Mensajes claveLa creación de la Alianza de Estados del Sahel (AES) y la salida de Malí, Burkina Faso y Níger de la Comunidad Económica de Estados de África Occidental (CEDEAO) en enero de 2025 han generado una fractura institucional sin precedentes en África Occidental, con dos marcos regionales paralelos con serias dificultades para cooperar. Para preservar la integración continental y la lucha antiterrorista conjunta, la Unión Africana (UA) debería encontrar un encaje a la AES en su arquitectura institucional, siendo la opción más pragmática su reconocimiento como nueva comunidad económica regional.La escisión de la AES ha reconfigurado las alianzas en la región en tres grupos diferenciados: vecinos afines (Togo, Chad y Guinea-Conakri), equidistantes (Senegal y Ghana) y enfrentados (Benín, Costa de Marfil y Nigeria). El factor determinante de cada postura no es económico ni securitario, sino ideológico: la afinidad con el modelo autoritario y el discurso neosoberanista de las juntas militares sahelianas.La sucesión de golpes de Estado y la creación de la AES llevaron a la Unión Europea (UE) y a España a replegar su dispositivo de seguridad en el Sahel y a reducir su ayuda al desarrollo, aunque con matices: mientras que los cambios inconstitucionales de gobierno acentuaron la tendencia descendente de la ayuda oficial al desarrollo (AOD) europea, España ha recuperado sus niveles de ayuda, mostrando un compromiso más sostenido con la región. El principal reto al que se enfrentan ambos actores es sobrellevar la tensión entre su vocación normativa –la defensa de la democracia y el Estado de derecho– y la necesidad pragmática de mantener abiertos los canales de cooperación con las juntas militares sahelianas. AnálisisA pesar de casi una década de presencia militar internacional, la violencia yihadista continúa intensificándose y expandiéndose en el Sahel central. La misma población maliense que en 2012 había recibido entre aplausos a las tropas francesas de la operación Serval, terminó manifestándose contra lo que percibía como una presencia neocolonial. Acusaciones similares de injerencia alimentaban la frustración de amplios segmentos de la población también en Burkina Faso y Níger, conduciendo al rechazo en toda la región de la presencia militar francesa, y, por extensión, europea y de las Naciones Unidas. A la inseguridad creciente se sumaban persistentes déficits de gobernanza y desarrollo económico, que en conjunto acentuaron la desafección ciudadana hacia sus gobiernos democráticamente elegidos.En Malí, este descontento se tradujo en importantes oleadas de protestas entre 2019 y 2020 contra el expresidente Ibrahim Boubacar Keita, incapaz de afrontar las múltiples crisis que asolaban el país: el deterioro económico general, la insurgencia yihadista en el norte y la violencia intercomunitaria en el centro. Aprovechando este contexto, el coronel Assimi Goïta consolidó en el poder un gobierno puramente militar con sucesivos golpes de Estado en 2020 y 2021. En Burkina Faso y Níger, aunque no se produjeron movimientos de protesta comparables, se instrumentalizaron agravios similares por parte de juntas militares, que protagonizaron golpes de enorme popularidad en 2022 y 2023, respectivamente. En los tres casos, las juntas militares se presentaron como “cirujanos de hierro”, salvadoras de la patria, garantes de la paz, la prosperidad y la dignidad frente a injerencias neocoloniales.Estos cambios inconstitucionales de gobierno dinamitaron el statu quo regional, llevando finalmente a la salida efectiva en enero de 2025 de los tres países de la CEDEAO en favor de su propia organización regional: la AES. Tras el primer aniversario de esta escisión, el presente análisis aborda las consecuencias de esta ruptura en tres planos principales:[1] la fragmentación institucional, tanto regional como continental; la reconfiguración de las relaciones entre países vecinos, diferenciando entre afines, equidistantes y enfrentados; y, finalmente, las implicaciones para España y la UE, cerrando con una reflexión sobre los retos y posibles líneas de acción.Fragmentación institucional y amenaza al proyecto de integración africanaEl nacimiento de una organización regional al margen de la arquitectura institucional supranacional africana es una anomalía disruptiva.[2] La AES no solamente surge fuera del paraguas de la UA, sino en oposición explícita a la CEDEAO, una de sus ocho comunidades económicas regionales. Este impasse es insólito, tanto por su origen marcado por el choque entre organizaciones, como por sus importantes implicaciones en las ambiciones africanas de integración continental.Los sucesivos golpes de Estado provocaron una confrontación inmediata con la CEDEAO, que respondió suspendiendo de forma automática a los países implicados de todos sus órganos de decisión para forzar la vuelta al orden constitucional. La aproximación inicial con Malí –y después, también con Burkina Faso–[3] fue de palo y zanahoria: combinó sanciones económicas, financieras y diplomáticas, incluido el cierre de fronteras, con la promesa de flexibilizarlas a medida que las juntas militares se comprometieran con un calendario electoral y avanzaran hacia la restitución del poder civil. Sin embargo, la estrategia resultó ineficaz. No sólo las juntas militares no cedieron a la presión –las elecciones se pospusieron sistemáticamente y nunca se celebraron–, sino que las medidas dañaron la ya maltrecha reputación de la CEDEAO. Por una parte, generaron un amplio descontento social, al ser la población la principal afectada por las sanciones; por otra, reforzaron la percepción de que el bloque regional es un títere de Francia y de Occidente.Cuando se produjo el cambio inconstitucional de gobierno en Níger en 2023, la reacción de la CEDEAO fue considerablemente más dura: a diferencia de Malí, las sanciones también afectaron a bienes de primera necesidad como alimentos, electricidad y petróleo, y el bloque regional incluso amenazó con una intervención militar para restaurar el orden constitucional. La respuesta no se hizo esperar: las tres juntas militares firmaron la Carta de Liptako-Gourma, un acuerdo de defensa mutua que dio origen a la AES. Aunque la intervención nunca llegó a materializarse, la relación entre las juntas militares y la CEDEAO se deterioró sin