Edición original: Tedward (Fantagraphics, 2025)Edición nacional/España: Tedward (La Cúpula, 2025)Guion: Josh PettingerDibujo: Josh PettingerColor: Josh PettingerFormato: rústica con solapas, 176 páginas, 27,00 €Elegante incomodidad estupefacienteSimon Hanselmann es uno de los autores más particulares que encontramos en el panorama global del cómic. De origen australiano, se lo conoce sobre todo por su trabajo en Megg, Mogg, and Owl, donde hacía gala de un estilo muy particular que se extiende al resto de su obra.Si echamos un vistazo a su pasado, encontramos datos de lo más curiosos. Por ejemplo, descubrimos que tenía una madre soltera y heroinómana. A pesar de ello, Hanselmann afirma que hizo un trabajo bastante bueno, puesto que le daba un montón de juguetes y libros y cachivaches varios.¿Y por qué empieza este texto hablando de Simon Hanselmann, si no es el autor de la obra protagonista? La respuesta aparece cuando se empieza a leer Tedward: hay una esencia en el estilo que la compone que parece directamente extraída del corazón de Hanselmann… lo que no significa que carezca de personalidad propia.El bueno de Josh Pettinger.Josh Pettinger, el autor de Tedward, ya había destacado en el mundillo con su aclamada Goiter. En este caso, se describía como una mezcla de otros tantos autores: Daniel Clowes, Adrian Tomine y Noah Van Sciver. Estábamos ante una antología seriada sobre “la incómoda experiencia de existir”.Hasta ahora hemos mencionado varios términos clave: “antología seriada”, “incomodidad”, “mezcla”, “heroinómana”… Todos ellos y muchos más son los que harían falta para definir qué se encuentra alguien al leer las páginas de Pettinger.Antología seriada de una desconcertante deriva vitalPublicado por Fantagraphics para el mercado anglosajón y por La Cúpula para el español, Tedward nos presenta a un personaje homónimo que lleva una vida muy particular. Tiene el aspecto de un estadounidense modélico y se define a sí mismo como una persona “muy hecha a la antigua usanza”. Vive con su madre y le apasiona hacer maquetas. No tiene amigos, pero parece como loco por encontrar a una amante con la que desatar sus pasiones más efervescentes. Lo del trabajo es un poco errático… a veces tiene y a veces no… y, cuando tiene, resulta en empleos de tremenda extrañeza y volatilidad.Para explicar la trama de Tedward, debemos volver al concepto de “antología seriada”. Lo que se nos cuenta en la obra es una historia secuencial y completa, pero se desarrolla a través de pequeños fragmentos de la vida del protagonista cuya conexión no siempre es evidente. De pronto se nos cuenta la experiencia que tiene con uno de sus trabajos raros y, a la página siguiente, cómo hizo un nuevo mejor amigo de lo más particular. Son narraciones independientes, pero comparten protagonista y se relacionan de manera fundamental para entender la deriva vital de Tedward.Gloriosa incomodidadHablemos ahora de esa “incomodidad” que aparecía mencionada antes, un rasgo absolutamente definitorio en los trabajos de Pettinger. Ni siquiera hablamos de una suerte de “humor absurdo” evolucionado, puesto que no necesariamente se identifica como “humor” y no necesariamente tiene que ser “absurdo”. A menudo, la incomodidad se presenta por sí sola, en toda su crudeza, con el simple y único propósito de ser.Pensemos, sin ir más lejos, en una primera cita. Tratemos de imaginar todo lo que podría salir mal en un escenario así, cómo podría convertirse en la situación más incómoda posible para las dos partes implicadas. Pues bien, ese es uno de los relatos que se nos presentan en Tedward. Hablamos de una lectura que parece pedirte a gritos que la dejes, que te hace cuestionarte por qué sigues pasando páginas. Si la leyera una persona con tendencia al pánico social, aquí encontraría una materialización de sus peores pesadillas, algo que oscila entre la curiosidad morbosa y una repugnancia crepitante entre viñetas.Desquiciada mezcla deliranteTambién hablamos de “mezcla” porque sin duda aquí podemos apreciar influencias enormes de otros autores. Ya mencionábamos el caso de Hanselmann, de Clowes o de Tomine, pero ninguna receta ideada, ninguna combinación de “ingredientes autorales” concreta, sería suficiente para definir con certeza el estilo que propone Pettinger.En Tedward encontramos un dibujo de trazo muy limpio y geométrico, con un carácter casi vectorial, impropio del cómic underground. Al mismo tiempo, esa base gráfica se complementa con detalles que parecen desentonar: los personajes tienen más arrugas, más imperfecciones; el agua es de un color desconcertante, el mundo está plagado de elementos desagradables… Es como si se intentara definir la escatología a través de unas lentes ordenadas y armónicas.HeroinomaníaA pesar de todo, si hubiera que destacar un “ingrediente” estrella en la composición de este puré, quizás lo apropiado sería quedarse con aquel que se referenciaba al hablar de Simon Hanselmann al principio del texto presente, aquel carácter maternal que el propio autor definía como “heroinómano”.Al final, Tedward es una de esas obras que se definen mejor como una experiencia, más que como un relato al uso. Aquí la intención no es llevarte a través de una trama y de unos personajes, sino subirte a la motillo de su protagonista y vivir, junto a él, un viaje de elegantes dimensiones estupefacientes. Al igual que un paseo de la mano de “doña María”, puede parecer que los sucesos se concatenan “porque sí”, sin una razón mayor que la de un puñado de neuronas chocándose entre gritos de confuso pánico. Al mismo tiempo, en el momento justo en que se está experimentado, todo parece cobrar un sentido tan inestable como incuestionable.Si Tedward fuera una droga, podríamos decir que te da un viaje “de los buenos”. Eso sí, te tiene que ir el rollete de yonqui reventado.