Hace apenas un mes, muchos vecinos de El Cerezo normalizaban caminar por un barrio sucio e inseguro, resignados a una degradación que parecía inevitable. Las calles olían a abandono. Los portales acumulaban problemas que nadie parecía dispuesto a resolver. Y la sensación de que las instituciones miraban hacia otro lado se había instalado en el barrio con la misma firmeza