remedio: en enero de 2024, Malí, Burkina Faso y Níger anunciaron su retirada coordinada de la organización regional en el plazo de un año.Como consecuencia, la CEDEAO dio un giro radical a su estrategia. Pasó de una postura intransigente a otra conciliadora, con el fin de hacer cambiar de opinión a las juntas militares y evitar su salida, que dinamitaría la arquitectura institucional regional y continental. El nuevo talante apaciguador, ejemplificado por el levantamiento de todas las sanciones, fue en vano: el proceso de integración de la AES –y, en paralelo, de aislamiento con respecto a la mayoría de sus vecinos– avanzaba rápida e irreversiblemente, impulsado por un elevado grado de voluntad política. Desde marzo de 2024, la AES cuenta con una fuerza conjunta de lucha antiterrorista –las denominadas Fuerzas Unificadas– y ha ido ampliando progresivamente sus competencias más allá del ámbito de la defensa. En julio de ese mismo año se constituyó la Confederación de Estados del Sahel, una organización regional que impulsa la cooperación en múltiples dimensiones: comercial y económica, con la creación del Banco Confederal para la Inversión y el Desarrollo de la AES; cultural, mediante la promoción de una identidad común, con una bandera, himno y medios de comunicación confederales; y política, a través del uso de un pasaporte compartido y del anuncio, en septiembre de 2025, de la futura creación un Parlamento confederal.A pesar de los reiterados llamamientos de la CEDEAO a la unidad, e incluso de la oferta de ampliar seis meses el periodo de reflexión previo a la salida efectiva del bloque regional, en enero de 2025 se formalizó la retirada de Malí, Burkina Faso y Níger. Conscientes de la necesidad de pactar las condiciones del “divorcio” y de establecer un marco de coexistencia, la AES y la CEDEAO iniciaron en Bamako los primeros contactos formales en mayo del mismo año. Pese a las tensiones, las conversaciones reflejaron un consenso básico: priorizar el interés superior de la ciudadanía, trabajando para reactivar la coordinación de esfuerzos frente al terrorismo y preservando los logros de la integración regional, como la libre circulación de personas y bienes. Sin embargo, la interlocución tuvo poco recorrido, ya que el estancamiento del diálogo llevó a la AES a expresar su decepción pocos meses después. Se ha abierto así una nueva etapa de la arquitectura institucional africana, marcada por la coexistencia de dos marcos paralelos ya consolidados –la CEDEAO y la AES–, que siguen afrontando serias dificultades para cooperar.En el ámbito continental, la existencia de una organización surgida unilateralmente representa un serio obstáculo para el proyecto integrador de la UA. Como la CEDEAO, ésta no tiene otra opción que aceptar que la AES es una realidad con vocación de permanencia y buscar una coexistencia lo más constructiva posible. La fragmentación actual agrava los retos securitarios y socioeconómicos que asolan África Occidental, por lo que encontrar un encaje en la arquitectura institucional continental –y reanudar la cooperación que ello permitiría– se ha convertido en una necesidad impostergable.Tradicionalmente, el papel de la UA en la gestión de la crisis securitaria del Sahel ha sido secundario, tanto por el principio de subsidiariedad –que otorga preeminencia a las organizaciones regionales– como por limitaciones financieras y operativas. En 2013, lanzó la Misión Internacional de Apoyo a Malí bajo liderazgo africano (AFISMA) y la Misión de la Unión Africana para el Sahel (MISAHEL), pero su protagonismo fue marginal: el control de la primera fue rápidamente transferido a las Naciones Unidas, dando lugar a la Misión Multidimensional Integrada de Estabilización de las Naciones Unidas en Malí (MINUSMA), y la segunda carece de representante desde septiembre de 2023. Por otra parte, la UA no activó sus principales instrumentos –el Sistema de Alerta Temprana, el Panel de Sabios y la Fuerza Africana de Reserva– a pesar de su compromiso de desplegar 3.000 efectivos en 2020. En los últimos años, además, el Consejo de Paz y Seguridad (CPS) ha reducido el número de sesiones dedicadas al Sahel, reflejando un progresivo desinterés. Por todo ello, la relevancia y visibilidad de la UA en la región ha sido tradicionalmente limitada.Desde sus respectivos golpes de Estado, Malí, Burkina Faso y Níger permanecen suspendidos de los órganos de la UA. Aunque el CPS adoptó una posición más conciliadora, la Comisión de la UA expresó su firme respaldo a las decisiones de la CEDEAO, incluida la amenaza de intervención militar en Níger. En paralelo, la interlocución con los miembros de la AES quedó reducida a su mínima expresión, limitada prácticamente a canales como los diálogos regulares organizados desde finales de 2023 por el CPS con los países suspendidos, que facilitan el contacto informal entre las autoridades de la AES y otros embajadores africanos. Así, la gestión de la ola de cambios inconstitucionales de gobierno en el Sahel, percibida como pasiva, subordinada a la postura de la CEDEAO e hipócrita (por la ausencia de sanciones tras el sucedido en Chad), ha deteriorado aún más la imagen de la UA, ya considerada una organización ineficaz y desconectada de la realidad.No obstante, la UA todavía puede desempeñar un papel constructivo en la revigorización de la cooperación regional y la consolidación de la nueva configuración institucional africana. A diferencia de la CEDEAO, ha evitado cualquier confrontación pública con las juntas militares y se ha abstenido de imponer sanciones a los tres países. En julio de 2025 –medio año después de la retirada formal de Malí, Burkina Faso y Níger de la CEDEAO–, el presidente de Burundi y exmilitar, Évariste Ndayishimiye, fue nombrado enviado especial de la UA para el Sahel, con el mandato de reactivar el diálogo y generar un clima de confianza. Aunque el nombramiento haya sido tardío y controvertido, va en la buena dirección. Ahora, dado que el retorno de estos países a la CEDEAO ya no es un escenario realista, la UA debe ser proactiva para encajar la AES en su propia arquitectura institucional y, así, asegurar la continuidad del proyecto de integración continental.Entre las posibles vías para ello, este análisis propone el reconocimiento de la AES como la novena comunidad económica regional