Antonio Martínez, el maestro del tenis español: de Santana y Orantes a Jódar y Landaluce

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El año pasado se cumplieron cincuenta años del US Open que conquistó Manuel Orantes, ante Jimmy Connors, primero para la vitrina nacional. Este próximo julio se cumplirán 60 años de la hazaña de Manolo Santana en Wimbledon, campeón ante Dennis Ralston (6-4, 11-9 y 6-4), primero para la vitrina nacional. Hay un nombre que une estos dos hitos, y sin cuya aportación no habrían sido posibles: Antonio Martínez. Este apasionado de la raqueta, que falleció el pasado 18 de abril, acompañó a los dos campeones españoles, y a muchos más, durante los días en los que se ve todavía muy lejos el triunfo, en el escondite del día a día, en la oscuridad de la preparación que solo se lleva aplausos, y no siempre, si acaba bien. Pero además de sentarse en el banquillo de Santana y Orantes, fue el mentor, el guía y el profesor de muchos de los nombres que sacaron lustre al tenis nacional en los últimos años: Fernando Verdasco, Feliciano López, Pato y Pepo Clavet, Quino Muñoz, Ernesto Vázquez, Tati Rascón. Y sí, también se puede considerar el 'abuelo' de los que se repartirán los títulos en el futuro, con Martín Landaluce y Rafa Jódar. Para Martínez, el tenis comenzó en la infancia y casi por obligación. «Mi padre llegó al tenis para llevar dinero a casa. Se marchó con mi tío, su hermano Emilio, que llegó a ser capitán de Copa Davis, a servir como recogepelotas en el club de tenis Velázquez», cuenta para ABC Natalia Llerandi, hija de Martínez. En esa primera incursión a una pista de tenis también los acompañaba su vecino, puerta con puerta, aquel Manolito que llegaría a ser leyenda. Nació una pasión y la raqueta comenzó a ser parte de sí mismo; y no se le dio nada mal: seis veces campeón de España de dobles y también en dobles mixtos. Pero a los 16 años lo consideraron profesional, lo que le cerró las puertas de los grandes torneos, donde se graban los nombres en la historia, pues solo admitían a tenistas amateurs. Sin embargo, aceptó la situación y cambió el rumbo: se dedicaría a la enseñanza. Creó y fundó con Santana, la Escuela Nacional de Maestría, y sus consejos traspasaron torneos, fronteras y generaciones. Fue el que diseñó los entrenamientos para que el propio Santana conquistara un torneo tan esquivo para los españoles como Wimbledon, que se disputaba en hierba. Con los ilimitados recursos de su imaginación y su devoción por el tenis, fue quien propuso que la preparación se celebrara en la Ciudad Deportiva del Real Madrid, que tenía un pabellón cubierto y con suelo de madera. «Así perseguía asemejar las condiciones del torneo legendario sin salir de Madrid, pues la pelota corría mucho más al contacto de la madera», explica Llerandi. También tiene mucho que ver en otra conquista inimaginable como la de Orantes en el US Open de 1975. Porque Martínez era un buen tenista, pero un todavía mejor instructor y profesor, que enseguida veía las fortalezas y los posibles fallos, y ofrecía soluciones para la mejora constante. La enseñanza fue su motor, y sus consejos, queridos y codiciados por todos. Fue quien apostó por la escuela, por el entrenamiento, y por impulsar un club, el Chamartín, que fuera epicentro para las generaciones presentes y futuras sin tener que salir de Madrid. «Fue un desconocido, pero muy conocido. Y en la mayoría de propuestas en las que trabajaba lo hacía de manera altruista. Lo ha hecho siempre por devoción. Casi diría que por obsesión«, prosigue Llerandi. «Estuvo como capitán del equipo de Chamartín y para todos era 'el gran capitán'. Creaba un ambiente de equipo fantástico, era bromista, amable. Siempre querías estar en el equipo, porque siempre había anécdotas y bromas. Era maravilloso. Y tenía unos conocimientos del tenis espectaculares. El Chamartín siempre ha sido la cuna de los mejores tenistas de Madrid. Ganaban casi todos los campeonatos. Y ese éxito está, sin duda, asociado a la figura de Antonio Martínez», refleja a este diario Pato Clavet, ocho títulos en su haber, y que se incorporó a la escuela desde la Ciudad Deportiva del Madrid, y añade: «Destacaba como jugador, entrenador y como persona; era cariñosísimo, entrañable, siempre con una sonrisa; se hacía querer por todos. Es una de las persona que más ha contribuido al crecimiento del tenis en Madrid». En ese club Chamartín, en el que «propuso construir las pistas cubiertas», formó una cantera de campeones a partir de sus conocimientos prácticos del tenis. «Es una buena escuela, con una buena metodología y él era muy buen profesor; creó una estructura muy buena. Es de la época de Santana y Mandarino; eran jugadores muy intuitivos, autodidactas, que aprendieron un poco del prueba y error. Jugaban con el instinto, con lo que sentían, y fueron buscando su camino, también en la enseñanza», dibuja Clavet, que apunta: «Han cambiado mucho los tiempos. La tecnología ayuda muchísimo en muchas cosas, pero había mucho de la intuición de ellos y su aprendizaje que era hasta mejor que toda la información que podemos tener ahora con tanto número y tanta estadística. Quizá se ha perdido un poco ese toque humano que ofrecía, que es fundamental y que nos hacía especiales». Era el tenis, los chavales, las familias... una familia. «Dedicó su vida al Chamartín. Se dejó la vida y el físico por ese club. Tenía mal la rodilla, la cadera, tenía una prótesis. Pero todo era por su tenis. Por el tenis, por el 'chamar' y la gente del 'chamar'. Era su familia», señala Llerandi. Y esa familia le está devolviendo estos días el cariño por todos los servicios y sonrisas prestadas. De forma privada y de forma pública, como ese mensaje de la familia Landaluce, con Martín al frente: «Antonio, vaya legado que has dejado. Tu presencia en el club se notaba en todas las pistas en las que subíamos de nivel para que no nos cayera bronca. Gracias, de verdad, por todos estos años de sabiduría, dedicación y cariño tan inmenso que nos has dejado». O como el de Jódar cuando recordó a su maestro mientras disputaba el torneo Conde de Godó. «Le ofrezco mi partido a Antonio Martínez porque era una leyenda. Hay cosas más importantes que el tenis y quiero dar el pésame a su familia», declaraba el chaval. Ese chaval que, cuenta Llerandi, ya lo señaló Martínez como un campeón en ciernes. «En cuanto lo vio jugar, me dijo que si seguía así, llegaría muy lejos. De hecho, le estuvo siguiendo la trayectoria y sus partidos con la tablet, es como su último hijo». «Fue un personaje quizá un poco olvidado o eclipsado por otros jugadores, y su labor se reconoció más después de su carrera. Quizá Jódar es, precisamente, el mejor reconocimiento a todo su trabajo. Esta es la manera de reclamar ese protagonismo de haber creado la cuna de los mejores tenistas de Madrid», subraya Clavet sobre Antonio Martínez, maestro del tenis español pasado, presente y futuro.