La 'grazia' implica responsabilidad

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No les voy a hablar de teología, algo para lo que carezco de formación. Tampoco sobre el primigenio significado de algunas palabras de la lengua de Dante, que no domino. Ni sobre el carácter del denominado 'derecho de gracia' –aunque aquí sí pudiera hacerlo– en los regímenes constitucionales. La titulación del encabezamiento de estas consideraciones viene al hilo del título –'La Grazia'– de la última película de Paolo Sorrentino , el más destacado quizá de los actuales directores italianos. Una película comprometida en su planteamiento, como original en su creación. El cineasta napolitano da vida a un personaje de ficción –aunque podríamos apreciar algunas semejanzas–: un saliente presidente de la República Italiana –profesor y amante del derecho penal– que unos días antes de abandonar el palacio del Qurinal se enfrenta ante el dilema de sancionar una ley de eutanasia –siendo católico y amigo personal del Papa–, así como la concesión del indulto a dos reclusos castigados por graves delitos de asesinato. Bajo esta premisa, Sorrentino realiza, al socaire de una tan singular como preciosista recreación –fíjense en la flotante lágrima en el espacio de un astronauta que llora, la agonía de un caballo que se muere, las remembranzas de su fallecida mujer…–, una lúcida reflexión sobre algunas de las perennes interrogaciones del ser humano, cualquiera que sea su tiempo y lugar: el sentido último y los resbaladizos contenidos de la vida, la importancia sanadora del amor, los celos, la paternidad y la relación con los hijos… Pero amén de estas observaciones predicables de cada persona individual, da un paso más, y entra en una dimensión de naturaleza pública, dada la condición de jefe de Estado de su protagonista. Y aquí es donde toman cuerpo otros enfoques, característicos del desempeño de responsabilidades políticas, que adornan la figura de un ficticio presidente –Mariano de Santis– interpretado por Tony Servillo con su genialidad de siempre. Me estoy refiriendo, en concreto, a cinco de ellas. A saber: la honestidad, el compromiso, la responsabilidad, la duda y el dilema moral. Ahí es nada en un contexto tantas veces presidido sobre el interés personalista, la vacua frivolidad, la ideología excluyente y la ausencia de altura de miras. Así que cuando veía sus envolventes fotogramas me vinieron a la memoria las certeras palabras del presidente Jefferson referidas a George Washington: «Sumaba las virtudes de los héroes de la Antigüedad… el estoicismo, la fortaleza frente a la adversidad, el coraje personal, y el sacrificio, la incorruptibilidad, la ausencia de ambición personal, el desprecio hacia intrigas y banderías». La película es, literalmente, una delicia. Siempre he creído que el cine es un arte mayoritariamente norteamericano, erigido sobre dos figuras colosales: John Ford –la grandeza– y Willy Bilder –la inteligencia–. Pero, dicho esto, siento desde mi época universitaria pasión por la cinematografía italiana: De Sica, Rosellini, Visconti, Antonioni, Fellini, Pasolini, Leone, Bertolucci… Un grupo al que he incorporado a Sorrentino. Una asimilación que no me provoca vértigo; ni pienso roce siquiera la herejía. Hace unos días en una sesión de la Real Academia de Legislación y Jurisprudencia de España, mi buen amigo Eduardo Torres-Dulce –como afirmaríamos los juristas, la doctrina más autorizada– resaltaba en compañía de Tomás-Ramón Fernández sus bondades. Mas no me voy a detener en sus méritos y bienaventuranzas artísticas. Quedan para los especialistas. Lo voy a hacer en su perspectiva pública. La de un hombre, íntegro y cumplidor, al frente de las mayores obligaciones en el ejercicio de la 'res publica'. Una labor que acomete desde el inmejorable andamiaje del derecho. Que aunque invista a las personas –en palabras de la película– de un perfil «gris y aburrido», las dota de conocimiento, exigencia y rigurosidad. El derecho disfruta de muchas valías. Especialmente, dos. La primera, de connotación individual, ya que es una disciplina que organiza y estructura, como quizá ninguna otra, el pensamiento. Dotándolo de orden, congruencia y solidez. Afirmaba Antonio Maura: «La lógica es la moral del raciocinio». La segunda, desde un prisma social, pues es el mecanismo por excelencia de resolución pacífica de los conflictos. Un instrumento inexcusable para vivir en sociedad y solventar las disonancias sin afrentas vesánicas. Ambas se vislumbran en el dubitativo y sobresaltado proceso de formación volitivo de nuestro presidente. Un Derecho que, si quiere ser más que la expresión del más fuerte o la deleitación del mero capricho, ha de asentarse –de nuevo en palabras de la mentada película– en un sustrato basilar: el inexcusable respeto a la verdad. Y dirigirse, sin dejarse arrastrar por conveniencias espurias, a la prescriptiva satisfacción de la Justicia. Si se cumplen los dos requerimientos, la inteligencia de nuestro presidente no conlleva derroteros peligrosos. Aunque recurra, a la hora de argumentar jurídicamente la concesión de uno de los indultos, a una peculiar modalidad de 'legítima defensa propia preventiva'. En su azarado camino, el personaje desgrana los valores demandados a un servidor del Estado: formación y experiencia; autocontención y mesura; empaque y entidad; independencia de juicio y capacidad de sacrificio; vencimiento de los prejuicios y liberalidad para cambiar de criterio; y ausencia de delirios y vanaglorias. El impasible cumplimiento natural del deber. Sobrio y sin aspavientos. El imperativo categórico kantiano sustentado en la preservación de la veracidad, la limpieza del razonamiento, la convivencia con las innatas dudas de la condición humana, la responsabilidad por los propios actos y la indefectible soledad en su asunción final. La ética es de todo punto innegociable –no conoce de facciones, ni caben los regates– tanto en la vida del hombre como en su reflejada ordenación social. Una película que personaliza la política de verdad y el cine con mayúsculas, asistidos por un incomparable cirineo: el Derecho . Un compañero de viaje que auspicia el matrimonio, bien avenido e indisoluble, construido de modo simultáneo sobre la ética y la estética. Esta es su bendita conformación y su bendecida orientación: la decencia en pos del bien común de un ejemplar presidente de la República. Así que parafraseando a Oscar Wilde: ¡La naturaleza, en este caso humana, imita también al arte!