de la UA –adquiriendo la misma categoría que la CEDEAO–, por considerarla la opción más pragmática. No es una fórmula original: la Confederación de Estados Sahelo-Saharianos fue reconocida como una comunidad económica regional dos años después de que el expresidente libio, Muamar el Ghadafi, la crease al margen de la Organización de la Unidad Africana (OUA) en 1998. La principal virtud de integrar la nueva organización en el paraguas continental es que protege la unidad africana y favorece la muy necesaria cooperación regional, canalizando la agenda de los actores implicados –en el caso de la AES, de las juntas militares– dentro de las instituciones existentes.Por supuesto, esta vía no está exenta de problemas. El principal es la legitimación de los cambios inconstitucionales de gobierno: sin mecanismos nuevos de disuasión, dar la bienvenida a la AES a la arquitectura institucional africana como una comunidad económica regional de pleno derecho podría interpretarse como una claudicación de los estándares democráticos de la UA, enviando un mensaje peligroso a otros militares con aspiraciones de poder. La normalización de las relaciones entre la AES y la UA, por mucho que pudiera mejorar la reputación de esta última en el Sahel, tendría un coste elevado: la erosión de su vocación normativa. Aun así, la urgencia de restablecer la cooperación regional frente a amenazas comunes, unida a la escasa eficacia de la estrategia de aislamiento y castigo a las juntas militares, obliga a replantear los mecanismos actuales de la UA para hacer cumplir la Carta Africana sobre Democracia, Elecciones y Gobernanza.La segunda desventaja radica en el riesgo de redundancia institucional. La proliferación de organismos suele generar solapamientos de competencias y mayor burocracia, reduciendo la eficacia de la acción colectiva. En África Occidental, que ya tiene una considerable densidad institucional, esto resulta especialmente problemático: la cooperación efectiva entre vecinos es absolutamente indispensable, dadas las ambiciones de los grupos yihadistas sahelianos de expandirse hacia las costas del golfo de Guinea. Con todo, una mayor complejidad institucional –como la que supondría reconocer a la AES como nueva comunidad económica regional– resulta menos perjudicial que la ausencia de interlocución y coordinación que impera actualmente. La llegada al poder de las juntas militares al Sahel central desarticuló los principales foros regionales sobre paz y seguridad: Malí abandonó el G5 Sahel en 2022 y Burkina Faso y Níger lo hicieron en 2023; la Iniciativa de Accra permanece paralizada desde su última reunión en 2021; y el Proceso de Nuakchott, aunque formalmente activo, ya no cuenta con la participación efectiva de los miembros de la AES.Por una cuestión de responsabilidad, la AES, la CEDEAO y la UA deben poner fin a esta crisis institucional y restablecer la cooperación efectiva. Y para ello, la integración de la AES –con sus juntas militares antidemocráticas a la cabeza– en el paraguas institucional continental es el mal menor, y también una oportunidad para reevaluar y optimizar los mecanismos colectivos existentes, aun cuando ello implique revisar equilibrios de poder y superar inercias institucionales profundamente arraigadas.Reconfiguración de las relaciones entre vecinosAdemás de trastocar la arquitectura institucional africana, la creación de la AES por parte de Malí, Níger y Burkina Faso, y su salida de la CEDEAO han dado lugar a un nuevo mapa de alianzas en África Occidental. Aunque su escisión condujo inicialmente al aislamiento del nuevo bloque, el paso del tiempo y la necesidad de revitalizar la cooperación favorecieron una creciente bilateralización de las relaciones con sus vecinos. A diferencia de la AES, que actúa de manera cohesionada hacia el exterior, los países de su entorno inmediato muestran posturas diversas frente a la nueva Alianza.Para comprender dicha diversidad de posicionamientos, esta sección adopta un enfoque de política comparada, basado en la codificación binaria de variables de convergencia entre la AES y sus vecinos —los miembros colindantes de la CEDEAO y Chad, con estatus de observador en la organización regional—. Dicha afinidad se analiza en tres dimensiones, cada una operacionalizada a través de indicadores dicotómicos. La afinidad discursiva recoge la presencia o ausencia de retórica confrontacional entre gobiernos, de apoyo explícito temprano a las juntas militares sahelianas tras los cambios inconstitucionales de gobierno y de sugerencias de adhesión a la AES. La afinidad político-ideológica considera la naturaleza –militar o civil, democrática o autocrática– del régimen, así como la convergencia con el discurso neosoberanista de las juntas militares sahelianas. Por último, la última dimensión aborda los comportamientos observables de los Estados: la existencia o ausencia de un enviado especial para la AES, de cooperación en materia de seguridad –incluyendo los ejercicios militares conjuntos– y de episodios de choque diplomático. Estos indicadores dicotómicos se complementan con otro gradual: el grado de intensidad de la interlocución de alto nivel –medido a través de la frecuencia de contactos a nivel ministerial o superior–, a partir de una base de datos construida mediante la revisión sistemática de agencias de prensa y medios locales e internacionales entre 2015 y 2025.