de interceptar— han resultado menos eficaces contra objetivos endurecidos, y las armas hipersónicas siguen siendo escasas y caras.El ARMD pretende llenar ese hueco intermedio. No es un scramjet que vuele a Mach 5 o más, pero su capacidad de mantener velocidades supersónicas con propulsión sostenida durante todo el vuelo lo sitúa por encima de los misiles de crucero actuales y por debajo de los sistemas hipersónicos puros. Esa franja, hasta ahora desatendida, cobra relevancia cuando el ritmo de consumo de municiones supera la capacidad de producción.La filosofía del programa también marca distancias con otros proyectos del Pentágono. Hornstein ha explicado que el equipo priorizó el aprendizaje en vuelo sobre los extensos ensayos en tierra, una metodología más cercana al sector espacial privado que a la industria de defensa tradicional. Ursa Major ya trabaja en el siguiente paso: el sistema de misiles HAVOC, que empleará el mismo motor Draper en una plataforma orientada a producción en serie.Queda por ver si el Pentágono consigue trasladar la agilidad del ARMD a un programa de adquisición real. La historia de las armas hipersónicas estadounidenses está plagada de promesas incumplidas: el AGM-183A ARRW fue cancelado tras varios fracasos, y el HACM acumula retrasos de más de un año. El éxito del ARMD demuestra que es posible volar rápido y barato, pero convertir un demostrador en un arma operativa es otro asunto.