Polilla vertical

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Este escribidor lleva varios días viendo una polilla en el mismo rincón de la escalera, en la misma posición. Da por sentado que está muerta, pero le resulta llamativo, porque está, digamos, de pie, sobre la parte horizontal del escalón, no con las alas recogidas, ni boca abajo, ni patas arriba, sino posada y con las alas extendidas como una vela, pegadas la una a la otra en una posición dignísima, como una línea fina, no están, por tanto, en ángulo, como si fuera a echar a volar, sino en precisa verticalidad. Este escribidor se pregunta si es posible que una polilla muera así y así se mantenga durante tantos días. Es una postura de muerte poco habitual, reconozcámoslo para empezar. Este escribidor se ha encontrado insectos muertos muchas veces, casi siempre del revés o de costado, a menudo con las patas retorcidas y las alas desflecadas, nunca en perfecto rezo. Una polilla de ese modo muerta indica una rigidez o fijación inusual. Hay varias razones posibles. ¿Adherencia al sustrato por secreciones o humedad? Podría haber quedado pegada al escalón por el rocío, la condensación, el sudor de alguien (las escaleras cansan); o por las efluencias al morir, nadie muere limpiamente y tampoco las polillas, aunque esta es una polilla egregia; o por las deposiciones mismas, pegamento paradójico para una muerte artística. Pero ¿por qué tan ejemplar ergonomía? Entre los insectos no se da, hasta donde este escribidor sabe, el rigor mortis, sí el bloqueo de los músculos por ciertas descompensaciones iónicas después de la muerte. Descompensaciones iónicas… Si la polilla murió con las patas extendidas y firmemente apoyadas, pudo quedar anclada a la baldosa por la tensión residual. Lo justo para no caerse. O imaginemos corrientes de aire (en realidad, desestabilizadoras; no las imaginemos ya más), o la simple presencia de carga electrostática. Es más especulativo, pero especulemos juntos, hemos venido a especular. Imaginemos que la polilla es de una especie tan liviana que ha quedado equilibrada por pura coincidencia física, y la inducción ha hecho el resto; la acumulación electrostática puede a veces, en algunos suelos plásticos, atraer partículas ligeras o alas de artrópodos. Sólo que el suelo es marmóreo, sin fisuras, sin irregularidades reseñables, y desde luego no es plástico, así que presumamos menos, o hagámoslo mejor. No está muerta del todo. Podría ser. A veces las polillas entran en una suerte de trance extático a causa del frío o de algún trauma, o por extenuación; pueden parecer muertas días, sin apenas movimiento, aunque haya ruido o vibraciones cerca. Pero ¿cinco jornadas completas?, ¿tal vez más? ¿Sin moverse un milímetro siquiera? Tal vez haya muerto de poesía. La inmutable firmeza de tan frágil cuerpecito en tan monumental postura tiene alcance escénico, teatral; hablamos de una muerte en vigilia que recuerda, cómo decirlo, a ciertas estatuas funerarias, o a los mosquitos atrapados en ámbar en mitad de un gesto vital pleno. Pobre polilla simbólica… ¿Conviene moverla, entonces, para comprobarlo? ¿Debería haber empezado este escribidor por ahí, haber mostrado más curiosidad metodológica-empírica? Si la toca (con un objeto o con el dedo) y no hay reacción, sabrá si está adherida al suelo o si la sostiene el azar. Aunque tal vez, al hacerlo, la polilla se derrumbe o descomponga y pierda su carácter eterno. ¿Puede el hombre común, en nombre de la ciencia, desbaratar un milagro? ¿Tiene derecho? ¿No es acaso su deber dejar que el enigma persista? La polilla ha elegido su postura y no nos ha dado permiso para más. Y, aun si se tratara de una improbabilísima combinación de muerte súbita en postura admirable, ligera adhesión al escalón y ausencia de perturbaciones, ¿cómo pudo conservar la figura sin ninguna clase de reacción? El insecto muere en un instante (¿tienen infartos las polillas?), deja de vivir y ya está, porque es, digamos, su momento, porque le ha llegado la hora, y, en lugar de relajar los músculos o de buscar una postura instintiva, ¿mantiene las alas arriba? ¿Es esa su postura instintiva? ¿La de la majestad? Lo raro no es la muerte, sino su silueta; la polilla se muestra augusta y serena, no encogida, no torcida, sino celeste y longitudinal, con las alas unidas en clara intención estética. Un gesto último. No es normal. Lo normal es que, al morir, los insectos pasen sin trámite al colapso físico, al descontrol neuromuscular, a la disgregación. Esto hace que escondan las alas (por relajación pasiva, naturalmente), encojan las patas, se dejen caer, vuelquen el cuerpo sobre el flanco. El que una polilla muera sin espasmos ni desafuero postrero, con gesto de sacerdotisa y alas de diosa asiria, exige una explicación –estaremos de acuerdo en eso– particular. Uno. Muerte súbita por daño interno sin destrucción externa: un paro circulatorio; el colapso del sistema nervioso central (tras exponerse, por ejemplo, a un insecticida subletal); degeneración acelerada. Cualquiera de estas causas podría detener el cuerpo sin contracciones visibles, especialmente en insectos con sistemas nerviosos muy localizados. Dos. Bloqueo postural en vida por trauma o intoxicación: la muerte llega en silencio con la exposición a insecticidas, toxinas fúngicas o bacterianas, infecciones virales que afecten al sistema motor, o parásitos internos (un huésped –verbigracia una avispa parasitoide– que infecte al anfitrión –verbigracia una oruga– y modifique su fisiología o comportamiento antes de matarlo, o hasta emerja de él, sorpresa). Esto explicaría su compostura ortogonal, su pitagórica quietud, como si se hubiera detenido en seco, sin fase de agonía ni caída. Aunque es raro en adultos, y la madurez de esta polilla queda fuera de cuestión… Tres. No es una postura activa, sino una ilusión física estática, quizá no murió en tal actitud, sino que la adoptó primero y luego simplemente se fue, por debilidad progresiva, imparable. Sin desplomarse. Qué terrible… Las patas se secaron, se aferraron al suelo con voluntad de vida, sólo el equilibrio accidental la mantuvo en pie, sin deriva ulterior. Sin queja. No llegó a caerse. Nunca… Nada es convincente del todo. Si bien lo más probable es que haya muerto abruptamente, sin reacción motora visible, en posición de semirreposo, con adhesión mínima al suelo, o que un bloqueo muscular previo al deceso, por intoxicación o enfermedad, le haya petrificado el porte antes de la despedida, o que haya muerto en posición de espera, con las patas encajadas, secas…, ninguna de estas causas sería habitual y todas exigirían una confluencia inusual de factores físicos o biológicos. Así que, cuanto este escribidor trata infructuosamente de convertir en verso congelado, esa perpendicularidad desafiante, esa inmanencia muda, no es una proyección estética arbitraria, sino un suceso inexplicable que, con toda probabilidad, no volverá a repetirse. Nunca este escribidor volverá a ver nada igual. Tal vez la polilla no eligió morir como lo hizo, pero su muerte fue exacta. Y peculiar. Esto piensa este escribidor mientras mete ocho huevos en una olla mediana, dos para comer enseguida, seis para guardar en la nevera. Prefiere colocarlos antes, mientras el agua está aún fría y puede proceder con cuidado, para no romper la cáscara. Y avivar el fuego después. Aunque uno flota un poco... ¿Será por algo malo? ¿Qué podría significar?