[4] Dado que los indicadores convergen de forma consistente en los casos estudiados, su lectura conjunta permite conformar inductivamente tres categorías –vecinos afines, equidistantes y enfrentados– que reflejan la nueva geografía política del África Occidental tras la irrupción de la AES.Vecinos afinesLa primera categoría agrupa a Chad, Guinea Conakry y Togo, que comparten una serie de rasgos definitorios. Los tres han prestado un apoyo continuado y sin fisuras a las juntas militares sahelianas y comparten con ellas una afinidad ideológica: Chad y Guinea son regímenes militares, y Togo, pese a su fachada parlamentaria, presenta serios déficits democráticos. Además, han participado en ejercicios militares conjuntos con la AES y han flirteado —con distintos grados de seriedad— con la posibilidad de adherirse a la Alianza. Esta convergencia se traduce en una estrecha y sostenida cooperación política y en materia de seguridad.TogoTogo es el aliado más útil y constante de la AES en el seno de la CEDEAO. La cercanía es tal que, en 2025, su ministro de Asuntos Exteriores llegó a plantear públicamente la posibilidad de integrarse en la Alianza. Desde los primeros golpes de Estado en el Sahel central, Lomé ha brindado un apoyo sostenido a las juntas militares por dos motivos principales: económicos y políticos. En el plano comercial, la salida de Malí, Burkina Faso y Níger de la CEDEAO eliminó la competencia portuaria regional, consolidando al puerto de Lomé como su principal acceso al mar y convirtiendo a Togo en un socio estratégico. En el político, su papel influyente como mediador entre la CEDEAO y la AES permite a Togo reducir el escrutinio sobre su propio contexto interno, dado que su índice de calidad democrática se encuentra entre los más bajos de la región.A diferencia de la mayoría de sus vecinos, Togo ha mantenido la cooperación en materia de seguridad con la AES. En 2025, el país participó en ejercicios conjuntos con Malí, Burkina Faso, Níger y Chad, reforzando los lazos militares con sus socios sahelianos. Los vínculos diplomáticos también son estrechos: ese mismo año, Lomé recibió a una delegación conjunta de la AES, como parte de una dinámica de visitas regulares con los tres países. Togo es, de hecho, el país no miembro de la Alianza que más delegaciones malienses y nigerinas ha acogido. Esta sintonía con la AES lo ha llevado a desempeñar un papel activo como mediador en la crisis regional.ChadAl igual que Togo, Chad mantiene una relación de creciente proximidad con la AES, aunque apoyada más en afinidades ideológicas que económicas. En primer lugar, el régimen chadiano presenta similitudes estructurales con los de sus vecinos sahelianos, al estar encabezado por un militar que accedió al poder por vía castrense y no electoral. Djamena también mostró afinidad ideológica con los planteamientos neosoberanistas de la AES cuando puso fin a su cooperación militar con Francia en noviembre de 2024, aunque en este caso sin romper completamente los lazos estratégicos. Así, desde la llegada al poder de Mahamat Idriss Déby, Chad ha intensificado los contactos con Burkina Faso y, sobre todo, con el vecino Níger. No sorprende, por tanto, que el portavoz del gobierno describiera públicamente en 2025 a la Alianza como una “bella experiencia” que Chad “debería considerar seriamente”.La complicidad política se traduce en una agenda de cooperación cada vez más densa. En julio de 2024 se reactivó la construcción de un gaseoducto transnacional con Níger y abordaron proyectos conjuntos como la Dorsal Transahariana de fibra óptica, la rehabilitación de la Ruta Transahariana y una futura planta de carbón en Salkadamna. En materia de seguridad, al igual que Togo, Chad forma parte del selecto grupo de países con los que la AES realiza ejercicios militares conjuntos. En el plano diplomático, existe una fuerte voluntad de acercamiento, con la invitación al presidente chadiano a la presentación del Consejo Consultivo para la Refundación de Níger, un nuevo órgano encargado de reformar el marco institucional del país. Chad es hoy el país ajeno a la AES con mayor volumen de intercambios de alto nivel tanto con Níger como con Burkina Faso, consolidándose como su interlocutor más activo en la región.Guinea ConakriGuinea logra mantener un difícil equilibrio. Por una parte, constituye un apoyo infalible a los gobiernos de la AES: Mahamady Doumbouya, líder de la junta militar guineana, llegó al poder en 2021 de forma similar a sus homólogos sahelianos y eligió Bamako como destino de su primer viaje oficial al extranjero en un gesto cargado de simbolismo. Asimismo, el puerto de Conakri fue clave para sostener la economía maliense durante las sanciones de la CEDEAO y sigue siendo relevante para las importaciones malienses y nigerinas. Además, cuando Abdourrahamane Tiani tomó el poder en Níger en 2023, Guinea fue uno de los primeros países a reconocer sin ambigüedades a la nueva junta: denunció las sanciones de la CEDEAO, precisando que no las aplicaría y rechazó la amenaza de la intervención militar. Así, aunque su peso económico y su influencia regional sean modestos, la afinidad política y la coincidencia de modelo de gobierno sitúan a Guinea como un fiel aliado de la AES.Por otra parte, Conakri ha optado por una estrategia de pragmatismo y prudencia. En lugar de integrar la AES, que hubiera resultado la opción más natural, ha preferido permanecer en la CEDEAO, el marco de cooperación regional más amplio. Tras varios años de sanciones, Guinea ha buscado evitar el aislamiento, logrando su reintegración en la Organisation internationale de la Francophonie y en los órganos de decisión de la CEDEAO. Además, reivindica una posición de no alineamiento con potencias exteriores como Francia y Rusia. La búsqueda de neutralidad en todos los planos le ha llevado a una posición conciliadora, alentando el diálogo entre la CEDEAO y la AES.Vecinos equidistantesLos miembros de esta categoría, Senegal y Ghana, presentan un grado de afinidad moderado con sus vecinos de la AES, a la vez que mantienen pleno compromiso con la CEDEAO. Aunque en un primer momento respaldaron las presiones de la región para restaurar el orden constitucional en Malí, Burkina Faso y Níger, el paso del tiempo y la necesidad de mantener viva la cooperación llevaron a Senegal y Ghana a adoptar una postura más pragmática. Hoy, tres rasgos los caracterizan: comparten con las juntas sahelianas referencias panafricanistas y un discurso crítico con las injerencias externas, aunque sin cuestionar la validez de la CEDEAO; han nombrado un enviado especial para la AES; y han ejercido activamente como mediadores entre ambos bloques regionales. Este equilibrio entre principios y realismo los sitúa en una posición singular: interlocutores válidos para la AES sin haber comprometido su lugar en la CEDEAO.SenegalEn Senegal, la victoria electoral del dúo Diomaye Faye y Ousmane Sonko en 2023 favoreció el acercamiento de Dakar a los gobiernos del Sahel central. El Ejecutivo hace malabarismos discursivos, combinando una retórica panafricanista postcolonial con la preservación de las “alianzas históricas” de Senegal con Francia y la UE. Esta doble narrativa sitúa el país en una posición adecuada para mediar en la crisis