Esta noticia es una publicación original de Cinemascomics.comCuando se habla de Robert Rodríguez, hay dos caminos muy claros. Por un lado está el director capaz de firmar películas tan icónicas como Sin City, Desperado o Abierto hasta el amanecer. Por otro, el cineasta enamorado del exceso, de la serie B, del cine de explotación y de esas películas que parecen hechas para disfrutarse con una sonrisa torcida y cero intención de tomárselas demasiado en serio. Y es justo ahí donde encaja Machete.Nacida a partir de aquel falso tráiler que aparecía en Grindhouse, la película tenía una idea lo bastante potente como para llamar la atención desde el primer minuto: convertir a Danny Trejo en protagonista absoluto de un festival de violencia, venganza, humor cafre y explotación fronteriza. Sobre el papel, parecía imposible que algo así no funcionara. Y aunque el resultado tiene momentos realmente disfrutables, también es una de esas películas que vive más de su actitud que de su verdadera solidez como obra.Una premisa perfecta para una locura de serie BLa historia sigue a Machete, un exfederal mexicano marcado por una tragedia personal que termina sobreviviendo como puede al otro lado de la frontera. Lo que parece un encargo sencillo acabará empujándolo a una espiral de traiciones, persecuciones y ajustes de cuentas en una Texas convertida en un campo de batalla entre poder, corrupción, inmigración y violencia desatada.La premisa funciona porque está construida exactamente como debe estarlo una película de este tipo: simple, directa y lista para explotar en cualquier momento. No necesita demasiadas explicaciones ni grandes desarrollos. Su fuerza está en lo elemental: un protagonista duro como una roca, un entorno hostil y una excusa perfecta para que todo reviente por los aires.Y durante buena parte del metraje, eso basta. La película arranca con muchísima energía, con una puesta en escena que abraza el exceso sin complejos y con ese tono de falso cine sucio que Rodríguez maneja como pocos. Desde el principio queda claro que aquí no se viene a buscar realismo, sino sangre, vísceras, frases lapidarias y una montaña de locuras visuales.Machete funciona mejor como actitud que como película redondaEl gran problema de Machete es que su concepto es mejor que su ejecución. Tiene personalidad, tiene descaro, tiene un reparto imposible y tiene escenas que se quedan grabadas por lo delirantes que son. Pero también da la sensación de que, pasada la euforia inicial, la película empieza a apoyarse demasiado en el chiste interno y en su propia pose de “mirad qué salvajada estamos haciendo”.Eso no quiere decir que no sea divertida. Lo es. Y bastante. Pero también es verdad que el guion no siempre sabe cómo sostener la historia más allá del desfile de violencia, caricaturas y secuencias exageradas. La película intenta meter de fondo una lectura sobre la inmigración ilegal, la hipocresía política y la tensión en la frontera entre Estados Unidos y México, pero rara vez profundiza lo suficiente como para que ese comentario social tenga verdadero peso.Está ahí, se percibe, incluso le da cierta personalidad al conjunto, pero casi siempre queda subordinado al espectáculo. Y claro, cuando una película quiere ser sátira política y fiesta gore al mismo tiempo, el equilibrio no siempre sale del todo bien.Danny Trejo es exactamente la película que uno espera verDanny Trejo in Columbia Pictures’ «Machete.»Si Machete funciona, en gran medida, es porque Danny Trejo convierte su mera presencia en el principal argumento de la película. No necesita grandes diálogos ni un arco dramático sofisticado. Su personaje entra en pantalla y ya lo entiendes todo: cicatrices, mirada pétrea, pocas palabras y la sensación de que puede atravesar media ciudad sin cambiar de expresión.Trejo está perfecto porque la película está construida a su medida. Más que interpretar, encarna una idea de cine: la del antihéroe imposible, indestructible y peligrosamente ridículo que solo puede existir en un universo como este. Es un personaje que parece salido de una mezcla imposible entre western fronterizo, acción ochentera y explotación grindhouse.A su alrededor, Rodríguez reúne un reparto que hoy sigue resultando bastante surrealista: Jessica Alba, Michelle Rodríguez, Lindsay Lohan, Robert De Niro, Steven Seagal o Don Johnson aparecen como piezas de un tablero completamente desatado, algunos con más acierto que otros, pero todos contribuyendo a esa sensación de estar viendo una película que existe solo porque alguien se atrevió a decir “¿y si hacemos esto de verdad?”.Una película para quien sepa exactamente a lo que vieneEse es quizá el punto más importante a la hora de valorar Machete: no intenta gustar a todo el mundo. Y probablemente tampoco podría. Su humor, su violencia, su estética sucia y su forma de abrazar lo absurdo la convierten en una película muy específica, casi de culto instantáneo para quienes disfrutan del cine más desvergonzado y desatado.No es una película refinada, ni especialmente inteligente en su construcción, ni mucho menos una de las obras más redondas de Robert Rodríguez. Pero sí es una de las que mejor resume esa faceta suya más salvaje, juguetona y descaradamente exploitation. Y eso, según cómo se mire, ya tiene bastante valor.Vista hoy, Machete sigue siendo una experiencia tan irregular como entretenida. Una película que se pasa de frenada varias veces, que no siempre sabe qué quiere contar exactamente, pero que al menos nunca intenta ser algo más respetable de lo que realmente es. Y quizá por eso conserva parte de su encanto.Si te gustan las retrocríticas, el cine más gamberro y las películas que no tienen filtros, síguenos en Google News para no perderte nuestras revisiones más salvajes.Esta noticia ha sido publicada por Cinemascomics.com