Mundial 1994: La resurrección de Brasil de la mano de Romario y el fantasma de Roberto Baggio

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Brasil arribó a Estados Unidos con una maleta a cuestas mucho más pesada que la de cualquier otro favorito. Hacía 24 años que no ganaba una Copa del Mundo. Casi un cuarto de siglo de intentos fallidos y generaciones doradas que regresaron a casa con las manos vacías. La última vez que la Verdeamarela se había coronado, ocurrió en México 1970 cuando Pelé se confirmó como el mejor de la historia. Ahora, de vuelta en Norteamérica, la canarinha tenía la oportunidad de romper esa histórica sequía.TE PUEDE INTERESAR: Italia 90: La Final que “manchó” Codesal, el 3er título alemán y el escándalo de los CachirulesEn 1982, aquel equipo de Sócrates, Zico y Falcão encantó al mundo pero cayó ante Italia. En 1990, otra vez la eliminación. Ahora, en 1994, Brasil estaba cansado de solo enamorar. Quería ganar. Y para eso, la Confederación Brasileña de Futbol (CBF) llamó a Carlos Alberto Parreira, un entrenador que no estaba allí para hacer amigos.Parreira llegaba con un currículum atípico. Había sido parte del cuerpo técnico del Brasil campeón en 1970, pero también había dirigido a Kuwait, Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudita y Sudáfrica. Sabía de mundiales, sí, pero también de supervivencia. Lo que no sabía era que iba a ser abucheado por su propia afición antes de cada partido. Que un periódico entrevistaría a su madre para que criticara sus decisiones, ni que Brasil casi se quedaría fuera del Mundial tras perder en La Paz contra Bolivia, la primera derrota en la historia de la selección en eliminatorias.El equipo amazónico llegó a Estados Unidos en medio de peleas internas, intervenciones de la federación y disputas por el pago de primas. Quizás no era la mejor versión de Brasil. Pero era lo único que tenían para intentar cambiar su destino.Un sistema con Dunga y Mauro Silva como anclas; Romario y Bebeto como punta de lanzaParreira no era iluso. Sabía que esta generación no tenía la magia de Pelé, ni la creatividad de Sócrates. Pero tenía, eso sí, dos delanteros extraordinarios y una defensa sólida. Su propuesta fue defender con ocho jugadores y atacar con dos. El esquema 4-4-2 se volvió a veces un 4-2-2-2, con dos mediocampistas defensivos, Dunga y Mauro Silva, que rara vez cruzaban la mitad de la cancha.Muchos consideraron excesiva tanta precaución. Pero Parreira sabía que los equipos brillantes de Brasil en el pasado habían fracasado por su fragilidad defensiva. Él no iba a cometer el mismo error. El problema es que esa solidez defensiva se pagaba con un precio: la creatividad brillaba por su ausencia.Rai, el capitán y hermano del legendario Sócrates, fue titular en la fase de grupos y luego relegado al banquillo. Parreira prefirió a Mazinho, un jugador útil pero sin chispa. En la banda izquierda, Zinho vestía el número 9 pero parecía un número 6. El fútbol vistoso no estaba en el manual. La eficacia, sí. Porque arriba estaban Romario y Bebeto.El Mundial comenzó poco más de un mes después del trágico fallecimiento del piloto brasileño de Fórmula 1 Ayrton Senna, el 1 de mayo de 1994. Por aquel entonces, el extraordinario conductor era el héroe nacional de Brasil.“Con la muerte de Senna, Brasil se ha quedado con un vacío”, declaró Romario antes del torneo. “Si logro llevar a Brasil a su cuarto título mundial, sin duda seré un posible sustituto”, continuó.La lucha de egos y la forma en que Brasil lo resolvióRomario y Bebeto eran dos delanteros extraordinarios, pero no podían verse ni en pintura. La historia de su rivalidad venía de lejos. Cuando Romario dejó el Vasco da Gama para irse a Europa, Bebeto fue su reemplazo en un traspaso polémico. Luego se enfrentaron en España, cuando Bebeto jugaba en el Deportivo la Coruña y Romario en el Barcelona. El club blaugrana le arrebató el título al Dépor en la última jornada por un penalti fallado. La tensión era palpable.Poco antes del Mundial, Romario anunció en rueda de prensa que no se sentaría al lado de Bebeto en el avión. Pero en la cancha, la magia aparecía. Romario marcó cinco goles, todos ellos el primero de su equipo. Bebeto anotó tres y dio asistencias clave. Juntos formaron una dupla letal. La prensa brasileña, obsesionada con su mala relación, organizó una rueda de prensa especial antes de la semifinal para que ambos dijeran que se llevaban bien. Y Romario fue honesto.“Somos personas diferentes. Bebeto es muy familiar, se queda en casa. Yo soy un chico de la calle. Lo único que tenemos en común es que ambos marcamos goles”, dijo en aquella ocasión.El penalti de Roberto Baggio que se fue al cielo y el abrazo sin palabrasLa final contra Italia fue un partido duro, feo, disputado bajo un calor sofocante en Pasadena, California. Los dos grandes goleadores del torneo, Romario y Roberto Baggio, llegaban tocados. Brasil fue superior, pero no logró concretar. El 0-0 se prolongó durante 120 minutos.Y por primera vez en la historia, una final se decidiría en los penaltis. Baggio tomó el balón… y lo mandó por encima del travesaño. Brasil era campeón otra vez.En la otra cara de la moneda, Baggio vivió una de las escenas más dolorosas del fútbol mundial. Su fallo en la tanda de penaltis lo condenó a la derrota y marcó su carrera.“Es una herida que nunca cicatriza”, dijo Baggio sobre su infame fallo tiempo después. “Soñaba con jugar una final de la Copa del Mundo desde niño, pero nunca pensé que pudiera terminar así. Hasta el día de hoy, todavía no lo he aceptado del todo. Me atormenta”.Perder una Copa del Mundo en penaltis es cruel, pero fue aún más duro para Baggio, figura clave de Italia. Antes de la final había sido el mejor jugador del torneo, decisivo ante Nigeria, España y Bulgaria.“Cuando me acerqué al punto de penalti estaba bastante lúcido”, recordó. “Sabía que Taffarel se tiraba… pero el balón se fue por encima del larguero”.Y así, entre gloria y tragedia, el fútbol escribió una de sus páginas más icónicas.Fotos: MexsportThe post Mundial 1994: La resurrección de Brasil de la mano de Romario y el fantasma de Roberto Baggio first appeared on Ovaciones.