regional: de hecho, fue a propuesta suya que la CEDEAO concedió seis meses adicionales de prórroga antes de la salida formal de la AES y, junto con Togo, ha desempeñado un papel activo de intermediario.Pese a la hostilidad entre la CEDEAO, algunos de sus miembros y la AES, Senegal ha impulsado un acercamiento bilateral con esta última. Desde febrero de 2025, ha participado en patrullas conjuntas de lucha antiterrorista en la región maliense de Kayes, fronteriza con Senegal. Además, busca reactivar la conexión ferroviaria Dakar-Bamako y modernizar las infraestructuras de transporte y comercio bilateral. Su proactividad en el plano diplomático, con cuatro viajes oficiales a la AES, también da fe de la estrategia de mano tendida del gobierno senegalés. De este modo, Senegal ha logrado consolidar un diálogo sostenido y constructivo con sus vecinos sahelianos.GhanaTras los primeros golpes de Estado en Malí y Burkina Faso, Ghana mantuvo una postura firme en defensa del retorno al orden constitucional, aunque sin alinearse con el ala más dura de la CEDEAO. A diferencia de otros miembros del bloque, evitó romper por completo los lazos con las juntas militares sancionadas: ya en 2023, la Autoridad Nacional del Petróleo ghanesa promovía iniciativas para fomentar el comercio y la inversión con Malí. El punto de inflexión llegó con la elección de John Dramani Mahama en 2024, de corte panafricanista, que imprimió un tono más realista a la política exterior ghanesa y reactivó los contactos con los gobiernos de la AES. Le mueve la afinidad ideológica y, sobre todo, consideraciones pragmáticas: la necesidad de cooperación en materia de seguridad y el interés de reforzar su competitividad frente al puerto de Lomé para aprovisionar a los miembros de la AES.El acercamiento de Ghana fue bien recibido: los presidentes de Malí y Burkina Faso, Assimi Goïta e Ibrahim Traoré, asistieron a su ceremonia de investidura en Accra, donde el líder burkinés fue incluso aclamado por las masas. En junio de 2025, Mahama fue el único presidente de la CEDEAO invitado a la presentación del Consejo Consultivo para la Refundación de Níger. En el plano económico, Ghana busca intensificar los intercambios bilaterales: delegaciones de alto nivel han visitado Bamako y Uagadugú con diversos proyectos, desde la gestión de residuos a la apertura del puerto de Accra, que el presidente puso a disposición de la AES.Vecinos enfrentadosFrente a los vecinos afines o equidistantes, Costa de Marfil, Benín y Nigeria mantienen con la AES una relación marcada por la confrontación, con una retórica hostil sostenida, choques diplomáticos recurrentes y ausencia de enviados especiales o canales de diálogo estables. Tras los golpes de Estado en el Sahel, los tres países constituyeron el ala más intransigente de la CEDEAO, partidarios de una estrategia de máxima presión para forzar el retorno al orden constitucional. De hecho, fueron los principales impulsores de la amenaza de intervención militar en Níger, que precipitó la creación de la AES. En los casos de Benín y Costa de Marfil, la rivalidad adquiere además un componente ideológico: las juntas militares los acusan de ser aliados de Francia en supuestos intentos de desestabilizar el Sahel. Las recientes declaraciones del presidente nigerino, que señaló sin pruebas a los presidentes Talon, Ouattara y Macron como “patrocinadores” del atentado terrorista en el aeropuerto en Niamey en enero de 2026, evidencian la profunda desconfianza y la distancia política que los separan de la AES.BenínBenín cerró filas con la CEDEAO tras los golpes de Estado en Malí y en Burkina Faso sin que ese alineamiento derivara en choques bilaterales. En cambio, la crisis regional provocada por el golpe en Níger sí llevó inmediatamente a tensiones abiertas entre los dos países. Éstas se articularon en torno a dos cuestiones principales: la interrupción del corredor comercial entre Niamey y el puerto de Cotonú –entonces, la principal salida al mar de Níger y una fuente de ingresos clave para Benín– y el oleoducto que conecta yacimientos nigerinos con el puerto beninés de Sèmè Kpodji. La interdependencia económica pasó de ser un factor de integración a convertirse en un instrumento de presión política.El conflicto bilateral se desencadenó con la aplicación de las sanciones de la CEDEAO, que condujo al cierre del corredor comercial. Aunque éstas fueron levantadas en febrero de 2024, Níger mantuvo la frontera cerrada alegando razones de seguridad, con un efecto económico severo para Benín. En respuesta, Cotonou recurrió al oleoducto como palanca de negociación: en mayo de ese año, bloqueó las operaciones y condicionó el tránsito del crudo a la reapertura de la frontera. La mediación de la empresa china responsable de la infraestructura permitió restablecer el flujo de petróleo –aunque no la circulación de personas y bienes–, lo que abrió una breve fase de distensión marcada por la reapertura de embajadas. Sin embargo, la desescalada fue efímera, con expulsiones diplomáticas cruzadas en 2025. Y aunque las relaciones siempre han sido tensas con la junta nigerina, el golpe de Estado fallido en Benín de diciembre de ese año, que Cotonou vincula a Níger, las llevó a su punto más bajo. El resultado es una relación dominada por una hostilidad y desconfianza crecientes, sin visos de disiparse.Costa de MarfilCosta de Marfil mantiene relaciones tensas con los gobiernos de la AES, que la perciben como un aliado incondicional de Francia y de la UE. La crisis de los 49 soldados marfileños de la MINUSMA –detenidos en Bamako en 2022 y liberados tras meses de negociaciones gracias a la mediación de Togo y otros países vecinos– dejó una huella duradera en la relación con Malí. A pesar de la resolución de la crisis, la hostilidad persiste, como ilustra el desaire a la invitación del presidente Alassane Ouattara para que Assimi Goïta realizara una visita oficial a Abiyán en 2023.Las relaciones con Burkina Faso también se caracterizan por la desconfianza y la confrontación: Uagadugú acusa a Costa de Marfil de servir de refugio a terroristas e insurgentes, mientras que ésta denuncia incursiones de milicias armadas por el gobierno burkinés –los llamados Voluntarios para la Defensa de la Patria, alineados con Ibrahim Traoré y su narrativa hostil hacia Abiyán–. Como resultado, la