A las 11.30, mientras Ignacio Díaz Tapia, empresario imputado, no declara nada, da respuestas sinuosas y se pega a su abogado buscando protección o calor, quién sabe, un hombre grandullón se repantiga a duras penas en una sillita junto a la puerta de los aseos del Tribunal Supremo, viendo entrar y salir a periodistas apurados. Frente a él, en un pasillo luminoso del edificio, una mujer joven cuchichea junto a otras dos personas, y esos susurros son todo lo que se escucha fuera de la sala. La chica lleva mascarilla negra, gafas de sol negras, ropas negras y una probable peluca negra de pelo muy liso. El primero es Joseba García Aguirre, hermano de Koldo García Aguirre. La segunda es Jésica Rodríguez, expareja de José Luis Ábalos, mujer en el ojo del huracán por muchas razones; la principal en este juicio, ser contratada en un empleo público en atención al afecto que el entonces ministro José Luis Ábalos tenía por ella. Por eso Jésica nunca fue a trabajar: porque a veces uno, con la edad, comprende que cuando te regalan muchas cosas, el trabajo eres tú. Seguir leyendo