Enfrentarse a la 'Misa en Si menor' de Johann Sebastian Bach es adentrarse en un territorio que roza lo inasible, una arquitectura sonora creada a lo largo de mucho tiempo, pero que concibió el compositor en los últimos años de su vida, como si fuera un legado más que una obra destinada al escenario. Bach nunca llegó a escucharla en su totalidad, nunca pudo comprobar cómo resonaban juntas esas páginas en las que condensó décadas de experiencia, fe y pensamiento musical. Por eso, cada interpretación es también una tentativa, una búsqueda casi a ciegas hacia algo que no tiene un modelo definitivo. En ese umbral, entre lo escrito y lo imaginado, se sitúa la directora de orquesta Laurence Equilbey en su primer encuentro con la obra . Esta maestra francesa entra en el auditorio de La Seine Musicale, en Boulogne-Billancourt, en la región de Isla de Francia, con la cabeza gacha, ante el silencio sepulcral que hay en el público. De frente tiene a su conjunto, la Insula Orchestra, y a los coros Accentus y Monteverdi. «Estoy bien, ha sido realmente agotador porque dirigir esta obra tiene mucho que ver con la espiritualidad, las emociones… No he podido dormir casi después del concierto por la adrenalina. Esta noche tocamos también para la radio y es más difícil, tengo que hacer retoques, por ejemplo con las trompas, porque a veces estos instrumentos pueden tener pequeños fallos y para la radio es mejor que no los haya porque se queda grabado», expresaba Laurence Equilbey a este periódico un día después de este gran acontecimiento. Lo hacía mirando a través de una ventana de su apartamento de Montmartre; está aún exhausta, a pesar de que ha pasado ya un día, pero tiene un brillo especial en sus ojos. ABC ha seguido los pasos de esta directora desde que subió un pie en el podio el día siguiente. Es difícil hacer memoria de lo ocurrido el día anterior porque, a medida que pasan las horas, la percepción de lo que uno ha vivido cambia. «Ha sido un proceso largo porque estudié esta obra hace un año, durante mis vacaciones. No se trata simplemente de aprender una partitura, sino de entrar en una obra que ya ha vivido dentro de ti durante mucho tiempo. Te acompaña casi en silencio durante años, también desde mi infancia». El proceso de preparación ha sido, aseguró, exigente debido a su complejidad. Más que años, hace falta experiencia de vida para afrontar una obra así y llevarla de gira hasta la Semana de Música Religiosa de Cuenca, donde la interpretarán el 4 de abril. «Necesitas entender esta arquitectura global, que es monumental, y luego entrar en el detalle del contrapunto, donde cada línea tiene sentido y dirección. Es realmente lo que más me atrae, precisamente esa dimensión de obra total, porque Bach reúne toda su experiencia y permite que coexistan emociones muy contrastadas. Hay una alegría tan intensa, la fe, el sufrimiento… Es realmente música humana. Tienes que tener eso en mente cuando estudias la obra», explicó. Retos ha habido muchos, desde mantener el rigor y la expresión hasta cohesionar dos coros tan distintos como Accentus, que es francés, y Monteverdi, que es inglés. «Si eres demasiado analítico pierdes la vida de la música, pero si eres demasiado sentimental o emocional pierdes su estructura. Hay mucho cerebro en esa música, pero también mucha intuición e inspiración. Los coros también eran un reto. Los cantantes británicos son muy directos y tienen mucha fuerza, y los miembros de Accentus son más 'legato' y se mueven en dinámicas suaves». Enfrentarse a una obra nueva siempre tiene un riesgo, más aún con la 'Misa en Si menor' de Bach. Equilbey entró discretamente en la sala, pero una vez alzó sus manos salió de ella una diligencia asombrosa. Sus movimientos, sutiles y al mismo tiempo firmes, sencillos y a la vez contundentes, también con las piernas, conseguían generar en la sala un aura diferente, causando lágrimas en algunos, asombro en otros. «Como directora debes tener la última palabra, es realmente importante tener clara la estructura, la visión global, la articulación. Es complicado porque a veces tienes que tomar seis decisiones en una página, aunque después de tomarlas hay algo misterioso que también se abre, hay algo nuevo. Al mismo tiempo, es muy importante que ellos se sientan libres para aportar algo. Han estudiado quince años. Si eres demasiado rígida, todo se vuelve gris, no hay suficiente libertad. Tiene que haber un equilibrio entre autoridad y apertura», reconoció. La casa de Equilbey está repleta de grabaciones y libros. En su hogar se respira la música en todas sus vertientes; quizá es porque desde bien pequeña reconoció que estaba destinada a ella de un modo inevitable. «Recuerdo perfectamente la primera vez que escuché música, fue en el internado, con ocho años. Era bastante duro a esa edad, porque era muy pequeña ; empecé tocando el piano, la flauta y también a cantar». Desde ese momento, la música no le ha dejado, ni Equilbey a ella tampoco. Su batuta le ha llevado a estar al frente de conjuntos como la BBC Symphony Orchestra, la Orchestre symphonique de Montréal, la Scottish Chamber Orchestra, la Handel and Haydn Society. .. Equilbey pertenece a esa estirpe de músicos que han construido su prestigio al margen del ruido. Lejos de la exposición mediática que a menudo acompaña a la dirección orquestal contemporánea, no ha buscado el foco; lo ha desplazado hacia las obras, hacia el sonido, hacia una idea exigente y depurada de la interpretación. Su nombre circula con naturalidad en los circuitos europeos más exigentes. Aunque su gran proyecto es su conjunto, la Insula Orchestra y el coro Insula, que fundó en 2012. Para ambos conjuntos, estar en sintonía con nuestro tiempo significa relacionarse estrechamente con la manera en que la música se interpretaba en la época del compositor , al tiempo que se benefician de los recursos de nuestra era. Su vocación es su pilar: servir a la música barroca, clásica y prerromántica con el máximo nivel posible. Por eso interpretan y estudian con instrumentos de época y llevan a cabo una investigación exhaustiva sobre el contexto musical, histórico y político de las obras que eligen. Dirigir en cuerpo y alma una orquesta tan peculiar como Insula y un conjunto conlleva quebraderos de cabeza, complicaciones y una lucha por situar la música clásica, y especialmente barroca, en el lugar que le corresponde. «Estoy un poco enfadada con la política aquí en Francia, porque la música clásica no está muy presente en los territorios. En París, en Nueva York sí, pero en ciudades de 20.000 habitantes no hay salas de conciertos. Hay que creer en el patrimonio inmaterial. En España sí tenéis muchas buenas salas» , confesaba entre risas y, al mismo tiempo, mostrando sus diferencias con el sistema. Es posible que la música no salve el mundo, pero quizá sí puede rescatar a los hombres de la angustia, la guerra o la violencia. « Para los jóvenes, entre 18 y 25 años, es un periodo muy complicado porque puedes vivir una auténtica revolución interior. Y creo que la música clásica es un vehículo de muchas emociones: puedes sentir alegría, enfado, una gran catarsis. Para mí la música clásica es algo fundamental, incluso la música contemporánea, porque he trabajado mucho con ella. En ese sentido, por ejemplo, ayer cantamos 'Dona nobis pacem' al final, y eso significa algo. Espero que ese mensaje de apertura pueda escucharse. Pensaba al dirigir esta obra: ¿por qué la gente está siempre en guerra, una y otra vez?».