Tuviste que dejarlo marchar. No se puede decir que no lo tuviste, pero antes de que te dieras cuenta había volado. Pasó. Pensaste que era eterno y que te ibas a poder quedar en sus calles, que el sol no iba a caer y que el caminar de las cofradías no iba a un final. Te resistías y por un momento escuchabas alguna voz que parecía venir de Aquel al que mirabas encima del paso: «Quédate. No lo intentes que no es posible. Guárdame y déjame ir». Por su voz no te parecía cruel. Lo notaste en la calle Agustín Moreno, cuando habías esperado al Cristo de las Penas y se te acercó con la parsimonia que siempre le recuerdas... Ver Más