cooperación en materia de seguridad se encuentra paralizada en las altas esferas políticas y militares, aunque en las zonas fronterizas subsista una interlocución limitada entre autoridades locales, salvaguardada por vínculos étnicos, comerciales y familiares. El gobierno marfileño dice tender la mano a sus vecinos del norte, conscientes de que la estabilidad regional lo exige. Sin embargo, mientras el presidente Ouattara continúe al frente del gobierno, la reconciliación duradera con Uagadugú parece un horizonte lejano.NigeriaAunque el grado de confrontación con las juntas militares sahelianas sea menor que en los casos de Benín y Costa de Marfil, Nigeria también es percibida por la AES como un vecino hostil. Desde los golpes de Estado en Malí y Burkina Faso, el país se alineó con la respuesta de la CEDEAO, defendiendo la aplicación de sanciones y un retorno rápido al orden constitucional. Esta postura se endureció tras el golpe de Estado en Níger en julio de 2023: Nigeria, con su presidente Bola Tinubu ejerciendo la presidencia rotatoria de la CEDEAO, dio un impulso considerable a la amenaza de la intervención militar que estuvo en el origen de la creación de la AES. Aunque la opción militar se descartó, Nigeria mantuvo su acercamiento a los “vecinos enfrentados” y socios occidentales. Ejemplo de ello es su participación, junto a Francia, en la respuesta al mencionado golpe de Estado fallido en Benín en diciembre de 2025, percibida por la AES como una confirmación de alineamiento estratégico hostil.Al mismo tiempo, Abuja ha tratado de contener los costes de la ruptura regional. Tras el levantamiento de las sanciones en 2024, delegaciones oficiales nigerianas visitaron Niamey en 2024 y 2025 para reactivar la cooperación bilateral, especialmente en materia de seguridad transfronteriza. A pesar de ello, la desconfianza persiste: el aterrizaje de emergencia en diciembre de 2025 de un avión militar nigeriano en Burkina Faso, considerado una violación de la soberanía burkinesa, ilustra la volatilidad de la relación entre Nigeria y los países de la AES.Implicaciones para España y la UEEn este contexto de reconfiguración del orden regional en África Occidental, la creación de la AES y la retirada de Malí, Burkina Faso y Níger de la CEDEAO también han tenido repercusiones directas para la UE y para España. Fiel a su vocación de potencia normativa, la reacción europea a los golpes de Estado en el Sahel central estuvo marcada inicialmente por la condena y el distanciamiento de las juntas militares. Aun así, la UE fue acusada de aplicar dobles estándares: por percibirse una aplicación selectiva de sus principios democráticos –como evidencia su silencio ante el cambio inconstitucional de gobierno en Chad– y la priorización de intereses estratégicos, ilustrada por las contradicciones entre su llamamiento a frenar inversiones africanas en gas y su renovado interés por asegurarse suministros en el contexto de la guerra en Ucrania. Ello erosionó la confianza en la relación birregional. Los vínculos reforzados entre los miembros de la AES y Rusia, y especialmente la llegada los paramilitares vinculados al Kremlin, el Grupo Wagner (hoy Africa Corps), terminaron de precipitar el divorcio con Francia, que en un primer momento arrastró al conjunto de la UE.Desde comienzos de la década de 2010, la UE había considerado el Sahel –y, en particular, Malí– una región prioritaria para su acción exterior. Así, fue articulando una respuesta progresivamente más estructurada frente a desafíos de seguridad y gobernanza, con sucesivos planes estratégicos para la región en 2011 y 2015. Tras el golpe en Malí, la UE redefinió su implicación en el Sahel para evitar una retirada total, consciente tanto de la importancia estratégica de la región como de la creciente implicación de actores externos, especialmente Rusia. La Estrategia Integrada de la UE para el Sahel (2021), orientada a preservar la presencia y capacidad de influencia europeas en un contexto cada vez más adverso, responde a esa lógica. En la misma línea se inscribe también la visita de la representante especial de la UE para el Sahel, Emmanuela Del Re, a Burkina Faso en 2022, destinada a reafirmar la voluntad europea de mantener el compromiso con la región pese al distanciamiento político.La posterior rearticulación de las relaciones con las juntas militares se desarrolló en un contexto de profunda falta de convergencia entre los Estados miembros de la UE. Mientras algunos, como Francia y varios países del norte y este de Europa, defendieron un mayor desenganche, otros –entre ellos Italia, Alemania, España y Bélgica– apostaron por una aproximación más pragmática, basada en el diálogo y el reenganche gradual, lo cual constituye un activo estratégico para la UE. Sin embargo, esta fragmentación interna, acentuada por la presencia de actores externos que operan sin condicionalidades políticas –como China, Rusia, Turquía, la India y los países del Golfo– ha erosionado la coherencia y el atractivo de la acción exterior europea en el Sahel.En el caso de España, el Sahel constituye una región prioritaria por razones de vecindad e interconexión, por lo que su implicación ha aumentado progresiva pero sostenidamente desde comienzos de la década de 2010. Ello se ha reflejado en los planes directores de la cooperación española, en las estrategias de seguridad nacional –que reconocen la importancia del nexo seguridad-desarrollo– y en la participación de España en la Alianza por el Sahel. Tras los golpes de Estado y el repliegue de las misiones militares europeas, el Plan Director de la Cooperación Española 2024-2027 reafirma el compromiso español con la región. A ello se suma la creación en 2023 de un grupo de trabajo bilateral con Estados Unidos sobre el Sahel, destinado a coordinar enfoques y mantener la implicación española en un contexto de retirada europea.La sección que sigue analiza cómo la creación de la AES y la salida de la CEDEAO de Malí, Níger y Burkina Faso han afectado a su relación con la UE y de España. En concreto, aborda la evolución de la cooperación en materia de seguridad y de los flujos de AOD, así como los retos que afronta la reconfiguración del compromiso europeo y español con el Sahel.Cooperación en materia de seguridadEn respuesta a la amenaza yihadista que, desde el norte de