Audrey Hepburn, la actriz que sobrevivió a la malnutrición, el abandono paterno y las traiciones amorosas

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Protagonista de clásicos inolvidables como Vacaciones en Roma, Desayuno con diamantes y My fair Lady, Audrey Hepburn llegó a convertirse en una de las estrellas de cine más taquilleras del mundo. Pero es que además conquistó los máximos galardones del espectáculo hasta alcanzar el codiciado EGOT —Emmy, Grammy, Óscar y Tony—, un logro reservado a muy pocos artistas. Sobre esto y mucho más versa Audrey íntima (Lunwerg), la primera biografía oficial de la actriz, escrita por su hijo Sean Hepburn Ferrer, que además ejerce como guarda y custodio de su imagen, nombre e identidad desde que falleciera, en colaboración con la escritora británica Wendy Holden. Nacida en Bélgica, la mujer más próxima a la realeza que llegaría a pisar Hollywood estudiaba en un colegio de Kent, en Inglaterra, cuando estalló la Segunda Guerra Mundial. Su madre, que era baronesa, creyó que estaría más segura en Holanda, su tierra natal, así que la embarcó rumbo a Ámsterdam. Pero cuando al cabo de seis meses los nazis invadieron Holanda y casi matan de hambre a la población con el fin de alimentar a su propia gente, la actriz estuvo a punto de morir. «Para cuando la liberaron, apenas unos días antes de que cumpliese dieciséis años, en mayo de 1945, su estado de salud era tan delicado (estaba malnutrida y sufría ictericia) que los médicos le dieron escasas semanas de vida», apunta Sean sobre una situación que le dejó a aquella el sistema inmune tocado de por vida. El ballet fue la primera y más duradera pasión de Audrey, que pasó varios años formándose para ser bailarina profesional. «El único problema es que mamá creyó que le sobraba estatura y le faltaban curvas para conquistar los escenarios», puntualiza Sean. Pero aquel sueño suyo quedó hecho añicos cuando su profesora le dijo que jamás llegaría a ser primera bailarina «debido a la desnutrición y a los años de entrenamiento y de desarrollo muscular que se había perdido». Truncados sus planes profesionales y sin dinero, Audrey consiguió colocarse como corista en espectáculos de cabaret en Londres. Luego empezó a trabajar como actriz a tiempo parcial y, a comienzos de los cincuenta, conoció en una fiesta a Mel Ferrer, un actor y director doce años mayor que ella del que se enamoró. Audrey contrajo matrimonio con él en Suiza en 1954, y seis años después, tras sufrir varios abortos espontáneos, tuvo a su hijo Sean. Pero el complicado carácter de Mel, unido al hecho de que los tortolitos pasaban muchísimo tiempo juntos tanto dentro como fuera de casa, fue ocasionando un gran desgaste en el matrimonio. «Mi padre era un neurótico perfeccionista, a la par que conocido controlador en todas las producciones en las que [mi madre] participaba, incluso cuando no estaba directamente implicado en ellas como productor o director», apunta Sean en el libro, donde también dice que, dos años después de nacer él, la actriz se compró la casa de sus sueños en una aldea de Tolochenaz. «Al fijar su residencia en Suiza, mi madre se estaba rebelando contra Hollywood a su manera, es decir, con discreción», relata. «Se negaba a vivir en la Ciudad de las Estrellas o a hacer ostentación de su posición. Prefería el corazón de Europa, lejos del oropel, donde podía pasear a sus perros o preparar arreglos florales mientras escuchaba jazz, en lugar de asistir a galas y estrenos». En Tolochenaz se esforzó mucho para crear un hogar perfecto para su marido y su primogénito. Y cuando el matrimonio empezó a marchitarse, trató de aguantar por el amor que profesaba a su retoño y el sueño de proporcionarle una vida en una familia unida. El divorcio llegó irremediablemente en el 68, en una época en la que Audrey había dejado de trabajar para cuidar de su pequeño a tiempo