Acaba de cumplir los 19 años, pero Mirra Andreeva , 8 del mundo, ya es una veterana en el circuito. Con un aplomo impropio y una altura que destaca todavía más su rostro aniñado, la rusa parte como favorita, por ranking, en esta final del Mutua Madrid Open que es algo más que una final. Al otro lado, una Marta Kostyuk (23 años y 25 de la WTA) revolucionada en esta tierra madrileña en la que también ha alcanzado por primera vez el último día de torneo. Andreeva ha escenificado estas dos semanas el impulso de la juventud, los altibajos emocionales de estas edades, ese grito desaforado hacia su palco de «no soy una campeona, soy una perdedora», esas lágrimas de rabia cuando ganó un partido que tenía en su mano y que a punto estuvo de perder, esa alegría desbordante por alcanzar la última ronda, ese tenis lleno de furia y potencia. Y también una veteranía contundente en su forma de afrontar los partidos. Madurez y criterio ante Udvardy y Galfi; frustración ante Bondar; veteranía contra Fernández y Baptiste. Una mezcla que expone el potencial y el talento de esta jugadora que lleva acumulados cinco títulos, dos de ellos de categoría 1.000 (Indian Wells y Dubái, en 2025), y que en las últimas semanas logró triunfar en Linz, pisar la semifinal en Stuttgart y alcanzar la última ronda en Madrid tanto en el cuadro individual como en el de dobles. Pero hay además trabajo, muchísimo, con una Conchita Martínez con la que se ríe, con la que se relaja, con la que se enfada, con la que ha conseguido su mejor rendimiento. Y sin presión. «La forma más fácil de manejar la presión es simplemente ignorar las estadísticas. No sé quién lo hizo primero ni quién no, ni si soy la primera. O si soy, no sé, la décima. Así que intento no seguir las estadísticas ni nada de eso, y simplemente me concentro en lo que tengo que hacer en la cancha en cada torneo que juego», argumenta. Porque para ella esto es, simplemente, un juego: con 15 años ya alcanzó en este torneo la cuarta ronda: «En aquella época no pensaba en nada, solo quería disfrutar del partido y del ambiente». Ahora, su cabeza ha cambiado un poco porque sabe que tiene tenis para muchísimo, pero la base es la misma: «Lo que intento es complicarle mucho la vida a mi oponente si quieren ganarme. Si me gana, pues bien, intenté sentirme orgullosa, estrecharle la mano y decirle: «Bien hecho, te has ganado la victoria», y no hay nada más que pueda hacer. Pero tendría que esforzarse mucho». Al otro lado, la veteranía de una Kostyuk que también vivía el tenis al máximo, con tanta fuerza que aseguraba estos días que se destruía: «Llevo muchos años en terapia y siempre he querido cambiar mi perspectiva general sobre el tenis. Para mí siempre fue algo muy muy emocional, y le dedicaba muchísima energía. Todo me importaba muchísimo. Ya fueran victorias o derrotas, era muy difícil vivir con ese bombardeo emocional constante desde dentro». Ahora, con 23, más tranquila, continúa al alza y son once victorias consecutivas, después de triunfar en Rouen, su segundo título tras el de Austin en 2023, a la caza de su primer WTA 1.000. Pero sigue firme en sus convicciones. No saludó a Anastasia Potapova en la semifinal, ni antes ni después del partido, por considerarla rusa aunque se haya nacionalizado austriaca. «La única persona a la que le doy la mano es a Daria Kasatkina, porque no solo cambió su pasaporte, sino que también dijo abiertamente que no apoya la guerra. Ha habido varios jugadores que han cambiado de nacionalidad, pero ninguno de ellos jamás se ha manifestado en contra de la guerra ni ha mostrado apoyo a los ucranianos ni nada por el estilo. Así que, para mí, eso no cambia», comentó. Así que habrá que ver cómo evoluciona esta final en la que, de nuevo, se enfrentan una ucraniana y una rusa, dos tenistas de caracteres opuestos: el fuego y el hielo.