Malí, se extendió por el Sahel, la UE desplegó un amplio dispositivo de misiones civiles y militares bajo la Política Común de Seguridad y Defensa. Las de tipo militar –EUTM Malí y EUMPM Níger– se centraban en la formación y asesoramiento de las Fuerzas Armadas, mientras que las civiles –EUCAP Sahel Malí y EUCAP Sahel Níger– buscaban reforzar las capacidades de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, así como al apoyo a la reforma del sector de la seguridad y el Estado de derecho.Los golpes de Estado en Malí, Níger y Burkina Faso, y el consiguiente deterioro de las relaciones con sus respectivas juntas militares, provocaron un repliegue sustancial del dispositivo europeo. En 2022, cerró la operación francesa Barkhane y, dos años después, también EUMPM Níger, EUCAP Sahel Níger y EUTM Malí –pese a que su contingente aumentó de unos 580 efectivos en 2019 a más de 900 en 2021 tras el primer golpe en Malí–. La UE mantiene, no obstante, una presencia securitaria limitada a través de EUCAP Sahel Malí. Su carácter civil y no operativo ha permitido adaptar la misión al nuevo contexto político y prorrogar su mandato hasta enero de 2027. Así, tras una primera fase de refuerzo puntual para responder a la inseguridad creciente, las tensiones políticas con las juntas militares hicieron que el compromiso europeo se reconfigurase hacia la implicación limitada y discreta actual.En paralelo, el compromiso español en el Sahel, inicialmente centrado en la gestión de los flujos migratorios, fue trasladando el foco a la dimensión de paz y seguridad. A partir de 2012, España asumió un rol crecientemente importante en los esfuerzos multilaterales en la región, con una participación sostenida de las Fuerzas Armadas en EUTM Malí —donde España llegó a ser el principal contribuyente y asumió el liderazgo en cuatro ocasiones—. También apoyó a Francia en las operaciones Serval y Barkhane, y contribuyó en misiones como EUCAP Sahel Malí y Níger, complementándolas por proyectos de seguridad interior financiados con fondos europeos.Tras los cambios inconstitucionales de gobierno, España, al igual que la UE, aumentó inicialmente su despliegue militar dentro de EUTM Malí de forma significativa, pasando de 200 efectivos en 2019 a 540 en 2021. No obstante, posteriormente y en línea con la evolución de la estrategia europea, España redujo progresivamente su presencia operativa directa en el Sahel, optado por una presencia modesta y discreta basada en instrumentos civiles.Flujos de ayuda oficial al desarrolloOtra dimensión clave de la implicación europea y española en el Sahel es la AOD. En la década a partir de 2010, Malí, Níger y Burkina Faso registraron, a pesar de algunos altibajos, un balance al alza de la AOD. A partir de 2021, sin embargo, esa tendencia empezó a revertirse, dando paso a un descenso que se volvió más pronunciado en los años siguientes. Burkina Faso pasó de recibir 248 millones de euros en 2020 a menos de 100 en 2024; en Malí, la ayuda cayó de 167 millones en 2019 a 116 en 2024; y en Níger, de 256 millones en 2020 a apenas 56 en 2024.En conjunto, desde 2020 se observa un descenso en los desembolsos de AOD de la UE hacia los países del Sahel, que se hizo especialmente pronunciado tras los golpes de Estado. Esta evolución responde, por un lado, a dinámicas internas de la UE: en 2021 se aglutinaron los instrumentos de financiación de la ayuda al desarrollo bajo el NDICI-Global Europe, dotando a la acción exterior de mayor flexibilidad para reasignar recursos en función de prioridades políticas emergentes como la invasión rusa de Ucrania, que absorbió buena parte de la atención –y los fondos– de la UE. Por otro lado, influyen factores ligados a los propios socios sahelianos. Las juntas militares de la AES, abiertamente críticas con la ayuda europea por considerarla una forma de injerencia, se oponen a los marcos tradicionales de cooperación al desarrollo. Un ejemplo ilustrativo fue el rechazo a la ayuda humanitaria de la UE del Ministerio de Asuntos Exteriores de Níger, tras las graves inundaciones en 2024, alegando que fue anunciada y aplicada sin comunicación ni aprobación oficial, comprometiendo la soberanía nacional nigerina.En el caso de España, la AOD hacia el Sahel mostró una tendencia más irregular que la europea, pero con una pauta general de descenso durante la década de 2010. La caída fue especialmente marcada en Burkina Faso que, además, de manera sostenida recibe menos fondos que Malí y Níger. A partir de 2019, y en el contexto de la ola de golpes de Estado entre 2020 y 2023, la AOD española siguió trayectorias diferenciadas según el país. En Burkina Faso y Malí se registró una contracción inicial –en el caso burkinés, de 5,3 millones en 2019 a 2,5 millones en 2022 y en el maliense, de 23 millones a 17,6 millones en el mismo periodo– seguida de una recuperación parcial que en 2024 devolvió los niveles de ayuda a cifras similares a las de 2019. Níger, en cambio, experimentó un aumento progresivo hasta alcanzar 18,5 millones en 2023, antes de sufrir una caída en 2024 hasta unos 15,6 millones tras el golpe de Estado. En conjunto, la AOD española combina ajustes coyunturales con una voluntad de mantener su compromiso con los países del Sahel central, a pesar del contexto político adverso.PerspectivasLa UE y España se enfrentan a múltiples desafíos a la hora de rearticular su relación con la AES y sus juntas militares. El primero es sobrellevar la contradicción entre su vocación normativa –basada en la defensa de la democracia y el Estado de derecho– y la necesidad pragmática de mantener canales de cooperación abiertos, sin incurrir en dobles estándares ni imponer condiciones de manera unilateral, de modo que se preserve la coherencia de su política exterior y la confianza en la relación birregional Este reto se agrava ante la voluntad explícita de los gobiernos de la AES de alejarse de la órbita europea y francesa, diversificando sus alianzas hacia actores como Rusia, China, Turquía, la India y los países del Golfo. Para evitar el aislamiento, la UE y España podrían explorar fórmulas de colaboración selectiva con algunos de estos socios emergentes, en ámbitos donde los intereses sean complementarios y no generen fricciones estratégicas. Turquía, que se centra en infraestructura, sanidad, educación, agricultura y