Cuando el tiempo embiste

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La memoria del toreo es caprichosa, pero también, a su manera, profundamente justa. A veces tarda. A veces se demora en conceder lo que el pulso, la verdad o el sentimiento ya han dictado en la arena. Pero cuando finalmente llega, lo hace con una contundencia que parece borrar el agravio anterior. Así fue la tarde de Juan Pablo Sánchez en Aguascalientes: no como un golpe de fortuna, sino como una restitución.TE PUEDE INTERESAR: Cruz Azul en problemas: Toro Fernández se pierde la ida ante Atlas por lesiónPorque el toreo —ese arte que se mide en instantes pero se construye en el tiempo— no olvida. Apenas unos días antes, el hidrocálido había dejado en el ruedo una obra sin premio tangible, varada en el filo de la espada, como tantas veces sucede cuando la forma no logra cerrar lo que el fondo ya había conquistado. Aquella tarde, el acero le negó lo que la muleta había ganado. Y sin embargo, algo quedó suspendido en el aire, como una promesa sin cumplir.Hoy, en la Monumental de Aguascalientes, esa promesa encontró cauce.No fue, conviene decirlo, una tarde fácil. El encierro de Pozo Hondo, deslucido y falto de transmisión, impuso un tono gris, de esos que obligan al torero a inventar donde no hay, a sostener donde todo se cae, a insistir cuando el toro no dice. A ello se sumó el viento, incómodo, traicionero, ese enemigo invisible que descompone las telas y desdibuja los trazos. En ese contexto, la corrida parecía destinada a diluirse en la medianía.Pero el toreo, cuando es auténtico, se abre paso incluso en la adversidad.El primer capítulo de Sánchez, con “Zahur”, fue el de quien sabe que la tarde no será regalada. Hubo aspereza, dificultad, una embestida que no terminaba de entregarse, sobre todo por el pitón derecho. Allí, el torero no encontró complacencias, pero sí un terreno donde afirmarse. Más que lucimiento, hubo determinación. Más que belleza, firmeza.Era, si se quiere, el prólogo necesario.Porque lo que vino después con “Tamborazo” no fue una casualidad, sino la consecuencia.Hay faenas que nacen de la inspiración súbita, de ese chispazo inexplicable que prende en un instante. Y hay otras —más profundas, acaso más verdaderas— que se construyen desde la conciencia, desde la madurez de quien ha entendido su lugar en el toreo. La de Juan Pablo perteneció a esta última estirpe.Desde la brega, el torero marcó territorio. No hubo estridencias, sino una forma de estar que imponía orden. Y ya con la muleta, el tiempo empezó a adquirir otra dimensión. Cada muletazo parecía dilatarse, respirar, encontrar su propio compás.Sánchez toreó despacio. Pero no como un gesto estético, sino como una necesidad interior. Cada pase llevaba una intención clara: someter, conducir, templar. El toro respondió dentro de su nobleza.Y en ese encuentro —siempre frágil, siempre incierto— surgieron los momentos de verdad.Hubo muletazos largos, de trazo limpio, donde el cuerpo del torero se erguía con naturalidad. Hubo también un diálogo silencioso entre hombre y animal, en el que el público dejó de ser espectador para convertirse en testigo.Y entonces, lo que unos días antes había quedado inconcluso, empezó a cerrarse.La estocada, esta vez, no falló. Entró arriba, con decisión. Y en ese instante —brevísimo, definitivo— se completó el círculo. Las dos orejas no fueron un exceso ni una concesión: fueron la medida exacta de una obra que encontró su culminación.Más allá del triunfo de Sánchez, la tarde dejó otros matices. Diego Silveti mostró capacidad de sostenerse en la nada, mientras que Juan Ortega dejó ver su concepto, con verónicas de gran lentitud y una oreja discutida pero significativa en lo artístico.Pero la tarde quedó marcada por la historia de Sánchez. Sobre esa justicia tardía que termina por imponerse. Sobre la persistencia de un torero que volvió a ponerse delante con la misma fe.Y sobre la certeza de que en el toreo —como en la vida— nada se pierde del todo: solo se transforma.Fotos: Manolo Briones The post Cuando el tiempo embiste first appeared on Ovaciones.