La vejez es una etapa vital inevitable, pero su llegada afecta de manera muy diferente a cada persona. Algunas la temen por los cambios que conllevan e incluso la aproximación de la muerte, mientras que otras la celebran porque significa que han tenido una larga vida. También hay quien ve en esta etapa un punto de inflexión para reflexionar sobre el bagaje adquirido tras tantas experiencias o valorar el grado de satisfacción con lo vivido. O quienes consideran que su verdadera vida empieza en esta fase, que suele ir acompañada de la jubilación. Este grupo suele aprovechar para viajar, disfrutar de la familia y cumplir algunos sueños que no pudo alcanzar durante su juventud por falta de tiempo o dinero. En medio de todas estas miradas, resuena fuerte una frase de Marco Tulio Cicerón (106-43 a.C.), político, filósofo, escritor, jurista y orador romano: «Es preferible ser viejo menos tiempo que serlo antes de la vejez». En una época en la que la vejez alcanzaba a los seres humanos mucho antes que en la actualidad, Cicerón ya tenía claro que esta no estaba regida por el paso de los años, sino por la actitud con la que se transita la vida. Para él, la vejez no comienza cuando el cuerpo nota los primeros síntomas físicos, sino cuando la mente se rinde. Cuando uno deja de interesarse por lo que ocurre a su alrededor, cuando la curiosidad de apaga y la rutina pesa más que el deseo. La sociedad actual vive más que nunca, pero también se siente agotada antes. La presión laboral, la falta de descanso, la hiperconexión y la sensación de estar siempre corriendo empujan a muchos a sentirse viejos sin serlo. No por la edad, sino por el desgaste emocional. Así, su premisa invita a mirar la vida con otra perspectiva para no precipitar la retirada, no confundir madurez con resignación y entender que la vitalidad no tiene fecha de caducidad. Porque lo verdaderamente triste no es cumplir años, sino dejar de vivirlos.