El talento se nota de golpe, pero el camino para alcanzar las mejores cotas a veces es más pausado, como bien sabe Martín Landaluce (20 años, 105 del mundo). Estructura su llegada a la élite con mimo, pausa y consolidación de las bases y asoma ya por sus fueros donde preveían los expertos y mostraban sus virtudes de adolescente. En este Masters 1.000 de Miami, un paso convencido hacia las alturas, aunque Jiri Lehecka corte su trayectoria en cuartos de final. Landaluce ya está aquí. Un 1'91 de altura, espigado y flexible tanto en el juego como en la comprensión del tenis, con hambre, potencia, compromiso e ideas claras. Cuartos de final en Miami con apenas seis victorias en el circuito ATP en su historial. Casi nada. Lo quiere todo, a su alcance está, con ese grandísimo saque que impacta desde los cielos, la velocidad del tenis de hoy, pero la mesura y los golpes moldeados, medidos, calculados, estudiados, en la Academia Rafa Nadal, desde donde ponen a punto la raqueta, pero también la cabeza del madrileño Óscar Burrieza, Esteban Carril y Gustavo Marcaccio. El argentino estuvo en el banquillo en la última temporada de Nadal, pocos mejores maestros para combinar los ímpetus de la juventud con la virtud de la paciencia. Bendecido por el ganador de 22 Grand Slams, el campeón del US Open júnior en 2022, ha escapado de las comparaciones y ese eclosionar explosivo que refrendan tanto Alcaraz como su coetáneo Rafa Jódar, ya dentro del top 100 con unos últimos meses para enmarcar. Landaluce, de Tres Olivos, con sus estudios de Administración y Dirección de Empresas, metódico y académico, mira hacia sí mismo, en línea recta; con aptitudes y actitud, el tenis es perseverar. Es su forma de superar el vértigo, el escalón a los profesionales y llegar al mismo sitio. Con tropiezos, lesiones de hombro, lecciones y sonrisas. Tras coronarse en Flushing Meadows con 16 años, en mayo de 2023 asumía haberse encogido en su estreno de cuadro final en el Masters 1.000 de Madrid, donde entró con invitación y de donde salió decepcionado: «Sobre todo lo siento por mi abuela, que ha venido a verme y sé que puedo hacerlo mejor, pero no he podido. Me ha superado todo un poco, he salido con muchos nervios», admitía a este periódico tras el 6-1 y 6-2 ante Richard Gasquet. Esa abuela que falleció en diciembre y para la que fue el homenaje y el recuerdo del nieto tras su gran triunfo del lunes. En este Miami de 2026, un paso más lejos que aquel que dio en Miami de 2024, con el primer triunfo ATP. De perder más que ganar (6-8), a superar la fase previa, a marcar su nombre sobre los de Giron (70), Darderi (18), Khachanov (15) y Korda (36), verdugo de Carlos Alcaraz , a quien le anuló una bola de partido. Como también hace contra Lehecka. Deja huella y guerra en su duelo contra el checo, 22 del mundo, a quien presiona cuanto puede al fondo mientras se sostiene con un saque de postín y arrojo ante las tres bolas de rotura que salva en el primer set. En el 'tie break', el mal de alturas, con una doble falta y una idea precipitada de dejada que favorece al rival, que ya no duda con su servicio. «Vamos con tus pilares», lo animan en el segundo set para que recuerde lo bueno que tiene: saque, pelea, presión, presencia. Un par de opciones para romper el saque de Lehecka que este anula, pero no doblega su voluntad. Ahí sigue al madrileño, con buena mano, puños en alto hasta el 5-5. Y a las puertas del 'tie break', temple a espuertas para levantar hasta tres bolas de partido. A la cuarta se inclina, pero con honores y con su propia voz. Landaluce deja su huella.