La conmoción provocada en la opinión pública por el caso de Noelia Castillo, la joven que accedió a la eutanasia por sufrimiento psíquico y que abrió un debate jurídico, médico y ético sobre sus límites en situaciones de enfermedad mental, no ha hecho más que agravarse con las recientes declaraciones de su madre , que pide ahora la derogación de la norma. Se suma así a la posición del padre, que sostuvo durante dos años y sin éxito un largo proceso judicial para evitar la muerte de su hija. Lo que se presentó como una 'muerte digna' y un supuesto éxito del ejercicio de la libertad individual para decidir el propio final se va ensombreciendo con el paso del tiempo. Las dudas, lejos de disiparse, crecen y llaman a plantearse casos futuros. El hecho de que la madre sostenga ahora que su hija no recibió determinados tratamientos, que tenía «la vida por delante» y que no padecía dolores físicos crónicos ni se encontraba en situación terminal añade sombras a un caso que, más que consolidar derechos, ha expuesto grietas en su aplicación. El caso de Noelia Castillo obliga, en primer lugar, a la máxima prudencia. Nadie debería cuestionar el sufrimiento que una persona pueda padecer, tampoco cuando ese dolor es de naturaleza psíquica. Pero esa misma complejidad exige extremar las garantías. Aquí surge la duda de fondo: si se aplicó una medida irreversible a una situación cuya evolución, por definición, es incierta. La eutanasia, en estos supuestos, deja de ser un acto individual para situarse en el ámbito de la responsabilidad pública, y en todos los casos encierra el dilema ético de si la Administración está legitimada para terminar con una vida que podría tener sentido en un futuro. Ignora que la vida siempre tiene sentido y dignidad por sí misma. Porque cuando interviene el Estado ya no se trata solo de respetar una voluntad, sino de asegurarse de que esa voluntad está suficientemente protegida, acompañada y contrastada. La principal incógnita es si, ante un sufrimiento difícil de objetivar y potencialmente variable en el tiempo, se actuó con la cautela exigible. El monstruo que anida en la eutanasia se comprende al constatar que por la naturaleza de la solución el margen de error no admite corrección. La confesión de la madre introduce, además, una dimensión inquietante: la posibilidad de que la decisión no fuera tan firme o irreversible como se supuso. Si el entorno más cercano expresa ahora dudas, el sistema debería preguntarse si puede asomarse a esas dudas. La eutanasia, una medida de natural imprudente, plantea un problema que trasciende el ámbito personal. Afecta al papel del Estado, a sus límites y a sus responsabilidades. Cuando lo irreversible entra en juego, la prudencia deja de ser una virtud y se convierte en una obligación. En casos como este, la pregunta no es solo si se podía hacer, sino si se debía hacer. Y esa es una cuestión que, a la luz de lo ocurrido, sigue abierta, interrogando de frente a un Estado que administra la muerte –'digna'– sin siquiera valorar la opción de unas terapias paliativas que en el caso de la enfermedad mental cobran aún más sentido. Se trata de salvar vidas, no de terminar de destruirlas.