La amenaza se cumplió. El gobierno saudí hizo oficial que cancela, a partir del año próximo, el apoyo financiero ilimitado que había otorgado al LIV Golf hasta ahora. De esto se venía hablando en las últimas semanas y esta confirmación ha puesto patas arriba un circuito que, después de revolucionar el orden mundial del golf hace un lustro, ahora se ve obligado a reinventarse para poder seguir vivo. Lo que prometía ser un gran estímulo para el deporte internacional, con la llegada a mansalva de los petrodólares de un régimen que buscaba lavar su imagen, ha desembocado en una inflación galopante para el mundo del golf de la que le va a costar tiempo recuperarse. Los fichajes multimillonarios a algunas de las figuras del PGA Tour, como Jon Rahm , Bryson DeChambeu, Brooks Koepka o Patrick Reed, obligó a incrementar los premios de los juegos de este circuito con la creación de los torneos elevados para retener a las demás, lo que le llevó también a vender activos financieros y a ver comprometida su liquidez futura para atender al corto plazo. Mientras esto sucedía en la principal competición del planeta, el European Tour se veía arrastrado por estos al haberles cedido implícitamente las riendas desde la pandemia. Las malas decisiones de su máximo dirigente de entonces, Keith Pelley, les hicieron firmar un compromiso dantesco por el que les entregaban gran parte de los derechos de la Ryder Cup (su principal fuente de financiación) a cambio de disponibilidad de caja y de diez plazas para que los mejores europeos de cada año pudieran hacer las Américas al siguiente. La situación no hubiera sido tan grave para los continentales si hubieran elegido entonces al otro compañero de viaje que llamó a su puerta, el fondo de inversión saudí (PIF) que quería invertir en el golf. Pero, mientras que el circuito femenino (LET) le acogió con una serie de torneos patrocinados que contribuyeron a elevar el nivel del circuito, el masculino ignoró su apoyo. La lucha de egos de Greg Norman, representante de los árabes, y de Jay Monahan, que con su complejo de superioridad pensaba que él y el PGA Tour que comandaba estaban a otro nivel y no tenían que rebajarse a negociar, arrastró también a los europeos y ahí llegó la ruptura. El PIF creó su propia liga (LIV Golf) y quiso dañar a los demás con lo que se sabían superiores: el dinero. Aunque ficharon a unos cuantos jugadores de renombre (los mencionados y otros ganadores de grandes como Sergio García, Martin Kaymer, Louis Oosthuizen o Charl Schwartzel) la realidad es que, después de cinco años de hacer mucho ruido, no ha conseguido un nivel deportivo suficiente como para cautivar a las grandes audiencias y sus modelos de juego no han terminado de cuajar. Han tenido que ir cambiando sus ideas iniciales de planteles cerrados o torneos a tres rondas por un sistema de ascensos y descensos que premie los méritos deportivos, una escuela previa como la de sus rivales y torneos de cuatro jornadas. Así han logrado entrar en el ránking mundial y tener una mejor proyección deportiva, pero perdiendo su esencia. Pero por muy buenas intenciones que se tengan, hay imponderables que no se pueden controlar, como sucede con las guerras. La inestabilidad que produce el cierre del estrecho de Ormuz en todos los países que dependen del petróleo ha hecho que Arabia Saudí haya decidido cambiar su estrategia de comunicación y que abandone el patrocinio directo del LIV. Eso sí, deja la puerta abierta a que haya otros patrocinadores que tiren del carro en el futuro y a tal fin han contratado a Gene Davis y Jon Zinman, dos ejecutivos especializados en buscar empresas que les sufraguen. «Hay LIV Golf para rato», comentó Sergio García en su último torneo de México cuando este medio le preguntó directamente sobre su porvenir, mientras que Jon Rahm fue más concreto al confirmar que «esta temporada la tenemos garantizada». Por su lado, esta misma semana en Turquía David Puig («no sé lo que pasará a partir de 2027, yo confío en que puedan encontrar inversores que lo hagan rentable», le da a la situación un tinte indefinido al que no ayuda el que el torneo LIV de Nueva Orleans de junio se haya aplazado 'sine die'. Así las cosas, hay varios escenarios posibles a partir de la próxima campaña. El primero es que consigan solvencia económica y mantengan la competición. En este caso seguiría Jon (tiene un año más firmado) y deberían negociar con Bryson, que no parece estar por la labor de rebajar sus emolumentos (Brooks y Patrick ya se fueron). Otra opción es que tengan algo de dinero, no todo, y hagan una liga 'low cost' sin pagar los absurdos contratos actuales y bajando la cuantía de los premios. Y una tercera que cierren y los jugadores actuales deban buscarse la vida en otros circuitos, aunque algunos como el PGA Tour, se quieran aprovechar y les exijan multas desorbitadas por volver. Rahm ya ha indicado que hará lo posible por reintegrarse al Europeo (el Open de España y la Ryder pesan mucho para él) pero no parece muy dado a pagar a quienes le tacharon de traidor y llevan más de dos años ensuciando su reputación. Y no será por dinero, ya que el vasco duplica fuera de Estados Unidos lo ganado allí (53 millones de dólares) y, con los 500 de su ficha multianual puede permitirse ser duro en una buena negociación en la que su orgullo quede intacto.