Ariane de Rothschild: «La vela muestra la parte más humana del deporte»

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Ariane de Rothschild (San Salvador, 1965), es la directora ejecutiva del Grupo Edmond de Rothschild y armadora del Gitana 18, el nuevo maxi trimarán de 32 metros que ha irrumpido en la vela oceánica como símbolo de innovación técnica y audacia competitiva. En una entrevista exclusiva, la banquera y mecenas reflexiona sobre la filosofía familiar que impulsa el proyecto, el desafío de llevar al mar un multicasco capaz de «volar» sobre las olas y la ambición de marcar una nueva era para la saga de los barcos Gitana, a las puertas de celebrar sus 150 años de historia. —La vela se compara a menudo con la Formula 1 por su nivel de innovación, pero aquí la energía clave es el viento. Y no siempre se comunica bien que lo que realmente se está haciendo es invertir en el futuro, también en el futuro de la energía verde, porque aprovechar el viento probablemente ayudará a otras industrias ¿Cree que esta tecnología puede tener un impacto real en el desarrollo de energías más sostenibles? —Absolutamente. Y creo que su reflexión es muy interesante. Estoy segura de que ha visto el proyecto de Ferrari, que está claramente centrado en la velocidad y la energía. En nuestro caso, lo que nos interesa de verdad no es tanto si tenemos nuevas tecnologías o patentes, sino cómo nuestra tecnología puede contribuir a que el mundo se mueva de una manera más eficiente. El foiling, por ejemplo, no es algo teórico ni una promesa comercial: ya está ocurriendo. El viento, el vuelo, todo lo que estamos probando en Gitana ya está filtrándose hacia otros sistemas de transporte marítimo. Creo que esa es nuestra contribución real. El carbono es lo que es, y somos muy conscientes de ello. Desde Gitana 17 trabajamos intensamente en reciclaje. El barco está construido en carbono, y eso plantea preguntas legítimas. Pero es cierto que todos los restos se reciclan o se reutilizan. A veces los transformamos en objetos que usamos dentro del banco, y otras veces colaboramos con proyectos que convierte velas usadas en bolsas u otros productos que regalamos a nuestros clientes. No es reutilizar por reutilizar, sino darles una segunda vida con sentido. —En cierto modo, están invirtiendo en el futuro a través de estos proyectos de energías más limpias... —Sí, lo pensamos mucho. Somos muy conscientes de ello. No sé si se puede hablar de «energía limpia» en un sentido absoluto, pero sí en cómo todo esto puede mejorar el transporte marítimo, y eso sería algo realmente significativo. Los conceptos de foiling, estabilidad, sustentación… para mí son fascinantes. Entre Gitana 17 y Gitana 18 trabajamos muchísimo en eso: en la sustentación, en el vuelo, en cuál es el nivel de elevación necesario, cómo combinar estabilidad y velocidad. Ahora ya no hablamos solo de elevar el casco, hablamos de volar. Y ese es el verdadero cambio. Cómo mantenerse estable a gran velocidad. Tres ejes: cómo combinarlos para volar. En el 17 elevábamos; en el 18 volamos. Ese es el gran punto de inflexión. Es un cambio de juego absoluto. Todos los barcos intentan elevarse. En SailGP, por ejemplo, están contando cuántas veces vuelan. En nuestro caso, no se trata de levantar el casco un instante, sino de volar de verdad. Cuando hicimos el Gitana 17, en cuanto empezamos a elevarnos nos dimos cuenta de algo: no sabíamos volar. Literalmente. No teníamos ese conocimiento. Fue entonces cuando incorporamos ingenieros aeronáuticos, porque no sabíamos cómo hacerlo. El Gitana 18 nace de esa experiencia: vuelo, estabilidad y velocidad. Y corrección constante. Antes pensábamos que elevarnos más nos protegería, especialmente en travesías oceánicas, pero eso no es cierto. No se trata de ir más alto, sino de evitar caer. Cada impacto significa perder velocidad, perder energía y dañar el material. Empiezan los pequeños daños, y eso es letal en una travesía. Por eso ahora trabajamos muchísimo en el vuelo una vez que el barco está fuera del agua. Y además lo hacemos con equipos totalmente conectados. Es una forma diferente de navegar. Veo muchas similitudes con la NASA: cuando pilotas un transbordador, hay personas dentro, pero también todo un equipo en tierra. Eso es exactamente lo que hacemos. Hoy existe una simbiosis total. El navegante no solo sigue un routing, sino que transmite sensaciones: «siento esto, pasa esto». Es muy parecido a la Formula 1, donde el piloto está permanentemente conectado con el equipo. Los datos son constantes y el feedback es clave. Pero hay una diferencia fundamental con la Fórmula 1. Ellos están intentando desarrollar la Fórmula E, y he leído artículos larguísimos sobre el problema de la potencia: no tienen suficiente energía, necesitan recargar. Aquí ocurre lo contrario. Tenemos una energía que no se agota: el viento. Es una energía que sigue dando. En la Formula 1 el límite acaba estando en los materiales y en la eficiencia. Si has visto la película, Guillaume explica algo muy interesante: los barcos se han vuelto más pesados porque necesitamos más para ir más rápido. Es paradójico, pero es así. —¿Algo que llama la atención es lo sólido, casi masivo, que es el timón central? —Sí, porque tiene que serlo. Estamos introduciendo muchísima potencia en el sistema. Y además hoy en el océano te encuentras de todo. Muchísima basura. Es triste, pero es una realidad. Y está destruyendo barcos de forma casi sistemática. Hemos trabajado muchísimo en esto. Algunos equipos prueban con sonares o radares, pero no funciona. Estos barcos son demasiado rápidos. Los sistemas de los mega yates funcionan a 12 o 14 nudos. Aquí es imposible anticipar. A 40 o 45 nudos, cuando ves algo, ya lo has golpeado. —¿Cuál será el primer gran reto competitivo del Gitana 18? —La Ruta del Ron. Ese es el primer objetivo. La presión es enorme para llegar bien. El barco es muy nuevo y habrá muchos ajustes. Con el Gitana 17, se botó el barco y luego se empezó a entender de verdad cómo funcionaba. Tardaron unos tres años en afinarlo completamente. Ahora ya sabemos cómo vuelan estos barcos. Además, hemos creado salas de simulación para adelantarnos, pero una cosa es simular y otra navegar de verdad. Aun así, se han hecho meses de simulaciones para prever reacciones ante todo tipo de situaciones. —¿El objetivo final sigue siendo el Trofeo Julio Verne? —Sin duda. Es el Santo Grial de la vela. Puedes debatir entre la Vendée Globe y el Julio Verne, pero para mí es el Julio Verne. Es puro sueño. Y sigue conectado a algo muy humano: exploradores, súper humanos, descubrir el mundo. La vela muestra la parte más humana del deporte: el cansancio, la depresión, la falta de sueño, el dolor físico. Por eso el equipo es tan importante. Charles está permanentemente conectado con el equipo, y ellos viven prácticamente con el mismo nivel de privación de sueño que él. La fortaleza mental es increíble. Es un súper humano. Antes de la última gran regata trabajó mucho con Arnaud Gérald, el apneísta francés, en concentración, control del dolor, ansiedad y sueño. La parte mental es fundamental. Incluso más que la fuerza física. —¿En otras entrevistas ha hablado de algo muy personal: echa de menos la jungla de su infancia? —Sí, es verdad. Amo el mar. Es uno de los pocos lugares donde estoy realmente tranquila. En tierra soy hiperactiva. En el mar puedo pasar horas mirando el horizonte, en silencio. En un barco, caminando por cubierta, siento la misma paz. También me pasa con el desierto. Esa inmensidad, el ritmo del amanecer y el atardecer… hay una conexión con la energía de la tierra que hemos perdido. En el mar, en el desierto, en el aire, encuentras un ritmo distinto. El mar es muy pacífico. Además, me da energía. He pasado 20 horas seguidas en un barco sin querer bajar a dormir. Es una energía diferente. Quizá haya cosas que la ciencia aún no entiende: la electricidad del agua, cómo descarga el cuerpo. Aunque en estos barcos no hay silencio. Son ruidosos, vibran, están húmedos. No es una experiencia cómoda. Pero es real. Tenemos todavía el Gitana 6, un monocasco precioso. Era uno de los favoritos de mi suegro. Lo hemos reconvertido para navegar en familia. Es un barco elegante, de 20 metros, sin excesos. Es navegación pura. Por eso insisto tanto en la artesanía: la tecnología no existe sin la mano humana. Ver construir este barco, detalle a detalle, ha sido algo increíble. —¿Qué le ha impresionado más del salto del 17 al 18? —La hidráulica. Es un barco extremadamente complejo. Y no, todavía no pienso en el Gitana 19. Durante dos años solo piensas en terminarlo. Ahora tiene que flotar y volar. Eso es todo. —¿Ya piensa en Gitana 19? —No. Ahora mismo solo pienso que gracias a Dios, ya está terminado. Ahora tiene que flotar…y volar.