'Una bufetada a temps': Pedagogía boba, niños dictadores

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La sentencia resuena en la memoria de varias generaciones: un bofetón a tiempo previene de males mayores . Pasamos de una época en que todo se solucionaba a mandobles a otra en la que el progenitor o profesor acaba agredido por el vástago o educando. Un abuelo le pega un bofetón a su nieto de ocho años después de que la criaturita le llamara hijo de puta. El niñato se chiva al profesor y la escuela convoca una reunión para comunicar a la familia que, amparándose en la ley de 2007 (calendas zapateriles), se va a presentar una denuncia contra el abuelo agresor. Marta Buchaca esboza en clave de comedia la degradación de la pedagogía, pero siempre añadiendo la letra pequeña del progresismo políticamente correcto. El profesor ( Eudald Font ) es ridículo: calcetines con dedos, tambor de capoeira en bandolera y meditaciones con tortuguitas. En los argumentos de los abuelos (convincentes Ramon Madaula y Montse Guallar ) nacen del sentido de la responsabilidad sobre nuestros actos, la disciplina o el esfuerzo que ha de conllevar todo aprendizaje. Enfrente, el 'sesentayochismo' bobo y sus herederos 'woke' que han convertido la escuela en un eterno parvulario del victimismo. Solo hay que ojear los informes PISA para constatar lo que el docente y filósofo Damià Bardera bautiza como «incompetencias básicas». Unos abuelos que se hacen cargo del nieto mientras sus padres trabajan: él ( Marc Rius ) con reducción de jornada, ella ( Sara Diego ) con jornada entera. Padres jóvenes, como tantos conocemos, que no conviven con sus hijos hasta el fin de semana: confunden autoridad con autoritarismo y gamberrismo con espontaneidad traviesa. Nos queda claro que la bofetada ya no es la solución; ante la indisciplina de los nativos de la dictadura digital, tal vez la mejor solución sea cortarles el wi-fi. La pieza de Buchaca avanza con buen pulso interpretativo hasta que la autora quiere hacerse perdonar haber siquiera insinuado que, salvo en la bofetada, los mayores llevan razón en sus planteamientos educativos. Pero la autora elude el posicionamiento, no sea que la acusen de reaccionaria: prefiere que el debate prosiga en el patio de butacas. Al fin y al cabo, esa es la función del teatro.