En A Pontenova hay una forma distinta de medir el tiempo. No se cuenta por meses ni por estaciones, sino por regresos. Y el más importante ocurre cada primavera, cuando el río Eo vuelve a llenarse de gente y la Festa da Troita sitúa al pueblo en el mismo lugar en el que siempre ha estado: frente al agua. La escena se repite con variaciones mínimas desde hace casi medio siglo. Pescadores que madrugan, silencio contenido en la orilla, conversaciones que se retoman como si no hubiera pasado el tiempo. Pero bajo esa continuidad late un cambio profundo: lo que empezó como una celebración en torno a un recurso natural se ha convertido en una afirmación consciente de su fragilidad. El Eo no es un río cualquiera. Forma parte de la Reserva de la Biosfera Río Eo, Oscos y Terras de Burón, un reconocimiento que no solo protege, también obliga. Sus aguas, frías y oxigenadas, sostienen especies sensibles como la trucha común o el salmón atlántico, cuya presencia depende de un equilibrio cada vez más delicado. Ese equilibrio es hoy el verdadero protagonista de la fiesta, aunque no siempre se vea. Hay quien dice —y lo hace en voz baja— que el Eo no siempre devuelve lo que se le pide. Que hay días en los que la trucha no muerde, no por azar, sino porque el río decide. Puede parecer una leyenda o una forma poética de explicar lo que la biología resuelve con datos. Pero en A Pontenova ambas cosas conviven. Y quizá por eso la Festa da Troita sigue teniendo sentido. La edición de 2026, que se celebra entre el 30 de abril y el 2 de mayo, arranca con una imagen que resume bien ese equilibrio: la comitiva reunida frente a la gran trucha metálica del Paseo do Pescador, probablemente la más fotografiada —y, dicen, la más grande— del mundo, intervenida por el muralista Diego As, encargado además de dar el pregón de este año. Desde allí, acompañados por gaitas, avanzan hasta las Pedras de Honra, donde se reconoce a quienes han sostenido la fiesta durante décadas. La jornada continúa en el Museo da Pesca de A Pontenova, donde se presenta una de las grandes novedades de esta edición: la remodelación del espacio para acoger una donación anónima de valor excepcional. Cañas, carretes y aperos de pesca —algunos fechados entre 1910 y 1940— amplían una colección ya única por volumen y valor etnográfico. No es exagerado decir que no hay otro igual: más que un museo, es una lectura técnica y cultural de la relación entre el ser humano y el río. En ese punto aparece la voz de Eduardo Fernández, que sintetiza el sentido profundo de la celebración: «A Pontenova ha conseguido poner en el mapa a un pueblo gracias a su río y a su gente. Pero lo más importante no es la fiesta en sí, sino la pasión con la que se cuenta el territorio». Fernández insiste en una idea que atraviesa toda la celebración: «El valor de esta fiesta está en lo auténtico, en ese sabor rural que no se puede impostar. En esa verbena donde todos participan, pero donde también existe una conciencia clara: si no hay entorno, no hay trucha; y si no hay trucha, no hay nada». El periodista subraya también el papel del museo, al que define con una imagen especialmente reveladora: «El Museo da Pesca es casi una iglesia. No solo para pescadores, sino para cualquiera que quiera entender la tradición, la etnografía y la cultura popular». Pero si hay un elemento que marca la diferencia este año está en el propio río. Según explica el periodista y pescador Miguel Piñeiro, «el Eo está en unas condiciones fantásticas, no como el año pasado». El caudal, añade, favorece especialmente la pesca a mosca seca, una modalidad exigente que depende de un equilibrio muy concreto del agua: «Este año baja muy bien». Ese contexto ha permitido elevar el nivel de la cita. La demostración de pesca reunirá a cinco campeones del mundo —entre ellos el campeón individual David García Ferreras, junto a figuras como Fran Llamas, José Manuel Tejedor, Miguel Bao o Raquel Cabeza— en un cartel poco habitual incluso en competiciones internacionales. A ello se suman más de 150 pescadores inscritos en los dos concursos previstos durante el fin de semana. El 1 de mayo, sin embargo, todo vuelve al origen. A las nueve de la mañana, en el Couto de Xinzo, comienza la pesca. Aquí desaparece cualquier intento de relato. Queda lo esencial: el gesto técnico, la lectura del agua, la espera. El río deja de ser símbolo para convertirse en territorio. A mediodía, la demostración de pesca a mosca introduce otro nivel: el del conocimiento especializado. Nombres con títulos internacionales convierten el Eo en un espacio de precisión. Pero incluso en ese contexto, el río sigue imponiendo sus reglas. La previsión de asistencia confirma el crecimiento sostenido de la fiesta: entre 10.000 y 20.000 personas podrían pasar por A Pontenova a lo largo de los tres días, favorecidas este año por el calendario en fin de semana. Un aumento que obliga a repensar también el equilibrio entre celebración y conservación. Porque si algo define hoy a la Festa da Troita es la asunción de los límites. La presión sobre los ecosistemas, el impacto del cambio climático o la regresión de especies han obligado a replantear prácticas que durante años se daban por sentadas. La fiesta no se sitúa al margen de ese debate. Lo incorpora. El último día, con la actividad «Aprende a pescar», esa idea se hace explícita. No se trata solo de enseñar una técnica, sino de transmitir una forma de relación con el entorno. De explicar que pescar no es extraer, sino interpretar. Fernández lo resume en una recomendación que suena casi a advertencia: «Hay que parar en A Pontenova. Hay que ver el río, pasear por el pueblo, hacerse una foto con la gran trucha. Pero, sobre todo, hay que entrar en el museo. Porque ahí es donde se entiende todo». En un momento en el que muchas celebraciones tradicionales se han convertido en productos turísticos sin contexto, A Pontenova ha optado por un camino más exigente: crecer sin romper el vínculo con lo que la hace posible. Al final, todo vuelve al mismo lugar. Al Eo. A ese río que lleva y que trae. Que da y que niega. Y que, cada primavera, recuerda a quien se acerca algo esencial: la naturaleza no siempre responde. Y quizá ahí reside, precisamente, su valor.