Una España vacía y desconectada

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Mientras escribo esta carta –ayudada, cómo no, por una inteligencia artificial que me estructura el texto y lo optimiza– mi abuela está sentada en su patio, al fresco de una primavera que ya asoma a verano, completamente incomunicada. Ella y sus vecinos. Sin red telefónica. Otra vez. Probablemente lo que más le preocupe no sea la conectividad, sino algo más cotidiano: la línea para ver su novela de la tarde. Pero a mí, como nieta, y al resto de su familia, nos preocupa otra cosa: el teléfono que no funciona, ni siquiera el wifi, y el botón de los médicos, que deja de ser una solución cuando no hay red. El año pasado vivimos ese momento casi apocalíptico en el que gran parte del país se quedó sin luz durante varias horas, recordándonos lo frágil que puede ser todo cuando los sistemas fallan. En muchos lugares esa sensación de desconexión no es excepcional: es rutina. En el caso de mi abuela y sus convecinos, en un pueblo de Extremadura, esa fragilidad se repite de otra forma: la red telefónica que cae una o dos veces por semana. Hablamos de un pueblo con historia. En Alcántara, cuyo puente romano sigue en pie casi 2.000 años después de ser construido. Primero por los romanos, luego por el tiempo, y ahora flanqueado por una presa y un puente nuevo recién estrenado. No sé si a Trajano le entusiasmaría el resultado actual, pero ahí conviven lo moderno y lo rural… menos la cobertura. Lo que no parece tan estable es lo esencial. Uno o dos días a la semana, el pueblo queda incomunicado. Como si en pleno siglo XXI la señal decidiera tomarse descansos. Mucho patrimonio, mucho turismo y, por supuesto, ese impulso tan moderno de «repoblar la España vacía», invitando a la gente a teletrabajar, siempre que consiga cobertura. Y no hablamos de lujo tecnológico. Hablamos de lo básico: poder llamar, poder pedir ayuda, poder estar conectados cuando hace falta. No tenemos red telefónica. Podríamos hablar del AVE, pero mejor otro día: un problema cada vez. Este texto tiene algo de sátira, porque a veces el humor es la única forma de no dramatizar en exceso una realidad que preocupa. Pero también es una constatación sencilla: la España rural no debería vivir con la desconexión como si fuera paisaje. Porque no es solo cobertura. Es seguridad, dignidad y presencia en el presente. Carmen Cambero. Madrid En un mundo en guerra, de inflación, de fanatismos, de corrupción, de miseria, es imprescindible la frivolidad. Los calcetines rojos como medicina contra los uniformes grises. El debatir sobre la mejor tortilla de patata mientras se cierra el estrecho de Ormuz. Discutir con un uzbeko en X sobre si la culpa es de Mbappe o Vinicius. Nuestra defensa aérea ante los constantes bombardeos de odio y terror debe de ser el placer. Pídete un vino más caro. Viaja más. Invita a una copa a una desconocida. Créete escritor. Combate la muerte autorregalándote flores. Laureano Núñez. Salamanca