apoyo militar, y los países del Golfo, que priorizan la seguridad y estabilidad, además de realizar inversiones económicas en desarrollo, empleo juvenil y telecomunicaciones, son interlocutores válidos para articular esa cooperación.El segundo desafío es la fragmentación interna de la UE. Persisten diferencias tanto en el grado de implicación –los países del sur de Europa consideran a África una prioridad estratégica, mientras que los del este y norte concentran su atención en Rusia, especialmente desde la agresión a Ucrania en 2022–, como en los focos temáticos, que abarcan desde migración y seguridad hasta desarrollo humano. Esta falta de convergencia dificulta una acción europea coherente y ha favorecido la bilateralización de las relaciones, con Estados miembros desarrollando sus propias estrategias hacia África sin una coordinación efectiva entre ellos. Ejemplo de ello son España e Italia, que pese a tener algunos objetivos comunes, no colaboran en la aplicación de sus respectivos planes estratégicos para África. Con todo, esta diversidad de estrategias nacionales puede ser un activo, al diversificar la interlocución europea en África más allá de Francia, siempre que se eviten dinámicas de competencia entre Estados miembros por erigirse como el principal puente con la UE. Para mitigar el riesgo de solapamientos y lagunas en sus esfuerzos, la UE podría considerar el impulso de fórmulas de cooperación reforzada entre los Estados miembros con un interés particular en África Occidental y el Sahel. Por último, aunque las juntas militares sahelianas instrumentalicen el panafricanismo y el antiimperialismo para reforzar su legitimidad interna, la popularidad de ese relato entre amplios sectores de su población revela la existencia de agravios acumulados. La UE y España no deberían desoír ese llamamiento a corregir la naturaleza asimétrica del partenariado euroafricano. En el plano discursivo, la “horizontalidad” y el “beneficio mutuo” ya son centrales en la retórica europea hacia África, como reflejan la Cumbre UA-UE de Bruselas en 2022, la Estrategia España-África 2025-2028 y el Plan Mattei italiano –todos ellos presentados como el inicio de una nueva etapa de cooperación entre iguales–. La dificultad reside en transformar la igualdad nominal en una cooperación efectivamente horizontal , entendida ésta como una situación en la que el actor con más influencia colabora sin imponer su voluntad a un actor con menor poder de negociación.ConclusionesLa creación de la AES por parte de Malí, Níger y Burkina Faso, así como su salida de la CEDEAO en 2025, dinamitaron el statu quo en África Occidental. En primer lugar, supusieron la coexistencia de dos marcos institucionales paralelos –la AES, por un lado, y la CEDEAO con la UA, por otro– con graves consecuencias para el proyecto de integración continental. Dado que la cooperación entre vecinos es indispensable, especialmente en materia de lucha antiterrorista, resulta urgente encontrar un encaje a la AES en la arquitectura institucional continental, quizás como una nueva comunidad económica regional reconocida por la UA. En segundo lugar, la escisión de la AES alteró el mapa de alianzas en la región, dando lugar a tres grupos de países colindantes en función de su postura hacia la Alianza: vecinos afines –Togo, Chad y Guinea Conakri–, equidistantes –Senegal y Ghana– y enfrentados –Benín, Costa de Marfil y Nigeria–. El análisis muestra que el grado de acercamiento responde principalmente a la afinidad ideológica y al tipo de régimen, más que a factores económicos y de seguridad. Los vecinos afines, comparten modelos autoritarios o baja calidad democrática; los equidistantes, con gobiernos democráticos de corte panafricanista, optan por una cooperación pragmática; mientras que los enfrentados carecen de esa afinidad ideológica y son percibidos por la AES como aliados de Francia, lo que mantiene viva la hostilidad pese a la necesidad imperiosa de cooperación en materia de lucha antiterrorista. Por último, la sucesión de golpes de Estado y creación de la AES también tuvieron consecuencias para la implicación europea y española en el Sahel. La UE redujo su despliegue en materia de seguridad, manteniendo únicamente una presencia limitada –la misión EUCAP Sahel Malí– para preservar su capacidad de interlocución e influencia. España, que había desempeñado un papel destacado en la presencia europea en la región, se alineó con este repliegue progresivo. En el ámbito del desarrollo, la AOD de la UE hacia los países de la AES ya mostraba una tendencia descendente que se acentuó tras los golpes; en el caso de España, aunque se observó un descenso inicial similar, la ayuda comenzó después a recuperarse, reflejando un enfoque más flexible y una voluntad de mantener el compromiso con la región. En la reconfiguración de sus relaciones con el Sahel, la UE y España deberán equilibrar su vocación normativa con la necesidad de mantener abiertos los canales de cooperación con las juntas militares, reforzar la coordinación interna europea y transformar su discurso de partenariado igualitario en una relación realmente equilibrada y sostenible.[1] Las autoras desean expresar su agradecimiento a Iliana Olivié y María Santillán O’Shea por sus comentarios y sugerencias, extremadamente útiles y enriquecedores, en el marco del proceso de peer review de este análisis.[2] El único precedente es anterior a la creación de la UA. La Comunidad de Estados Sahelo-Saharianos en 1998, nació al margen de la OUA, pero fue reconocida posteriormente como una de las ocho comunidades económicas regionales.[3] Las sanciones fueron menos severas contra Burkina Faso, incluso tras el segundo golpe de Estado en septiembre de 2022, porque la junta militar rápidamente prometió convocar elecciones en julio de 2024.[4] Las palabras clave utilizadas en el motor de búsqueda fueron: “visite officielle” or “visite d’État” or “déplacement officiel” or “mission officielle” or “délégation de haut niveau” or “official visit” or “state visit” or “working visit” or “high-level visit” or “high-level delegation” or “official trip”.Autores: Marta Driessen Cormenzana, Lucía Fernández Rodríguez.La entrada Un año después: ¿qué ha cambiado con la escisión de la Alianza de Estados del Sahel de la CEDEAO? se publicó primero en Real Instituto Elcano.