José Tudela Aranda –letrado de las Cortes de Aragón, promotor y secretario general de la Fundación Manuel Giménez Abad, profesor de Derecho Constitucional, autor de una muy extensa obra, animador inagotable de conversaciones plurales y, en fin, politólogo/jurista con auténtica visión de Estado– nos dejó repentina y prematuramente hace pocos meses, en este último invierno.Cada primavera, desde hace más de una década, el Real Instituto Elcano ha venido organizando con la Fundación Giménez Abad un seminario conjunto en Zaragoza para abordar distintas variantes del aparente oxímoron que supone analizar y debatir la política internacional –que se imagina siempre lejana y decisionista– desde un enfoque preocupado por la cercanía de la descentralización territorial y por el contrapeso de la deliberación parlamentaria.Siempre lo hemos celebrado en la extraordinaria Aljafería, una muestra de la arquitectura española en su expresión más elevada; donde la estética y funcionalidad del “enemigo” musulmán no es destruida tras la conquista cristiana sino admirada, conservada y reutilizada. Y, aunque se trata de un edificio con un entorno menos afortunado que los ejemplos andaluces por antonomasia (Mezquita, Giralda, Alhambra), tiene el valor añadido de ser todavía más paradigmático de la historia de nuestro país que los anteriores.Por dos motivos. Primero, por el contraste entre un largo periodo de deterioro y la reacción local que revirtió su abandono a final del siglo XX hasta lograr que la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) lo inscribiera en la Lista del Patrimonio Mundial. Y, en segundo lugar –aunque muy unido a la anterior metáfora de nuestra transformación relativamente reciente en país avanzado y abierto al mundo–, por haber servido antes de Tribunal de la Inquisición, cárcel y cuartel para pasar luego a palacio donde se reúnen los representantes de la ciudadanía aragonesa que además es, o era, nuestro Ohio.José Tudela, Pepe, fue también una expresión paradigmática de la mejor España. La que anima a trabajar con excelencia, propicia el encuentro académico, genera concordia cívica, fomenta la internacionalización y busca la regeneración democrática. La que, mientras se esfuerza por preservar y combinar las aportaciones de los contrarios –el arte islámico con el gótico o el renacentista y, a veces, el barroco–, crea de camino una síntesis mudéjar. Y hace eso, además, desde una antigua taifa y no desde la consabida y tantas veces desabrida capital. Un acierto y un gran mérito en esta España simultáneamente tan autonómica y, para ciertas cosas, tan centralizada.Desde 2015, en el Real Instituto Elcano nunca quisimos faltar a esa cita con nuestro particular calendario zaragozano. Sólo se suspendió una vez, con ocasión de la pandemia, lo que por cierto causó gran fastidio a Pepe Tudela, siempre entusiasta y cumplidor con sus muchas actividades. Pero la relación entre el Instituto y su Fundación Giménez Abad viene de más atrás. Ya en 2007, cuando yo todavía no estaba en la casa, nos pidió colaborar en una actividad sobre el papel de las regiones en el sector energético –con participación de Paul Isbell– y en 2010 coorganizamos una gran conferencia internacional sobre “El papel de los parlamentos nacionales y regionales en los asuntos europeos y en el control de la legislación de la UE”, celebrada en el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, que inauguró nuestro director de entonces, el también añorado Gil Carlos Rodríguez Iglesias.Con la contribución duradera y valiosísima de Mario Kölling –investigador permanente de la Fundación Giménez Abad, firma habitual en nuestro Instituto para temas presupuestarios europeos y puente con las dos fundaciones de los grandes partidos alemanes (Friedrich Ebert y Konrad Adenauer) que se implicaron a veces en esas actividades–, aquella relación se consolidó e institucionalizó poco después a través de la mencionada serie anual en la bella sede de las Cortes de Aragón. Por ella han pasado como ponentes el actual director, Charles Powell, y una amplísima panoplia de investigadores: Judith Arnal, Gonzalo Escribano, Raquel García, Salvador Llaudes, Carlos Malamud, Mira Milosevich, Federico Steinberg e Ilke Toygür, entre otros. A lo largo de este tiempo nos hemos beneficiado siempre de la valiosa ayuda técnica y administrativa de Manen Taibo, de este lado, y José Sánchez Medalón, de aquél. También he estado yo, invariablemente desde 2015. Era imposible no atender la invitación primaveral de Pepe y tratar con aprovechamiento y disfrute sobre un aspecto de la actualidad europea o internacional, combinado con la perspectiva de la calidad democrática o la aportación de los gobiernos subestatales.En 2025 también colaboramos, con ponencia incluida del presidente José Juan Ruiz, en el Foro Iberoamérica que se celebró en Sanlúcar de Barrameda. Pepe, junto al constitucionalista Víctor J. Vázquez, tuvo la feliz idea de cambiar el Ebro por la desembocadura del Guadalquivir para que profesores, políticos, periodistas y creadores debatiesen sobre las relaciones entre España y América Latina en el marco emocionante de la Fundación Casa Medina Sidonia y con el estímulo grato de las Bodegas Barbadillo. Un plan irresistible –incluyendo estar junto al muelle del que zarpó y al que regresó Juan Sebastián Elcano en su heroica circunnavegación de la Tierra– que ponía también de manifiesto el perfil singular del amigo perdido. Alguien capaz de combinar rigor intelectual y sentido de la profundidad histórica con cercanía y buen clima.A personas como Pepe no les pega morir. Es más, resulta impropio de él hacerlo de ese modo tan inesperado y con sólo 63 años. Si no fuera porque él jamás hubiera dado voluntariamente tamaño disgusto a su familia y a sus incontables amigos o compañeros, tocaría regañarle por haber traicionado su esencia vitalista y su afán planificador. En cambio, sólo podemos llorarle.Pero no es sólo la persona la que no debería de habernos dejado, sino tampoco el personaje. España necesita más Pepes y menos mediocridad combinada con polarización. Lo bueno es que ahí sí hay algo más que podemos hacer, promocionando y premiando a quienes compartan su perfil innovador y su visión estratégica sin que eso esté reñido con el diálogo, la moderación, la cordialidad y la bonhomía.Otro buen modo de homenajearlo ahora que se va superando el duelo es dejar las lágrimas y preservar cuanto se pueda su legado para que la pérdida, irreparable en el plano humano, no lo sea también en el institucional. El Real Instituto Elcano, que comparte muchos de los grandes propósitos que animaron a Pepe, desea contribuir a ello manteniendo esa cita con la Fundación Giménez Abad en la que él puso tanto empeño.Es primavera y volveremos a tener seminario conjunto, en 2026 con Félix Arteaga de orador y temática enfocada a la seguridad y defensa. Y volveremos a la Aljafería, que ya hemos visto que es buen lugar para las metáforas. Esta vez doblemente: porque es una fortaleza sólida y sobria que protege un interior refinado donde se debaten ideas y se tramitan leyes; y, sobre todo, porque es un espacio que recuerda el enriquecimiento de edificar contando con el aporte de quienes son distintos. En las formas y, como hizo siempre Pepe, también en el fondo.Autor: Ignacio MolinaLa entrada José Tudela en la memoria del Real Instituto Elcano se publicó primero en Real Instituto Elcano.