Tiempos de homofobia

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Que dos personas se quieran, se amen, se admiren mutuamente y lo manifiesten en público, desnudos de intimidad, ante una mirada colectiva puede derivar en un lamentable episodio en estos tiempos de desbordante homofobia como el ocurrido el pasado 3 de agosto en pleno centro de Pontevedra cuando una pareja de jóvenes disfrutaba de una tarde/noche del verano atlántico. Tras besarse al salir de una tienda ubicada en una céntrica calle de la ciudad – algo que suelen hacer los seres humanos para manifestar sus sentimientos cuando comparten sus vidas en pareja –, un grupo de cuatro energúmenos reaccionó haciendo uso de manual del cavernícola: "el homo disociado del sapiens". Y decidieron recurrir a la agresión física y verbal como respuesta reaccionaria al comprobar que eran testigos de una elección diferente. Por desgracia, la pareja fue increpada, insultada y golpeada por unos desconocidos envenenados de intolerancia. Ante lo sucedido, su libertad personal se vio allanada, lesionada, interrumpida por la exaltación de un único modo de entender las relaciones íntimas y privadas. Fueron víctimas de una castración emocional, despojados del derecho a ser felices frente a los ojos de una sociedad que aún acusa un amplio margen de mejora en el largo camino hacia la pluralidad. Este nuevo intento de imponer por la fuerza la denominada visión heteropatriarcal tuvo consecuencias: como resultado de una laboriosa investigación de la Policía Nacional, dos de los cuatro implicados en los incidentes fueron detenidos y puestos a disposición judicial. Se les acusa de haber desplegado con radicalidad una ideología que habilita espacios cómodos, otorga poder de decisión y concede supremacía al sexo masculino por encima del resto: una auténtica licencia libre de obligaciones y colmada de supuestos derechos, que abre la puerta a la discriminación de las mujeres por el mero hecho de serlo, y al ataque con desbordante homofobia hacia las personas del colectivo LGBTIQ+. La práctica del odio y la homofobia, independientemente de su nivel de intensidad, está considerada como delito en el Código Penal. Por ello, debe imponerse una condena que repare, en la medida de lo posible, lo sucedido. Y, ya de paso, si se puede, que contribuya a reinsertar con otros valores, alejados de la discriminación, la aversión y la violencia contra quienes deciden vivir de forma distinta. Porque, para quien aún no lo haya entendido, en pleno año 2025, la diversidad ya no es solo un hermoso concepto ni un horizonte inalcanzable. Es una realidad extendida, profundamente enriquecedora para nuestro presente y también para nuestro futuro, que solo espera casarse con la igualdad en algún momento. Una amalgama de colores que nos permite elegir diversas formas de existir, avanzar como especie, contribuir al progreso y, en definitiva, poner a prueba el bueno uso o no de nuestra inteligencia. De nosotros depende qué puentes estamos dispuestos a seguir cruzando. Aunque, por experiencia, sabemos que algunos se han convertido en auténticas emboscadas políticas y sociales.