Formación y Educación. ¿Qué está en juego?

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Sin lugar a duda, uno de los pilares esenciales de cualquier sociedad es la educación. La labor educativa se debe concebir –y debe ser atendida– con el grado de importancia que supone ser elemento básico y principal para cualquier comunidad. Constitucionalmente, la educación se contempla como derecho fundamental, y socialmente se ha demostrado como un factor fundamental para la progresión individual y colectiva. Sin embargo, en un contexto de profundos cambios, como los actuales, queda la sensación de que no hacemos lo suficiente por cuidar la formación, y nuestro sistema educativo sigue adoleciendo de problemas estructurales pendientes. Los vaivenes del marco normativo y el constante cuestionamiento de sus elementos estructurales más importantes, a veces por motivos inconfesables ajenos al interés general, perjudican la necesaria estabilidad del sistema y hacen aún más evidentes las carencias. La permanente confusión entre coyuntura y estructura complica incluso la mera definición de los objetivos que se deben cumplir, que no deben ser otros que conseguir tener una ciudadanía bien formada, pieza esencial de cualquier sociedad auténticamente libre y realmente democrática.  En este sentido, es necesario, por ejemplo, tener claros los conceptos más básicos ante la irrupción y rápida evolución de las tecnologías de la información; la eclosión de las redes sociales como principal –cuando no única– vía de información (e incluso de formación) de muchas personas, en particular jóvenes (incluso niños en su etapa de formación más crítica); así como el desarrollo de los sistemas inteligentes basados en datos (recaudados anónimamente con el consentimiento implícito derivado de la interacción en las redes sociales). Todos ellos son aspectos que exigen un nuevo abordaje, también desde la perspectiva de nuestro modelo de enseñanza y de formación.  Estas cuestiones están asumiendo un protagonismo, larvado pero evidente, en la convivencia democrática y en el estado de opinión de los ciudadanos y ciudadanas. Esta nueva realidad, presente a nivel global desde hace tiempo, supone lo que el premio Princesa de Asturias Byung-Chul Han denomina “régimen de la información”, una “forma de dominio en que la información y su procesamiento mediante algoritmos e inteligencia artificial determina de modo decisivo los procesos sociales, económicos y políticos”; pero que, lejos de apoyarse en “la verdad”, sienta sus bases en una pretendida información no necesariamente veraz que crea una crisis de confianza, se asienta en modelos cada vez más identitarios y aboca a un cuestionamiento del propio sistema democrático. Lo triste es que esta visión no es imaginada.  Puede contrastarse con relativa facilidad.  La “crisis narrativa” que asumen estos recursos de identidad son, además, claramente interesados y se basan en lo que podríamos llamar el fomento de la ignorancia.  Es más, la conexión entre los nuevos populismos y las grandes tecnológicas gestoras de datos (de todos nuestros datos) se está poniendo de manifiesto cada día con mayor claridad, mostrando una relación de intereses que parece bastante clara y que dista mucho de perseguir y conseguir el interés común. Esta crisis formativa e informativa socava los pilares más elementales de la convivencia, cuestiona el valor del otro, se basa en un individualismo mal entendido sobre la base de una falaz pretensión de libertad individual y rechaza el bien común. Por ello, vemos como recurrente el cuestionamiento de cualquier pago de impuestos, el rechazo a modelos de protección social basados en la solidaridad intergeneracional, o, de manera reiterada y con mayor impacto actual, la negación del cambio climático.  Además, todos estos debates, que podrían ser legítimos si se basaran en el contraste de ideas y de proyectos de sociedad, se reducen a la negación de lo evidente.  Por ejemplo, nunca ha sido cuestionado tan abiertamente el progreso científico, o cualquier hecho contrastado o evidente. Teorías auténticamente delirantes (la Tierra es plana), superadas hace más de dos mil años (Eratóstenes), se extienden sin rubor en redes en una espiral conspiranoica que sería divertida si no fuera la grave demostración de un auténtico estado de la sociedad.  Es cuando menos curiosa la necesidad de responder con los mismos medios para defender lo obvio, situando el “debate” en un pretendido plano de igualdad.  A veces resulta, incluso, más delirante la necesidad de contrarrestar estas teorías con argumentos ampliamente conocidos porque demuestra el riesgo de caer en un “estado de la ignorancia” (entendida esta ignorancia como el desapego al saber).  Especialmente preocupante es la costumbre, hoy consolidada, de acudir a esas “razones identitarias” como legitimadoras para cuestionar incluso las instituciones básicas de la democracia y para la negación de la transparencia debida de información veraz.  Uno de los problemas potenciales sería, justamente, que la acción política asumiese sin más esta nueva realidad sin cuestionarla y sin proponer las medidas adecuadas para reforzar la posición social y la referida búsqueda del bien común y la atención real a las necesidades ciudadanas.  Equivocarse en esto provocaría una mayor desafección, si cabe, de la cosa pública, generando un círculo vicioso.  El debate no puede estar sólo en la “construcción del relato”, porque es tanto como asumir los presupuestos populistas de acción, y la “adopción de medidas” estructurales no puede quedar reducida a una guerra de información donde, como decimos, la verdad es lo menos relevante. Por otro lado, la necesidad de contar con un sistema educativo potente y estable transciende la mera (y exclusiva) concepción utilitarista de este como preparación para un futuro profesional, sin perjuicio del papel que tiene que jugar ante un mundo laboral también en evolución.  Educar y formar es mucho más que el mero entrenamiento profesional.  Si nos reducimos a ello, estaríamos renunciando al contenido más esencial de formar y conformar ciudadanos y ciudadanas críticos y, en definitiva, con la capacidad real de discernimiento en que descansa cualquier concepción de auténtica libertad.  Solo con estos presupuestos constituiremos realmente una sociedad libre, no manipulable y lo más ajena posible a intereses espurios.Los tremendos incendios que han sufrido nuestros bosques este verano, nos han recordado que el principal instrumento para combatir el fuego es el cuidado de nuestros campos durante todo el año.  No dejemos que nuestro sistema educativo termine “ardiendo”. Cuidémoslo cada día.