Que debajo de uno de los lagos más salados del planeta se esconda una reserva de agua dulce parece, a primera vista, una contradicción. Pero es exactamente lo que un grupo de investigadores acaba de confirmar en el estado norteamericano de Utah, donde el Gran Lago Salado —con una extensión de unos 2.500 kilómetros cuadrados— oculta bajo su lecho un depósito subterráneo que nadie había medido hasta ahora.La existencia de agua sin sal en esa zona no era del todo desconocida. Durante décadas, pequeñas islas cubiertas de juncos han aparecido en distintos puntos de la cuenca, una pista que los geólogos interpretaban como evidencia de filtraciones de agua dulce desde el subsuelo. Lo que faltaba era un estudio riguroso que determinase la magnitud real del depósito.Eso es lo que ha proporcionado el equipo liderado por el geofísico Michael Zhdanov, de la Universidad de Utah, cuyos resultados se han publicado en la revista Scientific Reports. Y las cifras han sorprendido incluso a quienes ya sospechaban su presencia: la reserva podría extenderse entre tres y cuatro kilómetros de profundidad bajo la bahía de Farmington, en el extremo sureste del lago.Pulsos electromagnéticos desde un helicópteroPara cartografiar lo invisible, el equipo recurrió a una técnica conocida como prospección electromagnética aerotransportada (AEM, por sus siglas en inglés). Un helicóptero sobrevoló la zona emitiendo señales electromagnéticas que, al penetrar en el terreno, permiten distinguir entre capas de diferente conductividad eléctrica. El agua salada conduce mejor la electricidad que la dulce, así que el contraste entre ambas resulta detectable.Lo que revelaron los datos fue una caída brusca en la profundidad del lecho rocoso bajo la bahía. Esa depresión geológica, mucho más pronunciada de lo esperado, crea un espacio repleto de arena y limo saturados de agua dulce. Según publica ScienceAlert en su artículo sobre el estudio, el lecho rocoso se adentra mucho más hacia el interior del lago de lo que los modelos previos sugerían, lo que multiplica el volumen potencial del depósito.Solo se ha escaneado una pequeña sección del lago. Si la estructura geológica se repite bajo el resto de la cuenca —algo que los investigadores aún no pueden confirmar—, las cifras totales de agua almacenada podrían ser considerables. El hidrólogo Bill Johnson, también de la Universidad de Utah, ha señalado que el siguiente paso es obtener financiación para extender el estudio a toda la cuenca del Gran Lago Salado.Evaporación, polvo tóxico y una posible soluciónEl descubrimiento cobra especial relevancia en un momento en que el Gran Lago Salado atraviesa una crisis ambiental severa. Sus aguas llevan años evaporándose a un ritmo alarmante, y a medida que el nivel desciende, quedan al descubierto extensiones de lecho seco cargado de metales pesados y sustancias tóxicas acumuladas durante décadas.El viento arrastra ese polvo contaminado hacia las zonas urbanas de Utah, donde reside más de un millón de personas. Los problemas respiratorios asociados a la exposición al polvo tóxico del lago seco se han convertido en una preocupación sanitaria creciente para las autoridades estatales, que buscan soluciones con creciente desesperación ante la falta de alternativas claras.Aquí es donde el agua dulce subterránea entra en la ecuación. Johnson ha explicado que uno de los objetivos prioritarios de la investigación es determinar si esa reserva oculta podría utilizarse para humedecer los puntos críticos de emisión de polvo, reduciendo así la dispersión de partículas nocivas sin necesidad de depender de aportes superficiales cada vez más escasos. No se trata de extraer grandes volúmenes de agua del subsuelo, sino de aplicar cantidades controladas en las zonas más peligrosas.Antes de dar ese paso, los científicos quieren comprender mejor los efectos que tendría la extracción sobre el equilibrio hidrológico de la zona. Un uso precipitado podría generar problemas nuevos, como la subsidencia del terreno o la alteración de los flujos naturales que alimentan al propio lago. La cautela, en este caso, no es retórica: el Gran Lago Salado ya ha perdido la mitad de su superficie original desde que se tienen registros, y cualquier intervención mal calculada podría acelerar su deterioro.Lo que resulta indiscutible es que el hallazgo abre una línea de investigación que conecta la geofísica con la salud pública. Saber cuánta agua hay debajo, dónde está y cómo se mueve no es solo un ejercicio académico: puede marcar la diferencia entre una ciudad que respira aire limpio y otra que convive con una nube de polvo tóxico procedente de un lago moribundo.