completo. En realidad, Mel era el segundo hombre que decepcionaba profundamente a la actriz. El primero fue su propio padre, Joseph, que abandonó a su mujer y su hija cuando esta tenía seis años. Aquello sumió a Audrey en una inseguridad que, según se cuenta en el libro, «marcó cada una de sus decisiones a lo largo de su vida, sobre todo en su relación con los hombres». Luego, siendo ya una estrella, la actriz logró localizar a su progenitor, con quien se citó en un hotel de Dublín. «Fue muy frío. Me trató con indiferencia y eso me dolió profundamente», confesaría luego la intérprete, que, a pesar de todo, le estuvo apoyando económicamente hasta el fin de sus días, enviándole dos mil dólares al mes. Tampoco salió como esperaba su romance con Andrea Dotti, un psiquiatra italiano de treinta años por el que se instaló en Roma y con quien tuvo a su hijo Luca. Aunque este segundo matrimonio solo funcionó los primeros años. «El resto se lo pasaron poniendo parches y tratando de dar con la manera de seguir juntos, más que nada porque ella no quería herir a mi hermano pequeño, Luca», señala Sean, quien añade que la intérprete acabó consumida por las infidelidades de su marido, que además se dedicaba a hacerle luz de gas. Tras obtener el divorcio en 1982, Audrey conoció a su última pareja, Rob Wolder, un holandés que a los veinte años emigró a Estados Unidos para hacerse actor y participó en varios programas de televisión. Entonces sintió que por fin había encontrado a un hombre en el que poder confiar. «El constante aliento y la devoción inquebrantable de Rob consiguieron que mi madre hiciera las paces consigo misma y reforzara su amor propio», apunta su hijo, quien también recuerda que el susodicho estuvo al lado de la actriz en todos los viajes con UNICEF, de la que durante un lustro, ya en la madurez, ejerció como embajadora de buena voluntad. Firme defensora de la infancia, Audrey quiso emplear su fama para recaudar fondos y llamar la atención pública sobre distintos lugares que necesitaban ayuda. De hecho viajó por algunos de los rincones más desfavorecidos y peligrosos del planeta, como Etiopía, Bangladesh y Sudán. «Lo que asombra a la gente es que, aun cuando solo recibía un simbólico dólar al año por su trabajo con UNICEF, era ella la que se pagaba los billetes de avión o buscaba patrocinio para ser testigo de horrores indescriptibles. Le parecía inmoral volar en primera clase a cualquier zona de desastre, así que viajaba en clase turista y se alojaba en hoteles modestos o en los propios campamentos, con el personal». En su misión a Somalia, la última y más desgarradora de todas, comenzó a sufrir fuertes dolores de estómago, pero se negó a adelantar el regreso a casa. De vuelta en Suiza, su gente se preocupó bastante al verla tan cansada, delgada y tensa. Fue entonces cuando Audrey visitó a un especialista y le hicieron una serie de pruebas cuyos resultados no fueron concluyentes. Ya en noviembre del 92 acudió al centro médico Cedars-Sinai para someterse a una laparoscopia exploratoria. Dos horas después, los médicos tenían su diagnóstico y era lo que todos temían: cáncer. «Dijeron que había empezado en el apéndice unos cinco años antes, para a continuación hacer metástasis y extenderse al abdomen como un finísimo velo», apostilla Sean. Aunque pudo recibir quimioterapia, aquello no dio resultado y su doctor le acabó diciendo que ya no había nada que hacer. Audrey expresó entonces su deseo de pasar aquellas Navidades en su casa suiza, con la familia y los amigos más íntimos. Los médicos dijeron que estaba demasiado enferma para tomar un avión de línea regular, pero el modisto Givenchy, del que había sido musa, puso a su disposición un avión privado que llenó de rosas para el viaje. Muy poco después, concretamente el 20 de enero, la actriz de 63 años dejaba este mundo con la misma elegancia con la que había vivido.